8. La historia apenas comienza
POV Ian
—¿Saldrás esta noche? —La voz grave y familiar en el umbral de mi habitación me saca de mis pensamientos.
Levanto la vista. Léon está ahí, recargado en el marco de la puerta, los brazos cruzados sobre el pecho, con ese ceño inquisitivo que rara vez suaviza.
—Sí… invité a Skylar a salir —respondo, dejando caer el bolígrafo sobre el escritorio.
—¿Aceptó? —pregunta. No es solo curiosidad. Su tono lleva esa nota apenas perceptible de advertencia. De inquietud.
Asiento con calma.
—Lo hizo.
—¿A dónde la llevarás?
—Al cine. Algo simple. Normal. —Hago una pausa y lo miro con firmeza. —Después de todo, sigo siendo su profesor.
Léon no se mueve. No sonríe. Solo me observa con ese brillo inescrutable que siempre ha sabido cómo incomodar. No dice más, pero su silencio habla por él: sabe que estoy cruzando una línea. Sabe que estoy tocando algo que ambos hemos sentido.
Y aunque no lo diga, sé que él también la desea. No por rivalidad. No por competencia. Sino porque, por nuevamente en mucho tiempo, los dos la estamos sintiendo de la misma manera.
—¿Y si no lo es? —pregunta al fin, como si leyera el pensamiento que llevo horas repitiéndome.
Me reclino en la silla, exhalo lentamente.
—No lo sabremos si no nos acercamos a ella.
El silencio se extiende. Léon entra al cuarto y se apoya contra el librero. Cruza los brazos otra vez, pero esta vez su expresión es distinta. Más reflexiva. Casi… vulnerable.
—Es una chica dulce… pero muy joven. Muy distinta.
Me sorprende escucharlo dudar. De los dos, él siempre fue el más impulsivo. El que se lanzaba primero y preguntaba después. Yo solía ser el que marcaba los límites. El que protegía lo que no quería romper.
—¿A qué le temes, Léon?
Lo miro con seriedad. Él sostiene mi mirada sin evasivas.
—A que esta vez no sepamos cómo manejarnos. A que ella no entienda nuestras reglas. Que lo nuestro la abrume.
Sus palabras tienen un eco real. Skylar no es como las anteriores. Ella tiene algo más. Algo que atraviesa. Que se queda. Que se mete bajo la piel sin hacer ruido.
—No somos monstruos, Léon. Nunca lo hemos sido —digo, más para recordárselo a él que a mí mismo. —Las chicas que han estado con nosotros sabían desde el principio. Siempre fuimos honestos. Si también somos honestos con ella… lo demás vendrá.
Léon camina hacia la ventana. Afuera, la lluvia comienza a pintar el empedrado con esa melancolía silenciosa que siempre acompaña nuestras decisiones.
—Nunca fue miedo lo que me detuvo —dice por fin, sin mirarme. —Pero ella… ella tiene algo más. Algo que no sé si pueda compartirse.
—Lo sabremos con el tiempo —me acerco, colocándome a su lado. —Pero quiero intentarlo. Quiero saber si su alma puede resonar con la nuestra.
Nos miramos. Y en ese silencio mudo entre hermanos, lo entendemos todo. Lo que está en juego. Lo que puede despertar… y lo que puede rompernos, como estuvo a punto de pasar con ella.
—Solo… no la asustes. Déjala descubrirnos. A su ritmo.
—No lo haré —le prometo. —Y si algún día la tomamos de la mano… será entre los dos.
Él asiente. Me estrecha el hombro con fuerza. Un gesto silencioso que encierra décadas de acuerdos tácitos.
Esta vez, no será un juego. Esta vez, quiero saber si una chica puede pertenecerle al alma de dos hombres sin destruirse.
O sin destruirnos.
*****
POV Skylar
La ciudad parece distinta esta noche. Más limpia. Más suave. Como si supiera que algo está a punto de comenzar.
—¿Vas a salir? —La voz de mi tío me toma por sorpresa. Me giro. Está en el sofá, mirándome con atención.
Llevo un vestido corto y oscuro, botas altas y un abrigo largo. El cabello recogido en una coleta alta, con algunos mechones sueltos que enmarcan mi rostro. Me siento… diferente. No disfrazada, pero sí expuesta.
—Sí. Me invitaron al cine. Prometo no llegar tarde.
Mi tío sonríe. No necesita darme permiso, pero parece que le gusta que se lo diga.
—Te ves linda —murmura, con una expresión que mezcla nostalgia y algo más difícil de nombrar. —Me alegra que salgas a divertirte.
Su comentario me desarma. Le devuelvo una sonrisa sincera. Hay algo entre nosotros que empieza a sanar. No somos familia de película, pero el silencio ya no duele como antes.
Mi celular vibra. Un mensaje.
Estoy aquí.
Mis labios se curvan sin querer. Mi tío lo nota. Una ceja se levanta en silencio.
—Diviértete —dice simplemente.
Me acerco y, por impulso, le doy un beso en la mejilla. Ambos quedamos quietos. El gesto, tan pequeño, se siente enorme. Es el
primer contacto desde que llegué.
—Gra-gracias, tío. Descansa.
Salgo como si huyera. De él. Del pasado. De la casa que alguna vez fue un hogar y que, con suerte, podría volver a serlo.
Afuera, el auto de Ian espera. Lujo discreto. Elegancia contenida.
Lo veo bajar, caminar hacia mí con las manos en los bolsillos del abrigo, la sonrisa suave y segura que hace que algo en mi estómago se revuelva.
Esta noche no es mi profesor. No es el artista inaccesible. Esta noche… es solo Ian.
—¿Lista?
—Sí.
Y es verdad. Aunque no sepa para qué… estoy lista.
*****
El cine está casi vacío.
Escogió una película francesa. Introspectiva. Llena de silencios y planos largos. De emociones contenidas que gritan desde la piel.
Nos sentamos en la penúltima fila.
Por unos minutos me concentro. Pero entonces, en la pantalla, un gesto lo cambia todo: el protagonista toma la mano de la mujer. Y en ese momento, Ian estira su brazo y lo apoya detrás de mí.
No me toca. Pero lo siento.
Me inclino ligeramente hacia el otro lado, incómoda con la tensión. Pero cuando me giro para mirarlo… está ahí. Tan cerca. Su aliento me roza el cuello.
—Hueles delicioso —susurra, rozando mi cabello con la nariz.
Me quedo inmóvil.
—¿Puedo?
No aclara qué. No lo necesita. Lo sé.
Mi razón quiere decir que no. Pero algo más profundo… más salvaje, más mío, le dice que sí.
Asiento con un leve gesto.
Y entonces, me besa.
Primero es suave. Cálido. Como si pidiera permiso. Pero en segundos, su boca se acomoda a la mía, y el beso se intensifica. Su lengua roza la mía. Sus dedos me afirman el rostro. Y el calor me sube por el cuello, por el pecho… hasta el centro del cuerpo.
Estoy húmeda. Estoy temblando. Y no quiero parar.
Pero él lo hace. Se separa lentamente. No dice nada.
Toma mi mano. Entre sus dedos, la suya encaja como si supiera el camino. Y no la suelta.
Seguimos viendo la película, pero ya no estoy en la historia. Estoy en mi historia.
En una escena donde los protagonistas se reconcilian en una librería, él vuelve a besarme.
Esta vez, su mano se posa en mi muslo, por encima del abrigo y sube poco a poco. No con urgencia. Con intención. Marca. Promete.
No soy una virgen ingenua. Mi cuerpo vibra. Y no me asusto. Me entrego.
Cuando la película termina, no hablamos. Solo salimos, tomados de la mano.
*****
Y entonces, lo veo.
Del otro lado de la calle, estacionado frente a un edificio cerrado, el coche de Léon.
Él está al volante.
No se mueve. No hace señales. Solo mira.
Ian lo ve. No se inmuta.
Aprieta suavemente mi mano. Como diciendo: Está bien. Él también forma parte de esto.
Y seguimos caminando.
Pero yo ya lo siento. La historia no terminó en la penumbra del cine. Ni con los besos.
La verdadera historia… apenas comienza.