7. Como el agua y el aceite.

1923 Palabras
7. Como el agua y el aceite. POV Skylar El reloj marca las siete con veinte cuando cruzo las puertas del Instituto Lacroix. Demasiado temprano. Demasiado pronto incluso para quienes consideran el arte una religión que exige sacrificio puntual. Mis botas resuenan en los pasillos vacíos, acompañadas por el crujir suave de la madera antigua. Las paredes parecen respirar quietud, como si toda la escuela aún estuviera dormida. Una parte de mí desea que se quede así, en silencio absoluto. La otra… busca respuestas. No sé exactamente por qué llegué tan temprano. Tal vez para despejarme. Tal vez para escapar de la soledad de la casa de mi tío. O tal vez —aunque no quiera admitirlo— porque inconscientemente necesitaba saber si hoy sí vendría. Ian. Las imágenes de la noche anterior siguen enredadas en mi memoria: Néstor riendo, el hombre del traje arrugado, mis piernas temblando… y luego Léon. Su voz envolviéndome como una sombra. Su mano firme en mi cintura. Su promesa baja, casi peligrosa: —Estaré por aquí… Y aunque me repito que todo está bien, que nada pasó realmente, mi cuerpo sabe la verdad. Algo cambió. Camino hacia el ala norte, donde suele estar el salón de dibujo experimental. Mi intención es simple: dejar mi cuaderno allí y seguir con mi día. No espero encontrar a nadie. Pero entonces, lo oigo. Una voz grave. Cargada. Irritada. —¿Y ahora decides aparecer? Me detengo en seco. La puerta del salón 3C está entreabierta. Reconozco esa voz al instante. Léon. —No tienes derecho a cuestionarme —responde otra voz, más serena, contenida, con una autoridad que no necesita elevarse para imponerse. Ian. Mi corazón se detiene. Están ahí. Juntos. Discutiendo. No debería quedarme. Lo sé. Pero mis pies se enraízan al suelo. Después de días de ausencia, la voz de Ian me sujeta por dentro como un ancla. —Tres días, Ian. Tres días desaparecido sin avisar a nadie. Ni al Instituto, ni al comité, ni a mí. ¿Qué esperabas? ¿Que te recibiera con una reverencia? —Esperaba que no exageraras como siempre. —No exagero. Me preocupo. ¿Tan difícil es de entender? Silencio. —¿O acaso solo desapareces cuando no soportas lo que estás sintiendo? La frase cae como un golpe seco. Ya no suena a una discusión administrativa. Suena a algo más profundo. Más viejo. —No tienes idea de lo que estás diciendo, Léon. —¿No? ¿Seguro? Porque conozco esa mirada tuya desde que éramos niños. Cuando te hartas de todo, cuando algo —o alguien— te remueve lo que no sabes controlar… huyes. Siempre ha sido así. Ian no responde de inmediato. —No todos gritamos cuando algo duele —dice al fin. —Algunos lo callamos. Lo pintamos. Lo desarmamos solos. —¿Y por eso no volviste? ¿Por eso te desapareces sin dejar rastro? ¿Porque pintar es más fácil que hablar? —No te debo explicaciones. El tono de Ian es bajo, pero tiene filo. Un filo que me eriza la piel. —No me las debes como hermano —responde Léon. —Pero como colega, como docente de este lugar, sí. Esto no gira solo alrededor de ti. Una pausa. —Los estudiantes preguntan por ti. La dirección quiere saber si seguirás con tu exposición. Y los que… —su voz baja apenas— los que notaron tu ausencia, también. Silencio otra vez. Pesado. Espeso. Yo apenas respiro. Me siento como una espía torpe en una historia que no debería escuchar. Y entonces, oigo lo que no esperaba. —Esto no tiene que ver con el instituto —dice Ian. —¿Ah, no? ¿Entonces con qué? Silencio. —¿Con ella? Mi estómago se contrae. Mi espalda se pega a la pared sin querer. —Ten cuidado con lo que insinúas, Léon. —¿Insinuar? ¿De verdad? ¿Vas a negarlo? ¿O vas a hacer lo que haces siempre? ¿Enterrarlo en un boceto y fingir que no existe? Un golpe seco —como un puño cerrándose contra una mesa— resuena dentro del salón. —No hablaré de ella —dice Ian. —No hoy. ¿De quién hablaban? Léon suelta una risa breve, sin humor. —Lo que tú digas, hermano. Pero si te molesta tanto que alguien más la cuide en tu ausencia, entonces no desaparezcas como un cobarde. El aire parece cortarse. Doy un paso atrás, intentando alejarme en silencio. Demasiado tarde. Ian abre la puerta. —¿Skylar? Su voz es más baja ahora. —¿Estás aquí? Me quedo quieta. Cierro los ojos un segundo. Luego inhalo… y entro. El salón huele a pigmento seco, madera y tensión. Ian está frente al ventanal; Léon, apoyado en una mesa, los brazos cruzados. Ambos se giran hacia mí al mismo tiempo. El aire se detiene. —Lo siento —digo de inmediato. —No quería escuchar… fue sin querer. Léon baja la mirada, mordiéndose el interior de la mejilla. Ian, en cambio, me sostiene la mirada. —¿Hace cuánto estabas ahí? —pregunta, sin dureza. —Lo suficiente —confieso. Silencio. Largo. Cortante. —Deberías irte —dice Léon al fin, sin mirarme del todo. —Este no es lugar para explicaciones a medias. —Tal vez no —interviene Ian. —Pero tampoco vamos a fingir que esto no la involucra. —¿“Esto”? —repito, apenas un susurro. Ian me mira. Por un segundo, sus ojos son como una pintura sin marco: intensidad contenida, color oculto bajo capas. —Mi ausencia no tuvo nada que ver contigo —dice, con voz grave, casi íntima. —Pero mi regreso… sí. Trago saliva. Léon suelta una risa sarcástica. —Qué poético. —No estoy hablando contigo —responde Ian, sin apartar los ojos de los míos. Y entonces lo entiendo. No discutían por un horario. Ni por el instituto. Ni por mí. No exactamente. Discutían por algo que los unía sin nombrarlo. Por algo que los involucraba a los dos. —Debo irme —digo al fin. —Tengo clases en quince minutos. Me despido rápido. Porque sin entender por qué, los ojos de ambos me miran de una forma que me descoloca. Posesiva. La dulzura contenida de Ian. La dureza oscura de Léon. Tan distintos como el agua y el aceite. Y sin embargo… con la misma intensidad. Mientras camino por el pasillo, una pregunta me golpea con fuerza: ¿Se puede sentir algo por dos personas al mismo tiempo… sin romperse en el intento? ***** El lápiz se desliza sobre el papel con movimientos mecánicos, repitiendo formas que ya no sé si nacen de mí o de la rutina. La clase de técnicas mixtas debería emocionarme —hoy trabajamos con carboncillo y tinta— pero me cuesta concentrarme. No es el material. No es el tema. Es él. Ian. Está a unos metros, junto al ventanal, dando instrucciones generales mientras revisa los bocetos que dejamos sobre las mesas. Sus pasos no hacen ruido, pero su presencia sí. Me atraviesa la piel como una corriente eléctrica suave pero constante. Lleva una camisa gris claro arremangada a los codos, el primer botón desabrochado, y el cabello algo más largo de lo que recordaba. Sus ojos... no han dejado de buscar los míos desde que comenzó la clase. Cada vez que lo miro, él ya me está mirando. Y cuando no lo hago, lo siento. Como si su atención pesara sobre mis hombros. Al principio pensé que era imaginación mía. Un residuo emocional después de lo que escuché esta mañana entre él y Léon. Pero no. Su mirada es tan real como la presión que siento en el pecho. A lo lejos, Noémie se inclina hacia mí y susurra: —¿Desde cuándo se quedó tan… pendiente de ti? —No es nada —miento, bajando la vista. —Claro que sí. Me está dando celos —bromea, dándome un codazo con disimulo. Sonrío, aunque por dentro todo es confusión. Ian camina hasta mi mesa. Se detiene. No dice nada durante unos segundos. Solo observa lo que dibujo. Pero sé que no está mirando el papel. —Buen manejo del contraste —murmura al fin. —Gracias —respondo, sin levantar la cabeza. Silencio. Y luego, más bajo: —¿Podemos hablar después de clase? Lo miro. No hay dureza en su voz. Tampoco seducción. Solo una calma tensa, como si estuviera haciendo un esfuerzo por no parecer lo que realmente es: un hombre al borde de una decisión. —Claro —respondo, aunque mi voz suena más débil de lo que quisiera. Él asiente. Apenas. Y se aleja. Pero ya no puedo seguir dibujando. Me concentro en fingir. Fingir que no tiemblo por dentro. Fingir que no espero algo que no debería esperar. ***** A la salida, el grupo comienza a dispersarse entre comentarios sobre el almuerzo, las siguientes clases, y la exhibición de arte de final de trimestre. Yo me quedo sentada, recogiendo mis cosas con lentitud innecesaria, como quien retrasa lo inevitable. Él aparece a los pocos segundos. No habla de inmediato. Se sienta en la mesa frente a la mía, con los brazos apoyados sobre la superficie, sin mirarme directamente. —Gracias por quedarte —dice. —No hay problema. Silencio. —Sé que las cosas han sido… confusas —añade. —Y no pretendo resolverlas todas en una sola conversación. Pero quería hacer algo simple. Algo normal. Lo miro, sin entender. Él finalmente levanta la vista. Hay algo diferente en sus ojos. Una decisión. Una chispa. Como si se hubiera rendido a sí mismo y eso, paradójicamente, le diera paz. —¿Te gustaría ir al cine esta noche? Parpadeo. —¿Cómo… una cita? Su sonrisa es leve. Casi imperceptible. Pero está ahí. —No lo llamaría así, si eso complica las cosas. Podemos llamarlo una salida entre… compañeros de tinta —bromea. Y por primera vez, me hace reír de verdad. —¿Eso dices siempre cuando invitas a alguien? —Nunca invito a nadie —responde, sin dudar. —Esta es la primera vez en años. Sus palabras caen como una confesión que no esperaba recibir. Sencilla. Limpia. Vulnerable. —¿Qué película? —pregunto, como quien tantea la orilla de un lago antes de entrar. —Una que todavía no hemos visto. Pero si es muy mala, prometo compensarlo con palomitas y helado después. —Eso suena arriesgado. —Vale la pena el riesgo —responde. Y por un segundo, el tiempo se detiene. Pienso en su discusión con Léon. En la manera en que ambos me miran. En cómo mi mundo se divide entre dos corrientes que van en direcciones distintas, pero que me arrastran con la misma fuerza. Y sin embargo, aquí estoy. Frente a Ian. Sintiendo que, por primera vez, está dejando de huir. —Está bien —respondo al fin, con una sonrisa contenida. —Pero si es de terror, eliges tú los asientos. Sus ojos brillan. —Entonces prepárate. Te paso a buscar a las siete. Recuerdo tu dirección. Se pone de pie. Y antes de alejarse, se detiene para mirarme de nuevo. —Gracias por no salir corriendo —dice. —Gracias por no desaparecer otra vez —respondo. Él se va. Y yo me quedo con el corazón latiendo de forma irregular. Porque la verdad es que no sé qué va a pasar. Pero por primera vez en mucho tiempo… no me da miedo averiguarlo.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR