9.¿Y ahora qué?
POV León
¿Por qué rayos los seguí?
Esa pregunta ronda mi cabeza desde hace dos horas. Aún no tengo la respuesta.
La calle está tranquila, iluminada por el parpadeo intermitente del letrero del cine. Este auto, el que uso de manera particular, no tiene los cristales tintados. Es mi manera de decir que no me oculto. Ellos salen. Ian y Skylar. Tomados de la mano.
Mi hermano camina con esa calma medida que ha perfeccionado durante años, como si el mundo se adaptara a su ritmo. Ella, en cambio, parece danzar a su lado. Una mezcla de torpeza encantadora e intuición sensorial. Hay algo en ella… algo que no he visto en ninguna de las mujeres anteriores.
No solo es su belleza, su aparente ingenuidad o su vulnerabilidad. Es la forma en que provoca.
Sin querer. Sin saber. Y eso la hace peligrosa.
Miro cómo ella tropieza levemente con el borde de la acera. Ian la sostiene sin esfuerzo, la acerca más a él. Skylar ríe, un sonido suave, vibrante, que me parece escucharlo a pesar de la distancia. Que se cuela por la ventanilla como una melodía maldita.
De pronto, quiero bajar del auto y cruzar la calle para recordarle a mi hermano que ella será nuestra.
Ian la mira de reojo mientras bajan los escalones. Casi imperceptible, su pulgar roza el dorso de la mano de ella como si no pudiera dejar de tocarla. El gesto no es s****l. Es íntimo. Íntimo de verdad.
Y me duele. Quiero que la mano que la toca sea la mía.
Se detienen en la orilla de la calle y ambos me miran. Lo sé. Ian sonríe de medio lado, como asegurando que la tiene en sus manos. Que es suya. Ella solo me mira. Con curiosidad.
Por la manera en que están juntos, sé que algo pasó dentro del cine. Él está dando el primer paso.
Y yo estoy… quieto. Eso no me gusta.
No por celos. Ian y yo nunca competimos. Esa es la clave de lo nuestro. Siempre hemos compartido desde la libertad, desde la complicidad. Pero esta vez, lo que siento en el pecho no es deseo. Es necesidad. Y eso sí que es nuevo.
La necesito en mi órbita. En mi espacio. Bajo mi mirada. Bajo mi voz.
No solo porque deseo besarla. También porque deseo que sepa quién soy. Porque en este juego, cuando hay dos… uno de los dos siempre arde primero.
Y esta vez, ese soy yo.
Nuestra.
La primera que me hace sentir que no quiero esperar mi turno. Pero aún no. Como todo, esto tiene un proceso.
Y yo sé esperar.
*****
POV Skylar
La risa todavía vibra en mis labios mientras Ian me ayuda a subir a la acera.
—Eres un peligro público —murmura con una sonrisa, sin soltarme.
—No es mi culpa que las banquetas no se diseñen para gente distraída —replico, intentando mantener algo de compostura, aunque el efecto de la película, el ambiente cerrado y su cercanía me tengan flotando como si hubiera bebido más que emociones.
La noche es perfecta. Un poco fría, sí, pero la chaqueta que me prestó él aún huele a su perfume. Una mezcla de menta, madera y algo que no sé identificar, pero que ahora ya asocio con seguridad.
Con él.
Me miro las manos. La suya sigue atrapando la mía con firmeza, como si ese simple contacto fuera más significativo que todo lo demás. Y tal vez lo es. Porque este momento, aunque simple, me está desarmando.
En el cine, cuando me besó… fue suave. Primero.
Luego sus dedos se deslizaron por mi cuello, hasta la parte interior de mi muslo, mientras la pantalla parpadeaba con luces que no recuerdo. Su tacto fue lento, contenido, casi reverente. Como si tuviera miedo de romper algo. Como si el momento no fuera solo suyo, sino nuestro.
¿Estoy loca por sentir que algo está cambiando dentro de mí? ¿O es que ya estaba cambiando y él solo vino a encender la chispa?
—¿En qué piensas? —me pregunta sin mirarme.
—En nada —miento.
Porque no puedo decirle que pienso en su mano bajo mi vestido. En su boca en la mía. En cómo se sintió cuando me sostuvo justo antes de caer. En lo que significó que no me soltara, incluso después de estabilizarme.
—¿Nada, eh? —me responde con una ceja arqueada. Sabe que estoy mintiendo.
—Bueno… en cosas. —Me encojo de hombros, incómoda y emocionada a la vez.
—¿Cosas como…?
—Como si esto fuera real. —Me detengo. La pregunta me escapa antes de poder frenarla. Y lo odio por la forma en que su mirada se ensombrece apenas un segundo.
—¿Quieres que lo sea?
—No lo sé.
—Entonces esperemos. —Su voz se suaviza. —No todo tiene que definirse esta noche, Skylar.
Lo sé. Lo sé. Pero ¿y si solo fue una cita?
¿Y si mañana vuelve a ser mi profesor y todo esto desaparece?
O peor.
¿Qué pasa si le digo que lo que siento no es solo por él?
—Vamos, te acompaño a casa —dice finalmente.
Asiento, pero justo cuando vamos a cruzar la calle, algo me detiene.
Un coche n***o. Estacionado al otro lado. Las luces apagadas. Y, sin embargo, puedo sentirlo.
Léon. Con las manos al volante como si quisiera romperlo.
Mi corazón da un vuelco. ¿Desde cuándo está observándonos?
¿Por qué?
Ian también lo percibe. Se queda quieto, la mandíbula levemente tensa. No dice nada. Ninguno de los dos lo hace.
Caminamos de la mano hasta el final de la cuadra, en silencio. Pero mi mente ya no está en el cine. Ni siquiera en el beso.
Está en ese coche.
En esos ojos que siempre me miran como si ya supieran lo que aún no he descubierto de mí misma.
*****
El departamento está en calma. Me quito los zapatos, la chaqueta, y me dejo caer en la cama sin deshacerla.
Ian me escribió apenas llegamos. Un simple “Gracias por esta noche. Me encantas.”
Me quedo mirando la pantalla iluminada. No respondo. No todavía.
Porque no sé si lo que siento es solo por él.
¿Es posible desear a dos personas al mismo tiempo… y no sentir culpa?
Léon me provoca algo más primitivo. Algo que no puedo racionalizar. Es como una corriente bajo mi piel que se activa solo cuando está cerca. Ian, en cambio, me da calma. Ternura. Conexión.
¿Cómo se puede estar partida en dos y al mismo tiempo sentirse más entera que nunca?
Tomo mi diario. Escribo sin pensar.
“Me besó. Me sostuvo. Me tocó.
Pero no me rompí.
No sentí miedo.
Y aún así… cuando lo vi ese coche, cuando sentí su presencia sin estar cerca… todo mi cuerpo supo que aún falta otra mitad de esta historia.”
Cierro el cuaderno.
Apago la luz.
Y en la oscuridad, me permito una sola palabra que no me atreví a decir en voz alta:
“¿Y ahora qué?”