Rebecca
Era oficial: no había nada peor que tener treinta, estar en la ruina y sin trabajo en Londres. Era como tener un bote de nutella enfrente y estar a dieta.
Lo que primero me había parecido una aventura fantástica, ahora me resultaba una locura sin pies ni cabeza.
Londres era maravilloso y amaba cada detalle de su pintoresca cultura. Desde que bajamos del avión todo fue mágico, la zona portuaria, los museos, la zona moderna. Habíamos recorrido la ciudad en un autobús de dos pisos he ido a West end, admirado el Big Ben, disfrutado del Támesis y visitado el Hyde Park. Había logrado sortear las diferencias básicas en el idioma y estaba logrando adaptarme a su clima que era un tanto cambiante, porque cuando escuchabas que en Londres llovía casi a diario, no era una redundancia.
Nuestro primer problema se presentó cuando mi madre puso el grito en el cielo al saber que me mudaría a miles de kilómetros y por lo tanto no podría controlar cada una de mis decisiones. Molestar a mi madre estaba bastante bien y contribuyó a mi decisión final.
El problema fue que se negó a ser mi abal para un prestamo y tal como había previsto mis ahorros no eran suficientes para esa gran odisea. Obtuve todos los micro créditos que pude, sumergiéndome en una montaña de deudas de todos los tipos y colores para comenzar nuestra loca aventura, daba gracias que no vivía en una novela de Dickens.
Los títulos que había y distinciones que había cosechado, eran completamente irrelevantes, porque hasta ahora no habían servido para nada. Era como cualquier otra chica que se había trasladado aquí con la necesidad de homologar su título, y mientras eso ocurriera daba igual cuanto supiese, nadie parecía dispuesto a darme la oportunidad porque era una gran inversión. Nuestro primer desafío ya en la ciudad fue que los alquileres eran terriblemente altos por lo que en lugar de rentar un lindo apartamento en Ladbroke Grove terminamos viviendo en un estudio en Peckhand a cuarenta y cinco minutos en metro del Central London.
Los padres de Popys no tomaron exactamente bien qué su hija no volviese al hogar familiar como habían dispuesto, por lo que le bloquearon las cuentas de inmediato. Olivia que había vuelto antes de su luna de miel nos ayudaba en cuanto podía, aun así no era suficiente, por lo que nos encontramos de buenas a primeras buscando un empleo de forma desesperada, cualquier empleo para ser exactos.
Muchas veces había escuchado decir que cuando te va mal en algún aspecto de la vida, los demás aspectos mejoran como una forma de compensar, bueno era una burrada, ya que no tenía dinero, ni trabajo, ni las fiestas que había imaginado, y ni hablar del caballero ingles que esperaba encontrar. Me quedaba la friolera suma de cuatrocientos cincuenta dólares y cuarenta y ocho centavos en la cuenta, lo que significaba que teníamos un tic-tac en el trasero a punto de estallar.
Aunque había logrado concentrar varias entrevistas por semana, nunca llamaban o simplemente me enviaban rechazos por correo electrónico. Tener que hacerse cargo del pago de los exámenes era la principal objeción. Sin embargo ese día tenía un buen presentimiento. En el fondo de mi corazón sentía que iba a ser un buen día. Era un día despejado y el sol brillaba fuerte a esa hora de la mañana, algo extraordinario, no recordaba haber visto el sol en semanas.
Tenía 35 libras en mi pase para el metro y tenía cita a las 9:30 a.m. para una entrevista en Wentworth, la firma donde trabajaba Harvey. Debía causar una gran primera impresión y eso incluía llegar media hora antes, por lo que me había levantado a las seis de la mañana para prepararme. Mi madre siempre decía que para obtener lo que quería no podía ser mediocre.
El día anterior había movido las tres cajas de cosas de mi antiguo apartamento, más las dos maletas que había traído conmigo. Tres cajas que contenían toda mi ropa, libros, recuerdos y joyas. No tenía muebles. No tenía ni siquiera un jarrón para colocar flores en el caso de que alguien me regalara. Era como una niña grande que dependía para todo de su madre.
Durante años me había deleitado en mi falta de cosas, nunca tenía tiempo para ir a elegir la decoración del lugar donde viviría, siempre se encargaba mamá y durante mucho tiempo pensé que era genial no estar atada a posesiones materiales, me hacia sentir rebelde, pero ver las tres cajas en la parte trasera del Uber que nos llevó al aeropuerto y la falta de personas despidiéndose me hizo sentir patética y solitaria. Tenía treinta años y no tenía nada. Ni siquiera sabía hacia donde iba.
Pero ese día me iba a resistir a sentirme patética. Iba a ser una ganadora avasallante. La puta ama.
En las tres últimas semanas me había dado contra la pared, más de doce veces. Cuando me gradué tenía un puesto asegurado en la firma de mi ex suegro y no había necesitado la determinación que debía mostrar en el momento de encontrar trabajo, por lo que me encontraba en terreno pantanoso, algo similar le sucedía a Popys que estaba recién graduada, sin embargo le pedían al menos cinco lugares de referencia.
Había estado a punto de volver a casa, con mi madre, pero mi orgullo no me lo había permitido. Había resistido ante todo pronóstico para rendirme ahora, y sabía que alguien acabaría contratándome.
«La primera impresión es la que cuenta, y hagas lo que hagas sigue moviéndote hacia adelante, Rebecca. Te aseguro que hoy vas a conseguir ese trabajo», murmuré para mis adentros mientras me recogía el pelo en una cola de caballo. Eso en mi ciudad hubiese sido un delito de estilo, pero no estaba segura como verme formal en Londres. Me miré en el espejo por última vez, asegurándome de que el vestido color n***o con cierre metalizado se me ajustaba a la perfección y parecía recién llegado de la tintorería. Quizás era un tanto sexy, sin embargo ya no tenía tiempo de planchar otro. Mi mamá hubiera dado alaridos al verme, pero ella no estaba allí y yo podía hacer lo que se me antojara por primera vez en mi vida. Tomé el bolso y crucé el pasillo hasta las escaleras corriendo.
— ¿Estás ahí, Americana? —Se oyó una voz ronca al otro lado de la puerta mientras bajaba por la escalera —. ¿Estás evitándome? ¿Sabes que hoy es día de renta? —Preguntó aún con la puerta cerrada al escuchar el repiqueteo de mis zapatos.
Nuestro casero tenía el peculiar don de adivinar quién salía de su apartamento solo por escucharlo caminar. Lo que era molesto y muy inconveniente cuando no tenías su dinero.
Era día de paga, por lo que debería ir a sacar lo que me quedaba de un cajero antes de regresar. Luego tendríamos un mes para pensar que hacer.
No respondí, seguí bajando lo más rápido que pude y eché a correr hacia la estación de metro más cercana en el momento en que puse los pies en la acera. Bajé los escalones del metro y me salté el torno justo a tiempo de tomar el tren que me llevaría directamente hasta la estación de Liverpool Street en el corazón del distrito financiero.
Me agarré a una barandilla, y cerré los ojos cuando el tren se precipitó hacia adelante. Respiré hondo y repasé las líneas que había estado ensayando durante las últimas horas. Era bastante obsesiva cuando se trataba de ajustar detalles.
«Quiero trabajar en Wentworth y asociados porque creo que seré un gran activo para la firma. Soy una gran investigadora, y una feroz litigante, sé que esperan de un asociado que muestre determinación y que consiga verdaderos resultados, si me dan una oportunidad, puedo prometerles que yo soy la persona que necesita, que no se arrepentirán, soy una inversión, no un pasivo. Por favor, solo denme una oportunidad…Hagas lo que hagas, sigue moviéndote hacia adelante …Eres una ganadora, para esto tu madre aprendió a contar cartas».
Murmure entre dientes.
«Mi trabajo más importante hasta la fecha, fue una acción colectiva que incluía prácticas comerciales engañosas y crimen organizado. Con precedente 18 USC 1961- 1968 ». Si eso no los impresiona, no sé qué lo hará, me dije entre dientes.
—Próxima parada, WhiteChapel —dijo el altavoz del tren, haciéndome volver a la realidad.
No lo había notado hasta entonces, pero de pronto sentí un cosquilleo que recorría mi espina dorsal…, esa certeza de que alguien te está mirando con esa intensidad que se arremolina en tu pecho. Levanté la cabeza y me encontré con la mirada de un hombre de cabello castaño, ojos grises y labios gruesos.
Su mirada era más intensa de lo que podía soportar sin sonrojarme, me recorría una corriente eléctrica que me impedía que me llegara correctamente el aire. Respiré hondo y él dibujo una sonrisa levantando levemente la comisura de sus labios sabiendo que me ponía nerviosa. Nunca había visto un hombre como ese. Gregor era mono y bastante atractivo, pero este era definitivamente de otra liga. Estaba segura de que era un 9.7.
Miré hacia otro lado nerviosa, seguramente me había visto hablar sola, que vergüenza. Iba a pensar que estaba loca.
Estaba demasiado cerca de mí. Estaba parado a sólo unos pocos centímetros. Nuestras rodillas casi se tocaban y aún podía sentir su mirada clavada en mí sin ningún tipo de disimulo. Era tan atractivo que sentí un cosquilleo más allá de mi vientre que me hizo olvidar por un momento hacia donde iba y que era lo que iba a hacer. Me atreví a mirarlo nuevamente. Allí estaban sus ojos grises que me observaban rodeados de unas gruesas pestañas, el cabello castaño peinado con rigor con un corte de quinientos dólares. Enseguida notó que lo observaba y me regaló una sonrisa perfecta que mostraba todos sus blancos dientes… y yo solo pude devolverle una tímida sonrisa, aunque puede que fuese una sonrisa de fulana considerando lo que sentía.
Sentí que me sonrojaba de nuevo, algo que nunca me pasaba. El miró hacia el fondo del vagón que iba repleto y yo me pude recrear en esa mandíbula masculina, perfectamente afeitada. Tenía las piernas largas e iba con un costoso traje, sobre el que llevaba una abrigo de paño. La elegante camisa blanca se ajustaba a su abdomen de forma perfecta y se veía cada vez que se movía.
Me mordí el labio, había estado comprometida durante tanto tiempo que nunca había imaginado que un hombre pudiese verse tan sexy al punto de provocarme cosquillas bajo el vestido y me pregunté cuanto me había perdido. Tragué saliva y aposté por ir un poco más abajo, allí estaba su hipermasculino contenido prieto bajo la fina tela de sus pantalones. Suspiré profundamente abriendo un poco los ojos. Santa madre, me quedé sin aliento.
Escuché una risa contenida que me asustó y levante de inmediato la vista hacia su cara. El calor por mis mejillas se extendió por el resto de mi cuerpo. Sabía perfectamente que estaba mirando descaradamente, su paquete, para peor y deseé que me tragara la tierra. Eso lograba un noviazgo poco satisfactorio.
El hombre se acercó aún más para sostenerse de la baranda que estaba a mi lado esperando el cimbronazo final antes de detenerse y mi cara casi terminó sobre su solido pecho. Era alto, muy alto, me gustaban mucho los hombres altos, me podría estirar para besarlo y rozarlo como sin querer. No era necesario decir donde quería rozar. Parecía de esos hombres expertos foll@dores. Esos que uno creen que son una leyenda urbana y con los que probablemente no te vas a encontrar en tu vida.
Nunca había estado tan cerca de un hombre tan sexy, en realidad nunca había estado con otro hombre además de mi ex.
«Argg, que pérdida de tiempo, ahora lo veía».
El tren dio un frenazo y terminé con mi nariz pegada a su cuerpo sintiendo su delicioso perfume. Olía a gel y sexo. Gregor siempre usaba colonia, pero yo prefería el gel.
Mientras me enderezaba, mi cabeza rozó bíceps puede sentir como se tensaba el cuerpo del extraño delicioso, levanté la vista y él me miró.
—Lo siento —dije y sonreí como una boba.
Me observó fijamente, sin pestañear, y yo no podía apartar la mirada de su perfecto rostro, así que le devolví la mirada con mi mejor gesto de pendona. Sí quería sexo y no estaba mal fantasear un poquito. Habría dado lo que fuese por realizar trabajo de campo con ese espécimen.
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Lamentablemente iba a una entrevista prometedora que podía salvar mi trasero y el de mi amiga de la indigencia. Por lo que solo se quedaría en eso, una fantasía.
Parpadeó varias veces seguidas como si lo hubieran sacado de un trance, frunció ligeramente el ceño y luego volvió a mirar al fondo del vagón. Seguí mirándolo. Necesitaba recordarlo durante el resto del día e inspirarme por la noche. Todo en él encajaba perfectamente. Su piel estaba bronceada y suave. Tuve que hacer un gran esfuerzo para no estirar la mano y acariciarlo, haber si se contoneaba como un gato cachondo.
Sus manos eran grandes y ya sabemos lo que dicen de las manos grandes, ¿o eran los pies?
Finalmente, las puertas se abrieron en la parada de WhiteChapel y una masa de cuerpos comenzó a moverse para poder salir lo más deprisa que las personas que estaban cercanos a las entradas lo permitían. Me moví para estar más cerca de mi hombre fingiendo que me empujaban y deseé que no bajará aún, mi pie estaba entre sus piernas ligeramente abiertas. Habíamos estado cerca antes, pero ahora su manga rozaba mi mano y si inhalaba profundamente, olía el cuero y la madera, definitivamente no era colonia, eso lo hacía aún más deseable. Tal vez un gel de baño, lo iba a imaginar frotándoselo en el cuerpo húmedo con la poll@ tiesa. Las puertas emitieron un pitido agresivo y si no se hubiera movido al mismo tiempo, hubiese estado contra su pecho nuevamente.
Nos ajustamos y el tren aceleró. Si se daba cuenta de que lo estaba mirando, no dijo nada porque evidentemente era un caballero, aunque si lo hubiese hecho, claramente iba a fingir demencia. Pero algo en el fondo de mí, me decía que lo estaba disfrutando, incluso me ofrecía alguna sonrisa fugaz de vez en cuando alentandome.
Entonces, De la nada, el tren se detuvo con un chirrido y mis manos volaron hacia arriba para evitar caer. Por suerte para mí, se conectaron con un pecho ancho y duro. Por un segundo me quedé paralizada, incapaz de moverme media destartalada o tal vez no deseaba moverme porque estaba avergonzada, él me agarró la parte superior de los brazos y me levantó con delicadeza.
— ¿Te hiciste daño? —preguntó. La voz por supuesto acompañaba su estampa.
Su acento británico me envolvió mientras quitaba las manos de su pecho.
—No, estoy bien. Disculpa, yo fui la culpable. —Dije avergonzada.
Quería colapsar de nuevo, que el tren sufriera un choque contra un iceberg solo para sentir sus fuertes brazos sobre mi cuerpo. Eso fue todo. Me sentía una idiota y no había repasado lo que diría en mi entrevista, no estaba segura de recordar ni siquiera la dirección.
—Disculpada —sonrió —Siento no haberte advertido, no estoy acostumbrado al tren, supongo. Hacía mucho tiempo que no viajaba y había olvidado lo terrible que puede ser, decidí viajar a ver un cliente pro bono, para no quitarle tiempo. Él viajaba a su trabajo, se bajó hace algunas estaciones y necesitaba que firmara una carta compromiso—. Lo miré embelesada. Era abogado. —Puedes tomarte de mi brazo para estar más segura—. Me consejo y suspiré.
—¿Realizas trabajo gratuito?
—Sí, me gusta devolver algo. Cuando era un niño, no tenía nada y ahora tengo todo lo que puedo soñar.
Inhaló, expandiendo su ancho pecho y sacó su móvil. Suspiré un poco más fuerte de lo que pretendía, y la mujer a mi lado se dio la vuelta, tratando inútilmente de tomar distancia.
Probablemente pensó que estaba con un ataque de ansiedad, medicada o probablemente ambos. Ya quisiera verla a ella en mi lugar a ver si no hiperventilaba.
En un esfuerzo por parecer normal y no verme afectada saqué mi teléfono y me conecté a la red Wi-Fi. Abría el mapa y repasé la ruta que me llevaría a mi prometedora entrevista de trabajo. Traté de prestarle atención al discurso que rodaba a la deriva en mi mente, sin embargo era casi imposible sintiéndolo tan próximo. Me pregunté si así se habría sentido Amy al ver a Arthur por primera vez, seguro ella era más recatada.
El metro siguió dando frenazos con más frecuencia de lo que estaba acostumbrada. Sentí un pinchazo de decepción porque no volví a caer contra mi apuesto caballero y en solo unos momentos, las señales de Liverpool Street aparecieron por la ventana. Necesitaba concentrarme y dejar de fantasear con hombres increíblemente cachondos en el metro. De esta entrevista dependía mi futuro. Me abrí paso entre la multitud y me dirigí hacia las puertas. Cuando se abrieron, di tres pasos hacia adelante comprobando la hora para estar segura de que llegaba lo suficientemente temprano como para causar una gran impresión y justo cuando llegaba a la plataforma, alguien me empujó con tanta fuerza impulsándome hacia adelante que mi teléfono celular se me escapó de las manos volando por el aire.