Danna No puedo creer lo que él está diciendo. Sus palabras tardan en llegar a mi centro en el cerebro y entender lo que quiere decir. —Yo no quiero obligarte a nada, Jason. Yo, a diferencia de tí, no cambié. Y solo deseo lo mejor para tí. No quiero que hagas algo de lo que después puedas arrepentirte y seas infeliz...—me atrevo a llamarlo por su nombre esta vez para reforzar mis palabras y por un momento olvidar la situación a la que llegamos: él convertido en mi jefe. Él ríe burlesco. —¿Quién te dijo que me estás obligando? Lo hago porque realmente quiero hacerlo, te digo esto con el corazón en la mano —me toma un mechón de cabellos y lo enrosca en uno de sus gruesos dedos, su profunda mirada encalla en la mía por unos momentos ya que no quiero ceder ante la avasallante presencia que

