5. Pesadillas

1551 Palabras
5. Pesadillas POV Skylar —¿Qué tal las clases? La voz de mi tío rompe el incómodo silencio que se había instalado entre nosotros desde que servimos la cena. El tenedor en mi mano se detiene a medio camino del plato, como si necesitara permiso para responder. —Bien —digo al principio, y luego, con un poco más de honestidad. —De hecho… muy bien. Él asiente despacio, con una leve sonrisa que apenas curva los labios. Pero hay algo más en su mirada. Un destello de nostalgia, quizás. O de algo más viejo y enterrado: un reproche que no me pertenece, pero que igual me recorre la piel como si fuera mío. —Tu madre era una verdadera artista —murmura, como si hablara para sí. —Desde pequeña fue alabada por sus maestros. Todos sabían que tenía algo especial. Una sensibilidad… diferente. Quién diría que dejaría todo eso por una persona como tu padre. El aire se espesa. Me muevo incómoda en la silla, apartando la mirada. El nombre de mi padre nunca es pronunciado. No en esta casa. Y sin embargo, está siempre ahí, entre las palabras a medias y los suspiros largos. Como una sombra fija en la pared. He notado el disgusto de mi tío cada vez que lo menciona. Es casi físico. El cambio en su tono. La rigidez en sus hombros. Y aunque nunca ha sido cruel conmigo, hay algo en su forma de mirarme a veces… como si temiera encontrar algo de él en mí. Porque sí. Desde que mamá murió, todo cambió. La casa se volvió más fría. Las conversaciones, más escasas. Y mi relación con mi padre… bueno, dejar de llamarlo papá fue solo el primer paso. —Ella amaba pintar —agrega mi tío después de unos segundos, como si se esforzara por suavizar lo dicho. —Podía pasarse horas mezclando colores hasta encontrar “el tono exacto”, como solía decir. Creo que eso también lo tienes tú… esa forma de mirar las cosas. Como si siempre estuvieras buscando algo que no está a simple vista. Sus palabras me toman por sorpresa. No sé qué responder. No estoy acostumbrada a los elogios sinceros, ni siquiera los envueltos en melancolía. —Gracias —murmuro, apenas audible. Él asiente y se levanta de la mesa para llevar su plato al fregadero. Yo me quedo sentada, mirando el mío, apenas tocado. Y por un momento, me pregunto si esa sensibilidad que él ve en mí no será también una maldición. Algo que me hace frágil. O peor… algo que me hace parecida a mamá. Capaz de dejarlo todo por alguien que no lo merezca. ***** —¡No! ¡No! ¡Suéltame! La voz que grita no parece mía, pero el temblor en mi garganta, sí. Abro los ojos de golpe, y me encuentro en la oscuridad de mi habitación. La respiración agitada, las sábanas revueltas, la piel empapada en sudor. El corazón golpea dentro de mi pecho como si quisiera escapar. Estoy llorando. Otra vez. La puerta se abre con brusquedad. —¡Skylar! La figura de mi tío aparece en el umbral, en pijama, con el rostro tenso y la mirada preocupada. Por un segundo, me quedo inmóvil, atrapada en los ecos del sueño. Y entonces… me arrojo a sus brazos. Sin pensarlo. Como una niña. Como alguien que ya no puede fingir que está bien. —Solo fue una pesadilla —susurro, con voz quebrada. No doy más explicaciones. No puedo. Solo quiero olvidar. Solo quiero… silencio. —¿Quieres contarme? —pregunta, su tono más suave que nunca. Niego con la cabeza, pegada a su pecho. —No es nada… de verdad. Él no insiste. Y se lo agradezco más de lo que puedo expresar. Pero cuando me aparto y lo miro a los ojos, veo que no está conforme. No lo dice. Pero lo siente. Y eso, por sí solo… me rompe un poco más. —Voy a traerte un vaso con agua —dice al fin. —Y Skylar… si alguna vez necesitas hablar, aquí estoy. Asiento sin fuerza. Lo veo salir de la habitación, dejando la puerta entreabierta. Y en ese instante, me doy cuenta de algo que duele más de lo que esperaba: hacía mucho tiempo que nadie se preocupaba por mí. De verdad. Cuando regresa, me tiende el vaso con delicadeza. Lo tomo con manos temblorosas y bebo el contenido como si fuera lo único que puede calmarme. Agua. Nada más. Pero en este momento, es suficiente. Él recoge el vaso, se inclina un poco y me acomoda la manta sobre los hombros. Me arropa. Como si eso pudiera protegerme del mundo que me persigue incluso dormida. Tengo ganas de llorar de nuevo. Pero me las trago. No quiero romperme del todo frente a él. —Gracias, tío —susurro, con la voz más pequeña que tengo. Él me mira durante unos segundos, y luego habla con una ternura que no le conocía. —No me agradezcas. Aunque no lo creas… te quiero, Skylar. Eres mi única sobrina. Mis ojos se llenan de lágrimas, pero esta vez, no por la pesadilla. Sino porque sus palabras caen como una llave sobre un candado oxidado que creí imposible de abrir. No digo nada. No necesito hacerlo. Solo cierro los ojos, envuelta en una manta… y en algo más tibio, más escaso: la sensación de que, por fin, no estoy sola. ***** No dormí mucho después de la pesadilla. Tal vez dos horas, a lo sumo. Pero eso no importa. Hoy no quiero pensar. Solo dibujar. Abro el cuaderno de bocetos que siempre llevo en la mochila, lo coloco sobre el escritorio y saco el carboncillo. Es mi herramienta favorita. Sucia. Directa. Como mis emociones. No empiezo con una idea clara. Solo dejo que la mano se mueva. Trazos oscuros, intensos, veloces. Una silueta comienza a emerger entre las manchas: una mujer de espaldas, la cabeza inclinada, el cabello suelto cayendo como un velo. La sombra de alguien que carga demasiado. Me detengo. La miro. Me miro. Y sin darme cuenta, otra lágrima cae sobre el papel, difuminando el trazo que acababa de definir su cuello. —No borres eso —dice una voz a mis espaldas. Mi cuerpo se tensa. No lo escuché entrar. Me giro lentamente. Ian. Está apoyado en el marco de la puerta del pequeño salón de estudio del instituto. Lleva una bufanda oscura mal envuelta sobre el cuello y el cabello ligeramente húmedo, como si la lluvia lo hubiese alcanzado hace poco. Su mirada está fija en mi cuaderno. Él se acerca con pasos suaves, como si temiera romper algo si se movía demasiado rápido. —¿Puedo? —pregunta, señalando la silla junto a mí. Asiento. Se sienta. En silencio. Durante un minuto entero, solo mira el dibujo. Y entonces, sin levantar la voz, dice: —Hay dolor en tus trazos. Su afirmación me atraviesa como una hoja delgada. No como una acusación. Más bien como una caricia que encuentra justo el lugar que duele. —¿Por qué? Trago saliva. El nudo en la garganta es demasiado grande para ocultarlo. —No lo sé —miento. Él no responde. Solo espera. —A veces sueño con cosas que no quiero recordar —murmuro al fin. —Y cuando despierto, aún están ahí. No importa lo lejos que me haya ido… siguen dentro. Ian baja la mirada. Se queda en silencio por un instante, luego levanta el cuaderno y lo gira hacia mí. —¿Y qué harías si esos sueños también te estuvieran enseñando algo? Lo miro, confundida. —¿Qué podrían enseñarme las pesadillas? —Que sobreviviste a ellas. Cierro los ojos. La frase es tan simple… y tan devastadora. Cuando los abro, él sigue ahí. Viéndome sin juzgar. Solo viéndome. —Tu trazo no solo tiene dolor —añade, bajando la voz aún más—. Tiene resistencia. Tiene rabia contenida. Y también… belleza. Tú piensas que estás dibujando ruinas, pero yo veo construcción. Veo movimiento. —¿Movimiento hacia dónde? Él sonríe apenas. —Eso solo puedes decidirlo tú. Nos quedamos en silencio, uno junto al otro, como si este pequeño espacio de papel y tinta fuese más seguro que el mundo allá afuera. —¿Crees que algún día pueda dejar de doler? —pregunto, sin mirarlo. Él no duda. —No. Pero sí puede doler menos. Y algún día… doler de forma distinta. Me vuelvo hacia él. Y por primera vez, no siento miedo de que lea mi rostro. Porque, en el fondo, él ya lo ha hecho. —¿Por eso dejaste de pintar? —me atrevo a preguntar. Ian no contesta de inmediato. Sus ojos se desvían hacia la ventana, donde la lluvia comienza a golpear suavemente el vidrio. —No dejé de pintar. Solo… dejé de mostrarlo. —¿Por qué? —Porque a veces el arte no está listo para ser compartido. Y a veces… tú no estás listo para que alguien lo vea. Sus palabras me calan más de lo que esperaba. Porque no está hablando solo de lienzos. Está hablando de sí mismo. De mí. De lo que somos cuando nadie nos mira. Y, tal vez, de lo que podríamos ser… si nos dejáramos mirar.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR