Cabello oscuro largo y atado con una cola que llevaba cayendo del lado de su hombro izquierdo, ojos finos y cafés claros, traje impecable de un tono blanco con café oscuro y un poco de rojo.
El Márquez Sebastián Forsten pedía un baile con la Reina extranjera, Virginia Wiztan.
Atónita.
Virginia no sabía que decir o cómo reaccionar, ella volvió a ver hacia el Rey Maitano y a la vez su esposo.
Lance Lamparth asintió lentamente una única vez con su cabeza y desvío su mirada de Virginia nuevamente a los invitados del evento.
Virginia tragó en seco y seguidamente extendió su mano aceptando la petición de ese Márquez de Maita.
Cada paso que ella daba hacia el salón de baile siendo escoltada del brazo por ese apuesto hombre de treinta y dos años, estaban llenos de nerviosismo.
¡Ella estaba pálida!
Virginia creía que se iba a desmayar… Ese hombre no era cualquiera.
El Márquez Sebastián Forsten fue uno de los que le hizo la vida imposible cuando fue cautiva la primera vez en el Reino de Maita.
Ese hombre fue el mismo que la inculpo de hacerle daño al príncipe heredero.
Ese hombre fue quien la llenaba de amenazas y la deseaba sin vida.
Pero…
¿Cómo no hacerlo?
Desde la perspectiva del Márquez Forsten.
Virginia era culpable también por la muerte de su queridísima hermanita menor, Cassandra.
Así es.
¡El Márquez Sebastián Forsten era el hermano mayor de la difunta Reina de Maita, Cassandra!
Él era el ex cuñado del Rey Lance y a su vez, único tío del príncipe heredero, Landel.
…..
Virginia temblaba mientras comenzaba a bailar con ese alto hombre de una manera bastante torpe, ella no dejaba de errar sus pasos uno tras otro pisando en algunas ocasiones al Márquez.
— ¡Concéntrate! ¿No eres ni siquiera buena en algo tan simple como un baile? — Preguntó él Márquez con una expresión burlista.
¡Ella quería llorar!
¡Por todos los dioses! ¡Virginia deseaba desaparecer en ese mismo instante!
Le tenía miedo… No… Le tenía pavor a ese hombre.
La mano enguantada del Márquez apoyada en la delgada cintura de ella con firmeza, Virginia la podía sentir y esa sensación le causó repulsión.
"Correr… Quiero salir corriendo"
Pensó ella alterada creyendo que en cualquier momento caería desmayada.
Comenzó a sentir que le faltaba el aire y sin duda no se debía a su corset que estaba esa noche un poco más flojo que de costumbre a petición de Tiana.
De pronto un pensamiento pesimista pasó por su mente.
Soledad.
Ella estaba sola, así era como Virginia se sentía.
"No tengo a nadie, nadie que vea por mí, nadie que me ayude y me salve de este infernal evento, de esas miradas de los Maitanos llenas de burla hacia mí"
"Mi amado padre partió de este mundo y mi querido hermanito también… No tengo a nadie"
"Inclusive el Barón Jones… Encontró el amor y ahora es plenamente feliz"
Pensó la joven Gorianita entristecida.
Finalmente…
Ella no pudo más.
Una lágrima fue deslizándose poco a poco por su mejilla derecha y Virginia se sorprendió rápidamente secando la misma con su mano enguantada de blanco.
El Márquez disfrutó esa escena.
¡El disfrutó verla aterrorizada por su presencia!
¡Verla temblorosa y pálida al borde del colapso!
"Si el Rey Jhonn murió sin pagar su pecado de acabar con la vida de mi hermanita Cassandra, tú Virginia Wiztan deberás sufrir el infierno que ese hombre merecía antes de morir"
Pensó Sebastián Forsten inclinándose y acercando su boca al oído derecho de Virginia.
— Este es solo el inicio… De tu tortuoso castigo, m*ldita hija de los Wiztan. — Susurró Sebastián.
Él soltó a Virginia, que de inmediato se fue caminando a pasos rápidos fuera de ese salón lleno de personas.
Debido a que la mayoría se concentró en el baile que recién comenzaba, nadie vio que Virginia se fue…
A nadie le importó… Ya que…
El Rey Lance Lamparth comenzaba a bailar con la primera concubina, la hija del duque Maitano, Abril Brown.
— ¡Oh por los dioses mira que hermosos!
— La señorita Brown es hermosa, sus movimientos son tan elegantes.
— Es todo un milagro que su majestad, el glorioso Rey Lance Lamparth haya aceptado bailar con la concubina Abril.
— ¡Oh míralos! Ellos lucen muy bien juntos.
Esos eran solo algunos comentarios que se podían escuchar entre la multitud de la alta sociedad presentes observando a su Rey bailar.
Justo entre todo ese alboroto, alguien más salió de ese salón.
Alguien que no apartó su mirada de la joven Reina que se había marchado.
El Barón Allen Jones.
Quién la había seguido con su mirada mientras ella bailaba con el Márquez.
— Vuelvo enseguida cariño. — Fue lo que él dijo a su prometida antes de salir y dejarla a ella entretenida con sus amistades viendo el baile del Rey y la concubina.
••••••••••
Sus lágrimas comenzaron a nublar su vista.
Ella corría por el largo pasillo hasta que dejó de ver los soldados vigilantes que estaban de pie a cada costado del pasillo haciendo guardia.
Ella continúo corriendo aún más lejos hasta llegar a las afueras del castillo.
Su respiración entrecortada y sus sollozos se hacían cada vez más fuertes.
Virginia continúo caminando por el jardín del sector frontal de ese enorme castillo sin saber a dónde se dirigía.
Su mente estaba llena de pensamientos pesimista y todo lo que quería…
Era terminar con su sufrimiento… Desaparecer.
No creía ser lo suficientemente fuerte para afrontar todo lo que le tocaba vivir en Maita y ahora sí, sentía que ya no tenía a nadie en el mundo por el que debiera preocuparse.
Sus ojos azules veían de un lado a otro con desesperación.
No había más que hermosos arbustos perfectamente podados en glamurosas formas.
Una que otra pequeña fuente o estatua artística.
Finalmente su elegante zapatilla se enredo con el pasto y ella terminó cayendo de rodillas en el frío césped húmedo por la brisa nocturna.
Virginia había apoyado sus manos para no caer de cara terminando por ensuciar sus guantes blancos.
Ella se quedó inmóvil con sus manos sobre el pasto sentada de rodillas.
Veía como sus propias lágrimas caían sin cesar y sentía como su corazón comenzaba a morir en vida.
— ¡WHAAA! — Gritó ella en llanto como si de una niña pequeña se tratara.
"¡Ya no puedo más!"
"¡Ya no! ¡Esto es demasiado!"
Pensaba ella ahora apoyando sus manos enguantadas encima de su regazo por sobre su vestido pomposo.
Unos minutos después.
Virginia dirigió su mirada hinchada y cansada al cielo, ya no le brotaban lágrimas…
Sin embargo, ella seguía llorando con su corazón, sintiendo como su espíritu iba muriendo poco a poco y si continuaba así ella terminaría por auto destruirse.
— ¡Virginia! — Exclamó el Barón Jones deteniéndose a unos escasos dos metros detrás de ella.
Virginia se congeló en ese instante sin reaccionar.
Esa familiar voz.
Ella volvió a ver hacia atrás lentamente con el temor de estar volviéndose loca y ver un solitario y oscuro jardín tras ella.
Sin embargo… No fue así.
Ahí estaba de pie ese apuesto hombre de cabello rubio y hermosos ojos marrones.
Él se acercó hasta ella rápidamente volviendo esos dos metros que los separaban en nada.