Me permito tenerlo una vez más, antes de protestar por el hambre. Marco el número de recepción y en pocos minutos una deliciosa cena es servida en la terraza de nuestra habitación. Pablo y yo, cubiertos sólo por la bata del hotel, bebemos una copa de vino, acurrucados en el futón del balcón, contemplando las estrellas. El momento es tan perfecto. La brisa alborota mi cabello y los labios de Pablo trazan un camino desde mi boca hasta mi hombro. Mi corazón se llena de alegría por tenerlo aquí conmigo. Mi cuerpo sigue zumbando por todo lo que vivimos hace unos momentos. Me vuelvo hacia Pablo, y lo encuentro mirándome con una suave sonrisa. Él es tan diferente a lo que pensaba. Cuando estamos solos, esa coraza de hombre temerario y gruñón se deshace totalmente, permitiéndome ver al maravill

