Ella está ahí. No hay llegada ni explicación. No hay antes. No hay contexto. Solo su presencia ocupando el espacio con una naturalidad que me desarma. Está demasiado cerca, lo suficiente como para que el cuerpo reaccione antes que la razón. El aire es tibio, espeso, cargado de una tensión que no necesita palabras ni permiso. Dasha me observa sin la distancia habitual, sin esa frialdad calculada que siempre interpone entre nosotros. Aquí no se protege. Aquí no levanta muros. Aquí no hay defensas. Aquí no hay límites visibles. La luz es baja, envolvente, casi íntima, y cae sobre su piel como si la conociera de memoria. No puedo precisar el lugar. No importa. El mundo se reduce a ella, a la forma en que ocupa el espacio que siempre mantengo vacío. Su vestido —oscuro, ajustado— deja de ser

