Capítulo 2: La Primera Regla De La Mafia

1104 Palabras
Villa Lombardo, Taormina. El sol apenas rozaba los acantilados cuando Valentina abrió los ojos. La habitación era una suite de mármol blanco y sábanas de lino egipcio que olían a lavanda siciliana. Una ventana alta dejaba entrar la brisa del mar; la puerta, sin embargo, tenía una cerradura electrónica que parpadeaba en rojo. Se incorporó de golpe. El vestido rojo de la noche anterior colgaba de una silla, rasgado. Alguien le había dejado ropa nueva sobre la cama: jeans oscuros, camiseta negra, zapatillas blancas. Todo a su talla. —No jodas —murmuró, tocando la tela. Algodón suave, etiqueta italiana. En el baño, el espejo le devolvió una imagen que no reconocía: las ojeras profundas, el labial corrido, pero sus ojos seguían ardiendo. Se lavó la cara con agua helada, se recogió el cabello n***o en una trenza apretada y se puso la ropa. La puerta se abrió sin ruido. Entró una mujer de cincuenta años, delgada, cabello gris recogido en un moño perfecto. Llevaba una bandeja con café, rodajas de pan con tomate y un sobre n***o. —Buenos días, signorina —dijo en italiano lento—. Soy Graziella. La casa me manda. Valentina la miró de arriba abajo. —¿Tú también eres prisionera? Graziella sonrió sin mostrar dientes. —Aquí todos somos prisioneros, pero algunos comemos mejor. Dejó la bandeja y el sobre. —El signore Alessandro la espera en la terraza a las siete. No tarde. Valentina abrió el sobre. Dentro, una tarjeta con una sola línea escrita a mano: Regla #1: No mientas. Nunca. Debajo, una firma: A.L. La terraza era un balcón suspendido sobre el mar. El viento movía las cortinas de lino como fantasmas. Alessandro estaba de espaldas, en mangas de camisa, tomando café. A su izquierda, Marco fumaba un cigarrillo; a la derecha, Luca revisaba mensajes en un iPhone con una funda de kevlar. Valentina salió descalza. El mármol estaba frío. —Buenos días, colombiana —dijo Marco sin girarse—. ¿Dormiste bien en tu palacio? —Como en una tumba —respondió ella—. ¿Dónde está mi maleta? Alessandro se volvió. La luz del amanecer le dibujaba sombras en la cicatriz. —Tu maleta está en la aduana. Con veintitrés kilos de cocaína pura. Valentina palideció. —Eso es mentira. Javier dijo… —Javier Montoya —interrumpió Luca, sin levantar la vista del teléfono—. Alias “El Gallo”. Deuda de dos millones con los calabreses. Te vendió para pagarla. Valentina apretó los puños. —Quiero hablar con él. —No se puede —dijo Alessandro—. Está muerto. Silencio. Solo se podía escuchar el oleaje del mar. —¿Muerto? —repitió ella, voz temblorosa. —Un accidente —dijo Marco, apagando el cigarrillo—. Cayó por un barranco en la vía a Barranquilla. Trágico no. Valentina dio un paso atrás. Alessandro levantó una mano. Dos guardias aparecieron en la puerta. —Regla #2 —dijo él—. No corras. No sirve. Ella respiró hondo. —¿Qué quieren de mí? Alessandro se acercó. Olía a café y a pólvora. —Quiero una esposa. La familia necesita un heredero. Tú necesitas que tu madre y tu hermano no terminen en una fosa común en Medellín. Valentina soltó una risa amarga. —¿Me estás proponiendo matrimonio o esto es una extorsión? —Ambas cosas —respondió él—. Pero con más estilo. Marco soltó una carcajada. Luca ni siquiera parpadeó. Desayunaron en la mesa larga de roble. Valentina sentada al final, Alessandro a la cabecera. Graziella servía en silencio. —Come —ordenó Alessandro. —No tengo hambre. —Come o te lo meto a la fuerza. Ella tomó un pan. Lo mordió con rabia. Marco se inclinó hacia ella. —Sabías que Alessandro habla español porque mató a un narco en Bogotá hace cinco años, ¿verdad? —Cállate, Marco —dijo Alessandro. Valentina alzó la vista. —¿Es cierto? Alessandro no le respondió. Paseo por los jardines. Valentina custodiada por dos hombres. Vio la piscina, el helipuerto, los perros rottweiler que la olfateaban. En un invernadero, una mujer joven regaba orquídeas. Veinticinco años, piel olivácea, cabello n***o largo. Vestido blanco. —Soy Caterina —dijo, sin dejar de regar—. Prima de Alessandro. Bienvenida al infierno pero con WiFi. Valentina se acercó. —¿Tú también estás secuestrada? —No. Yo nací aquí. —Caterina sonrió con tristeza—. Pero a veces es lo mismo. En la oficina de Alessandro. Paredes de piedra, escritorio de caoba, una cabeza de ciervo disecada. Valentina entró sola. La puerta se cerró detrás de ella. —Siéntate. Ella se quedó de pie. Alessandro abrió un cajón. Sacó un dossier. Fotos: su madre cosiendo, Jairo jugando fútbol, la casa de ladrillo. —Tu familia está a salvo. Por ahora. Valentina tragó saliva. —Firma esto. —Puso un contrato sobre la mesa. Matrimonio civil en 48 horas. Ella conservaría su apellido. A cambio, su familia recibiría una casa en Envigado y una pensión mensual. —¿Y si digo que no? —Entonces tu madre cose hasta morir. Tu hermano vende dulces en el semáforo. Y tú… vuelves a La Rosa Nera. Pero esta vez, sin virginidad que vender. Valentina tomó el bolígrafo. Sus manos temblaban. —Una pregunta —dijo. —Habla. —¿Por qué yo? Alessandro se levantó. Rodeó el escritorio. Se detuvo a un palmo de ella. —Porque cuando te vi en la cámara, gritando, rompiendo el vestido, supe que no te doblegarías fácil. Y yo odio las cosas fáciles. Valentina firmó. La tinta negra se extendió como sangre. En la habitación de Valentina. Graziella entró con un vestido de novia. Sencillo, de encaje blanco. —Pruébatelo. Valentina lo tomó. —¿Esto es una boda o un funeral? —Depende de cómo lo mires —dijo Graziella—. En esta familia, suelen ser lo mismo. Valentina se miró en el espejo. El vestido le quedaba perfecto. Pensó en su madre. En Jairo. En Javier muerto. Y por primera vez, sonrió. Una sonrisa pequeña, afilada. —Perfecto —susurró—. Que empiece el juego. En la oficina, Alessandro colgó el teléfono. —Todo listo —dijo Luca, entrando—. El cura viene mañana. Los calabreses están nerviosos. —Que se pongan nerviosos —respondió Alessandro—. Mañana tengo una esposa. Y una guerra. Marco, desde la puerta: —¿Apuestas a cuánto dura antes de que intente apuñalarte? Alessandro sonrió. —Apuesto a que lo intenta en la luna de miel.
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