El día laboral se despliega con la precisión que siempre lo define. Reuniones encadenadas, pantallas llenas de cifras que cambian en tiempo real, acuerdos que se cierran con un apretón de manos medido y silencios que pesan más que cualquier palabra. Hablo de inversiones, de producción, de riesgos calculados. Escucho sin distraerme, respondo sin titubear, decido sin margen para la duda. Es un terreno que conozco bien, uno en el que sé moverme sin esfuerzo. Y aun así, algo se mantiene fuera de ese engranaje perfecto. Cuando la última reunión termina y regreso a mi oficina con la intención de cerrar el día, el pasillo está casi vacío. El silencio se siente distinto a esta hora, más largo, más personal. Paso frente a la oficina de Dasha sin pensar… y me detengo. La puerta está entreabierta

