En la cena, Amira no pudo probar bocado alguno. Pidió disculpas por su repentina inapetencia, excusándose con pretextos tontos que nadie pensó en profundizar, porque todos se conformaron con su explicación y decidieron creerle. Todos menos Nicholas. Pero él tampoco insistió mucho para no alarmar a todos. Se limitó a observarla con la expresión preocupada, aún así, ella no siquiera se giró a verlo lo que restó de la cena. La verdad era que no pudo. Amira se la había pasado maquinando qué sería de ella, qué sería de ese amor que sentía por él. Qué sucedería con aquellos dos años de casados o de la tregua que habían pactado hacia ya dos meses, casi tres, y que habían convertido sus días en un maravilloso sueño del que no quería despertar. - ¿Qué sucede? –indagó él cuando ambos se montaron

