7. Pertenencia

1456 Palabras
7. Pertenencia POV Skylar Ian no vino hoy. Tampoco ayer. Ni el día anterior. Tres días seguidos sin verlo en el instituto. Sin su voz, sus pasos, su mirada intensa. Y aunque nadie ha dicho nada oficialmente, hay un murmullo entre los estudiantes. Algunos creen que está trabajando en algo nuevo. Otros, que ha viajado por una exposición privada. Noémie dice que él desaparece de vez en cuando. Que es parte de su “mística”. Pero para mí, no es solo mística. Es ausencia. Y debo reconocer que me provoca cierta inquietud. Intento no pensarlo demasiado mientras me siento junto a Noémie en el almuerzo. Ella habla rápido, con las manos, como si las palabras no le bastaran. A su lado está otra chica que no había visto antes. Alta, delgada, con el cabello recogido en un moño bajo y ojos de bailarina: concentrados, intensos, ligeramente tristes. —Skylar, te presento a mi roomie, Elisia —dice Noémie. —Baila como los ángeles y bebe como un demonio en vacaciones. Todas reímos. —Mucho gusto —respondo con una sonrisa tímida. —Encantada —dice Elisia, alzando su vaso de agua como un brindis. Su sonrisa es más leve, pero honesta. —Vamos a salir esta noche —agrega Noémie, como quien lanza una bomba con dulzura. —Un bar discreto, buena música, vino barato y nada de profesores. ¿Te animas? Parpadeo. Dudo. Una parte de mí quiere decir que no. Tengo malos recuerdos con el alcohol. Si, quizás debería negarme. —Vamos, será divertido. —Dice la bailarina, con voz suave. Por un momento quiero volver a confiar. —Sí —respondo. —Antes de que me niegue, mi subconsciente habla por mí. Las chicas sonríen, como si fuera una victoria. Ruedo los ojos. Niñatas. Pero debo reconocer que quiero creer que puedo salir de nuevo, sin miedo. Ellas hablan y sonríen, y yo las observo. Por un momento, quiero ser la Skylar de dieciocho años. La que aún creía en la humanidad. ***** El bar está a unas cuadras del instituto. Una esquina angosta con luces cálidas, música suave y paredes cubiertas de fotografías en blanco y n***o. A primera vista, parece inofensivo. Pero hay una energía vibrante, como si cada persona aquí estuviera a punto de confesar un secreto. Elisia me presta un abrigo largo n***o y unos pendientes dorados. Dice que me falta "un poco de brillo". Noémie me presta su pintalabios. Yo, por primera vez en mucho tiempo, me dejo llevar. —Skylar, este es Néstor —dice Elisia, señalando a un chico que se une a nuestro grupo justo cuando terminamos la primera copa. Néstor es atractivo, aunque no tanto como los hermanos Lacroix. Tiene un aire relajado, deportivo, una sonrisa fácil y ojos amables. Huele a sándalo y ron especiado. Me saluda con un apretón de manos y una mirada que no incomoda, pero observa. —Así que tú eres la famosa Venus del instituto —dice, riendo. —Te imaginaba más altiva. Sin quererlo me sonrojo. —No entiendo el apodo… —Tu figura es hermosa, así que creo que eres el nuevo sueño húmedo de todos los chicos del instituto Lacroix. Dejo de sonreír. No quiero eso. Nunca más quiero ser etiquetada como la “deseada” de algún lugar. —Vamos, vamos, ahora si que soy el patito feo al lado de las dos chicas más bellas de la escuela. Así que ahogaré mi decepción en alcohol. —Noémie aplaude divertida, Elisia se ríe bajo. Y así comienza la noche. Y yo, por un momento, me dejo llevar. ***** Bebo más de lo que debería. No al punto de perder el control, pero lo suficiente como para sentirme distinta. Más liviana. Más ajena a mí. Como si mi cuerpo fuera una habitación abierta que por fin respira. Néstor me hace reír. Es encantador sin esfuerzo. Habla de arte, de fotografía que es lo que está estudiando. De la vez que Elisia lo obligó a bailar en un recital de jazz para poder entrar gratis. Sus anécdotas y la manera de contarlas son tan graciosas, que no puedo parar de reír. —Fue un desastre glorioso —dice Elisia, entre carcajadas. El ambiente es cálido, casi íntimo. Y por un momento… me olvido. Me olvido de los sueños. De la lluvia. De mi vida en América. —Oigan, voy al baño. Me levanto y camino un poco tambaleante. Pero antes de llegar al baño, una mano en mi muñeca me detiene. —Hola preciosa. ¿Te gustaría que te haga compañía? Un hombre de alrededor de treinta años, con traje arrugado y el pelo desarreglado, me observa con ojos nublados. Miro a los lados para pedir ayuda si es necesario, pero mi cuerpo comienza a temblar sin control. Veo su sonrisa, que poco a poco se distorsiona frente a mí y quiero gritar, pero la voz no me sale. Y cuando siento que estoy a punto de desfallecer, alguien me sostiene por la cintura. Su cuerpo casi pegado al mío, expele un aroma que casi puedo reconocer. —Ella está conmigo. —La voz magnética y dominante de León, hace que el hombre deje de sonreír. —L-lo siento…señor Lacroix, no fue mi intención molestarlo. Y lo vi salir huyendo como si un demonio lo persiguiera. Me alejé del agarre y me giré para mirarlo. Ahí estaba. Alto, imponente y con un aura que me indicaba peligro. No sonríe. No parpadea. Solo me mira. El corazón se me detiene un segundo. Y luego, empieza a latir más rápido. —¿Con quien vienes? —Me pregunta con voz neutra. —Con algunos amigos. Están arriba. —Eres nueva en la ciudad, debes cuidarte. Tal parece que el alcohol no es lo tuyo. Siento un pinchazo en el estómago. No, el alcohol no era lo mío. —No sabía que venías aquí —digo para cambiar el tema. Después de todo, el lugar no parece estar acorde a él. —No vengo. Pero tengo amigos que sí —responde, sin quitarme los ojos de encima. Silencio. —¿Cuánto has bebido? –pregunta de pronto. —Lo normal —respondo, a la defensiva. —¿Quieres que te lleve a tu casa? Me sonrojo sin querer. —No es necesario —murmuro. —Tomaré un taxi del bar al salir. Me dijeron que son seguros. Él me mira como si pudiera leer entre líneas. No parece convencido, pero no insiste. Solo asiente lentamente, como si ya tuviera otra estrategia en mente. —Debo irme —añado, dando un paso para alejarme. Pero su voz me detiene. —¿No me temes? Me vuelvo para mirarlo, confundida por la pregunta. —¿Por qué debería temerte? —Porque todos lo hacen —responde sin rodeos. —Incluso cuando no lo dicen en voz alta. Su mirada se mantiene fija en la mía. Serena, implacable. No es una provocación. Es una afirmación. En medio de los últimos vestigios de alcohol en mi sistema, lo observo de forma más clara que a nadie en esta sala. No con miedo, sino con una extraña sensación de seguridad que no logro explicar. —Creo que no me das miedo —respondo con honestidad. —No lo entiendo, pero… creo que podría confiar en ti. Un atisbo de sonrisa —apenas una sombra en sus labios— aparece por primera vez desde que nos encontramos esta noche. No es cálida. Es contenida. Como si revelara que lo que acaba de escuchar lo ha descolocado más de lo que deja ver. —Eres una buena chica —dice entonces, con voz grave, íntima. —Eres perfecta. La palabra se queda suspendida entre nosotros, cargada de una fuerza que no esperaba. —Espero que pronto podamos conocernos mejor. Estaré por aquí… Puedes divertirte tranquila —añade, y su mirada se suaviza por un segundo. —Nadie se atreverá a tocarte. Y sin decir más, se da la vuelta y se aleja. No hay dramatismo en su salida. Solo una autoridad silenciosa. De esas que no se imponen con gritos, sino con presencia. Me quedo quieta por un instante. Mi corazón late como si hubiera corrido. Mis piernas tiemblan, pero no de miedo. Camino directo al baño, intentando recomponerme. Me lanzo agua al rostro. Me observo al espejo. Me repito que todo está bien. Pero cuando salgo… mis ojos lo buscan. Lo buscan entre las luces, entre las sombras, entre los desconocidos que ya no me importan. Pero no lo veo. Aunque aún siento su presencia en el lugar. Y sin saber por qué, sus palabras —esa promesa velada de protección, de pertenencia—me dejaron más tranquila que cualquier abrazo. Pertenencia…curiosa palabra.
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