El hombre intentó sacar su cosita, pero le dije que no. Y se portó muy bien el resto de la noche, aunque tuvo que ir al baño un buen rato después de haber estado jugando unas horas. Probablemente para masturbarse y quitarse las pelotas azules, pensé. —No tienes miedo de mí, ¿verdad, Evie? —pregunté. —No, papá, jamás podría asustarme de ti. Pero sí me siento un poco, no sé... intimidado, supongo. ¡Es tan grande! ¡Más grande de lo que esperaba! —Bueno. — dije. —no pretendo intimidarte. Por favor, finjamos que no pasó. —La atraje hacia el sofá, con la espalda pegada a mí, y volví a acariciarle sus grandes pechos. Pero dejé mi polla erecta expuesta, como si no importara. Evie tomó otro trago grande de vino blanco, otra señal de su inexperiencia con el alcohol. Le volví a llenar la copa. —
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