Naturalmente, la llamada se fue a correo de voz y lo volví a intentar. Debía ser por la hora en la que la llamaba, pero no me contestaba a pesar de los múltiples intentos que hice para contactarme con ella. Cuando al fin estaba por rendirme e ingresar de nuevo al bar, que estaba por desocuparse, y escapar del frio de la madrugada, una voz femenina contestó desde la otra línea con clara molestia.
- ¿Qué es lo que le pasa? Es la madrugada y tiene que estarme llamando a estas horas-. Contestó una voz por completo desconocida para mí.
-Discúlpeme…
-No, discúlpeme usted a mí, pero no tiene por qué estarme llamando de esa manera tan insistente a estas horas-. La mujer me interrumpió llena de ira. -Coja oficio y no me vuelva a llamar o lo denunciaré.
-No, por favor. Estoy buscando a Zara-. Traté de parlamentar con la mujer.
-Acá no vive ninguna Zara-. La mujer se mostró aún más irritada por la equivocación. -Vaya y búsquela en otro lado.
-Perdóneme-. Insistí. -Este es el número en que siempre la tuve registrada, por eso mis llamadas tan insistentes.
-Joven, yo no sé de qué me está hablando. Ya me arruinó el día así que váyase al diablo y ni se le ocurra volverme a llamar.
La mujer colgó al instante sin permitirme decir una sola palabra. Estaba seguro de que aquel era el número de Zara. De tanto que la había llamado antes del fin de nuestra relación, terminé por aprenderme su número telefónico y era prácticamente imposible que se diera tal confusión de mi parte. Quise volver a intentarlo, pero sería inútil volver a hablar con aquella mujer.
Tan solo quería escuchar su voz de nuevo, pero cada cosa que hacía parecía alejarme más de ella. Una y otra vez.
Sin más remedio opté por bloquear de nuevo la pantalla de mi celular, momento en que mi rostro se reflejó de nuevo en la pantalla gracias a la luz de las lámparas de la calle. No tenía muchas ganas de volver a entrar al bar, pero mi turno estaba por terminar y mis cosas se encontraban aún dentro del establecimiento. Deseé tirar el celular contra el suelo como lo había hecho hacía unos pocos meses, pero recordé a mi hermana recriminándome la falta de comunicación y resistí mis instintos homicidas contra objetos inanimados.
Ella había acabado de cumplir los 15 años unas semanas antes de la adquisición de mi nuevo teléfono celular. Un día, mientras descansaba mirando el techo de mi habitación, ante mi imposibilidad de dormir luego de que la noche anterior no hubiera podido adquirir mis pastillas mágicas, Daisy tocó a mi puerta con un tono amigable. No estaba de ganas para aguantarme otro lloriqueo sobre la decencia y la ética que debía manejar con vecinos tan ilustres y refinados como los de la casa, por lo que no respondí y traté de no hacer ruido para que la bruja se terminase yendo lo más rápido posible.
Al otro lado de la habitación escuché como la Vieja Vaca hablaba amigablemente con alguien a quien le informaba que tal vez yo no me encontraba en el momento en el apartamento.
-Él suele ser así. A veces está aquí y otras veces allá. Parece un gato que viene y va sin sentirse su presencia-. Comentaba la mujer horrible mientras se recostaba en mi puerta ejerciendo presión sobre esta.
-Es una lástima, he tratado de contactarme con él desde hace mucho y la única pista que tengo es que él vive acá-. La voz de la chica se mostraba preocupada. - ¿De casualidad usted no tiene su número? Es para llamarlo más tarde.
-Lo siento jovencita, pero la verdad, según sé, él no tiene celular. Él es así ya le dije, no se siente y a veces pareciera que no existiera-. Detesté los comentarios de Daisy, pero me intrigaba quién podría estarme buscando.
-Es una pena. Me apena mucho estarla molestando, pero de casualidad ¿sabe cuándo o en qué momento lo puedo encontrar?
-qué niña más considerada y amable, totalmente distinta al hermano. Como le digo, y no es que yo lo esté escondiendo, ese muchacho llega en la madrugada y se va a dormir, no simpatiza ni habla con nadie-. La mujer trató de ser aún más amable y tras un momento de silencio le preguntó. - ¿Vive usted muy lejos?
-La verdad es que sí y quería encontrarlo para hablar con él. Como le digo me costó bastante encontrarlo-. Ella pareció sacar algo de una mochila y se lo entregó a Daisy. -Por favor, si no es mucha molestia entréguele esto y dígale que vine, este es mi número y dígale que me llamé.
-No hay inconveniente. Voy a estar muy pendiente y cuando lo escuche llegar le entrego esto.
No fui capaz de salir de la habitación. Por mucho tiempo me pregunté la razón por la que dejé ir a mi hermana cuando esta vino a visitarme a mí. Supongo que me avergonzaba que viera en quién me había convertido, me avergonzaba que se diera cuenta que continuaba con ojeras en mi rostro y con la ropa con la que noche anterior había estado en mi trabajo. Quise, desde lo profundo de mi corazón, salir de aquella habitación e ir tras ella, pero no encontré las fuerzas ni los motivos para finalmente hacerlo.
Todo de mí se había quedado en la despedida de Zara y ahora no tenía las mínimas ganas de que alguien me viera así.
Me repetí la misma excusa a lo largo de toda la tarde con la esperanza de encontrar alguna excusa valida. Ninguna me llenó y sentí de nuevo vergüenza de mí mismo por la cobardía con la que me había comportado. Si a Catherine le pasaba algo aquella tarde, por irme a buscar, sería yo el culpable, así como fui el culpable de todo lo que me estaba pasando.
Continuamente hablaba conmigo mismo para poder calmarme, pero esa tarde de insomnio el otro sujeto jamás apareció y no logré tranquilizarme en medio de mi propia impotencia. Di silenciosas vueltas a lo largo de la habitación tratando de calmarme y las horas pasaron hasta que el viejo reloj despertador que conservaba sonó y tuve que salir de mi cueva. No tenía ganas de hacerlo, para estar en paz me tomé dos pastillas del antidepresivo que hacía semanas trataba de no tomar, pues me afectaba el efecto de risitas.
Al salir de la habitación, la Vieja Vaca me esperaba con un rostro de colera y de juicio que me dolió, tal vez por el peso de mi conciencia, tal vez porque sabía que era justificado. Traté de actuar como si nada estuviera ocurriendo, pero me tomó del brazo con violencia y me detuvo.
-Es que a usted no le da pena hacer lo que hizo, esa muchachita vino a buscarlo y usted siquiera se levantó a atenderla-. La mujer entrometida buscaba mi rostro, pero yo seguía esquivando su mirada.
-No sé de qué me está hablando ¿Cuál muchacha?
-No se haga el tonto. Me di cuenta al instante que usted estaba ahí encerrado como si hubiera venido algún cobrador ¿Creyó que no me daría cuenta del detalle del candado?
-Imbécil-. Me dije para mí mismo. -Ni esconderte puedes hacer bien-. Traté de verme molestó para zafarme de la conversación.
-Con todo respeto, pero no es algo que a usted le deba importar-. Contesté tratando de ir directo al cuarto de baño. -Son asuntos privados y usted ni nadie tiene por qué meterse.
- ¿En serio esa es su respuesta? Después de que esa niña atravesó la ciudad solo para verlo y a usted ni le importó. Debería darle vergüenza ese comportamiento que tiene-. Noté como la mujer horrible empezaba a sollozar y no fue capaz de hablar con facilidad. -En fin, la muchacha le dejó ahí algo, usted vera qué hace con eso.
Todos los vecinos salieron de sus apartamentos y nos observaban con curiosidad ante la escena que habíamos plantado. Me sentí verdaderamente molestó como no lo había sentido en mucho tiempo. No sabía si el sentimiento era contra mí mismo o contra los vecinos, pero no fui capaz de quedarme callado ante sus murmuraciones.
- ¿Acaso se les perdió algo? -. Les grité con violencia y tratando de hacerme el malote. -No hay nada que les interese acá, dejen el chisme.
Nadie me respondió, pero todos quedaron atónitos al escuchar mi tono. Tal vez, para muchos, la primera vez que escuchaban mi voz. No me importó sus opiniones y me dirigí a toda velocidad a la ducha donde descargué toda mi ira con lágrimas que caían al tiempo que los chorros de agua sobre mis mejillas.
Aunque Daisy dejó el paquete sobre mi cama, no fui capaz de mirar el contenido del paquete hasta casi tres días después. Tenía miedo de cualquier cosa que encontrase dentro de la caja cubierta de papel regalo y con una tarjeta con el nombre de mi hermana y su número telefónico. El tan solo ver la caja me torturó todas las tardes al llegar en la madrugada y encontrarse ahí, como observándome y esperando sorprenderme en mis propios pensamientos. Tenía la impresión de que la caja se encontraba observándome y la escondía lejos, pero al llegar al trabajo estaba allí de nuevo, sobre la cama esperando que la tomase.
Después de tres tardes de tortura con la caja y una borrachera que no me ayudó a olvidar ni a Zara ni a la caja de Catherine, llegué dispuesto a acabar con todo aquello de una vez por todas.
-Bueno, tú acaso que me estás viendo. Te crees mejor que yo solo porque eres una niña y todos te aman ¿no es cierto? -. En medio de mi embriaguez le hablé a la caja, pero esta no respondió.
-A ver di algo, por algo viniste atravesaste la ciudad para encontrarme. Dije que no quería volverlos a ver en mi vida ¿Por qué simplemente no me dejan en paz y se mueren?
La caja continuó inmóvil con el hermoso envoltorio blanco y cinta roja que se encontraba sobre la cama. Desee con todas mis fuerzas que me contestará, pero no emitió ni un solo sonido, lo que alimentó aún más mi colera.
-Hable, maldita, ahora si no es capaz de hablarme. Me lo quitaron todo, quería amor, quería solo que alguien me prestara atención ¿También me tengo que envolver en regalo? -. Caí al suelo por el mareo y comencé a llorar.
- ¿Ahora qué? Sí, soy un llorón. Lo soy y no me importa, porque nadie está acá para escucharme-. Mire de nuevo la caja que se mantuvo estática. -Soy patético, espero que una caja me responda. Soy un pésimo hermano.
Me levanté con dificultad a observar el regalo y le quité el envoltorio con violencia esperando que el obsedió se terminase quebrando para seguir lamentándome a mí mismo. Sin embargo, la misma caja se encontraba decorada por todos los sitios llena de dibujos y frases decoradas. Sonreí. Luego abrí el contenido de la caja y mi borrachera se fue por completo. Catherine me enviaba una foto de su fiesta de quince años y junto a ella un cómico montaje de una de mis fotos de cuando tenía 16 años. Tal vez la última fotografía que me tome en mi vida.
El obsequio continuaba con la inscripción “Feliz cumpleaños para el mejor hermano del mundo”. De nuevo rompí en lágrimas y recordé que ella nació en medio de un triste onceavo cumpleaños de un niño muy distinto al del hombre que era hoy en día.