Capítulo 1:LaMaleta Que Pesaba Un Futuro
Medellín.
El gallo de doña Clemencia ya había cantado tres veces cuando Valentina Rodríguez cerró la puerta de la casita de ladrillo sin revocar. Llevaba una falda vaquera gastada, una blusa blanca que había planchado con agua de lavanda y una mochila vieja donde guardaba el pasaporte, dos mil pesos colombianos y la foto de su madre, Rosa, con su hermanito Jairo en brazos. Rosa dormía en la única cama; Jairo roncaba en el colchón del suelo. Valentina se agachó, besó la frente caliente de su madre y susurró:
—Pronto les mando el primer sueldo, mamita. Se acabaron los turnos de costura hasta las tres de la mañana— dijo para sí sola mientras salía de la pequeña casa sin hacer ningún ruido.
En la esquina, Javier Montoya la esperaba en su Renault 9 tuneado. Tenía veintisiete años, piel morena, barba de tres días y una sonrisa que hacía creer a cualquiera que el mundo era suyo. Llevaba una camisa de botones abierta hasta el pecho y un reloj falso de oro que brillaba bajo la luz mortecina.
—Mi reina —dijo, abriendo la puerta del copiloto—. El avión sale en tres horas. Tu maleta ya está en el maletero.
Valentina dudó un segundo. La maleta era nueva, rígida, de marca Samnite. Pesaba más de lo normal.
—¿Seguro que no hay nada raro? —preguntó, frunciendo el ceño.
Javier soltó una carcajada que sonó a burla vacía.
—¿Dudas de tu futuro esposo? Es material de oficina, amor. Papeles, catálogos del resort. Nada que declarar.
Ella se mordió el labio. Había visto a Javier discutir con hombres de mirada muerta en la cancha de fútbol, pero siempre pensó que eran “socios de negocios”. Subió al carro. El motor rugió y se perdieron entre las curvas empinadas del barrio.
Palermo, Sicilia, 11:42 p.m. del mismo día.
En el aeropuerto Falcóne-Borsellino olía a café. Valentina salió con la maleta a cuestas, buscando el cartel con su nombre. No vio a nadie esperandola. Llamó a Javier, pero el celular estaba apagado. Un hombre alto, traje n***o, cicatriz en la ceja izquierda, se acercó.
—¿Signorina Rodríguez? —Su italiano era áspero, con acento del sur.
—Sí, soy yo. ¿Dónde está el transporte del hotel?
El hombre sonrió sin calidez.
—Suba. El resort manda un auto privado.
El Mercedes blindado la llevó por carreteras serpenteantes hasta un edificio sin letreros en las afueras de Palermo. Puertas de acero, luces rojas, música que retumbaba como latidos. La Rosa Nera. Valentina intentó retroceder, pero dos gorilas la empujaron dentro.
—Bienvenida al mercado, colombiana —dijo una mujer de labios pintados de n***o. Se llamaba Sofía, gerente del club, cuarenta años, cabello platino y un vestido que costaba más que la casa de Valentina.
En una suite con espejos ahumados, le quitaron el teléfono, le pusieron un vestido rojo escotado y tacones que le cortaban los tobillos.
—Sonríe, cariño. Esta noche te vendes cara —dijo Sofía, ajustándole un collar de diamantes falsos.
Valentina lloró en silencio. Pensó en su madre cosiendo hasta sangrar los dedos, en Jairo que soñaba con ser médico. Pensó en Javier. Y por primera vez, lo odió.
Taormina, misma noche, 1:13 a.m.
La villa Lombardo era un castillo modernizado: muros de piedra volcánica, piscina infinita que caía al mar Jónico, helicóptero en la terraza. En el salón principal, bajo un fresco renacentista restaurado, Alessandro Lombardo bebía grappa en un vaso de cristal tallado.
Treinta y dos años, metro noventa, hombros anchos de nadador, cicatriz fina que le cruzaba la ceja derecha —regalo de un ruso en Nápoles—. Camisa negra desabotonada, reloj Patek Philippe que valía un apartamento en Manhattan. Ojos verdes, fríos como el acero de su Beretta, que descansaba en la mesa junto a un plato de caponata intacto.
A su derecha, Marco Lombardo, veintinueve años, cabello castaño revuelto, sonrisa de niño malo que escondía un cuchillo en la bota. Llevaba una chaqueta de cuero y un anillo de oro con el sello de la familia: una serpiente que se come su propia cola.
—Feliz cumpleaños, fratello —dijo Marco, levantando una copa—. Treinta y dos primaveras y sigues soltero. Papà se revuelca en la tumba.
Alessandro no sonrió.
—Papà se revuelca porque tú sigues gastando en putas y carreras de caballos.
Luca, el primo, entró con una caja de terciopelo n***o. Treinta años, traje a medida, cicatriz en el cuello de una navaja gitana.
—Regalo de la casa, Don Alessandro —anunció, con reverencia burlona—. Cortesía de La Rosa Nera.
Abrió la caja. Dentro, una fotografía: Valentina, ojos desafiantes, labios temblorosos, el vestido rojo como una bandera de guerra.
Marco silbó.
—Colombiana, veintidós años, virgen certificada. Subastada hace una hora. La compré por tres millones de euros. Para ti. Para que dejes de joder con alianzas políticas y te cases de una vez.
Alessandro tomó la foto entre dos dedos. La miró. La dejó caer sobre la mesa como si quemara.
—¿Me compras una esposa como quien compra un caballo?
—Un caballo no te mira como si quisiera cortarte el cuello —respondió Marco, riendo—. Esta tiene fuego.
En la pantalla del salón, una cámara en vivo mostraba a Valentina en la suite. Estaba de pie, descalza, el vestido rasgado en el dobladillo. Golpeaba la puerta con los puños. Gritaba en español:
—¡Abran, hijos de puta! ¡Mi mamá me necesita!
Alessandro se levantó. Su sombra cubrió la mesa.
—Llévenla a la casa de invitados. Limpia. Sin marcas. Mañana hablamos.
Marco alzó una ceja.
—¿No la pruebas primero?
Alessandro lo miró. Solo eso. Marco tragó saliva.
En La Rosa Nera, Sofía recibió la orden por radio.
—Al Don no le gusta la mercancía dañada —dijo, y abrió la puerta.
Valentina salió al pasillo custodiada por cuatro hombres. No lloraba ya. Sus ojos eran dos carbones encendidos.
En la villa, Alessandro se sirvió otra grappa. Marco y Luca se fueron a dormir. Afuera, el mar golpeaba los acantilados.
Valentina llegó en un todoterreno n***o. La bajaron en el patio de grava. El aire olía a jazmín y a sal. Alessandro la esperaba en lo alto de la escalinata, camisa arremangada. Con una mirada penetrante.
—Bienvenida a tu nueva jaula, Valentina Rodríguez —dijo en un español lento, aprendido en Bogotá años atrás—. Aquí las puertas se cierran, pero las llaves las tengo yo.
Ella alzó la barbilla.
—Las llaves se rompen, señor desconocido. Y las jaulas también.
Alessandro sonrió por primera vez. Una sonrisa pequeña, peligrosa, que no llegó a los ojos.
—Entonces tendremos que ver quién se rompe primero.