Tres días. Eso es lo que pasó desde la última vez que hablamos sin filtros, desde la noche en que decidió irse de mi casa sin pedirme nada y sin dejarme espacio para negociar. Tres días deberían ser suficientes para que cualquier desviación vuelva a su cauce. Para que el hábito se imponga. Para que el ruido se apague. No lo fue. Hice lo que siempre hago cuando algo amenaza con salirse de control. Me refugié en la rutina. La repetí con una disciplina casi agresiva, como si insistir pudiera devolverme la forma. Gimnasio temprano. Agua fría. Café n***o. Días largos en la empresa, llenos de decisiones que sí responden cuando las presiono. No la busqué. No la llamé. No inventé excusas para cruzarla. Y, por las noches, hice lo que siempre funcionó. Bares conocidos. Luces bajas. Conversacion

