10. Aterrador
POV Ian
Cuando llego a mi departamento, sé que no estoy solo.
La luz del salón está apagada, pero el resplandor ámbar del cigarro encendido delata su presencia. El aroma inconfundible del tabaco que sólo él fuma flota en el aire, denso y cálido, mezclado con la penumbra como una advertencia. Un presagio.
—¿Qué tal tu noche, hermanito?
Su voz rompe el silencio con una familiaridad cruda, sin saludo, sin cortesías. Ronca, cargada de algo que no alcanzo a nombrar. No es juicio. No es ironía. Pero hay filo. Y me atraviesa.
Enciendo la lámpara junto al sofá. La luz cálida perfila su figura reclinada, el rostro a medio cubrir por las sombras. Sus ojos brillan, ilegibles, detrás del humo.
Camino sin prisa hacia el sillón frente a él y me dejo caer con un suspiro.
—Productiva. Muy productiva —respondo al fin, dejando que la sonrisa suba a mis labios aunque no esté seguro de a quién pertenece—. Esa chica… Skylar… es un dulce.
Léon no dice nada. Lleva el cigarro a los labios y da una calada larga, lenta. Meditativa. Luego exhala el humo hacia arriba, como si intentara no soltarlo directamente sobre mí.
—¿Vas a contarme qué pasó? —pregunta, por fin, con la vista puesta en la danza del humo entre nosotros.
Me pongo de pie. No contesto de inmediato. Camino hacia la pequeña barra junto al ventanal y tomo dos vasos. Sirvo whisky en ambos. El líquido resplandece como si tuviera vida propia. Como si supiera que lo que estamos a punto de nombrar ya no tendrá marcha atrás.
Me giro. Le alzo uno de los vasos. Una invitación muda. Él asiente con un leve movimiento de cabeza.
Camino de regreso, le tiendo el vaso. Sus dedos lo rodean con firmeza. No tiemblan, pero no es un gesto casual. Es un gesto que sostiene más que vidrio y fuego.
—Nos besamos —digo finalmente. —Te juro que el momento fue… mágico.
Y lo fue.
Sigo sintiendo el temblor suave en sus labios, el modo en que su cuerpo buscó refugio en el mío, no con urgencia, sino con necesidad. Fue más que deseo. Fue como encontrar algo perdido. Algo que ni siquiera sabía que había estado buscando.
León se lleva el vaso a la boca y lo vacía de un solo trago. El gesto es seco, preciso. Luego lo deja en la mesita con un golpe suave, firme. Nada dramático. Pero habla.
—¿Mágico, eh?
No hay burla. Tampoco aprobación. Solo una reflexión que él mismo está intentando entender.
—¿Estás celoso, hermano? —pregunto, sin rodeos—. ¿Crees que la quiero solo para mí?
No responde. Y su silencio es más elocuente que cualquier palabra.
—No son celos precisamente —dice al fin, sin mirarme. — Pero vi algo. Vi la conexión. Fue real. Por un momento… pensé que ya no habría lugar para mí.
Mis músculos se tensan.
—Hermano, tenemos un pacto. Y no lo he olvidado. —Tomo aire. —Y sí, me encanta. Me fascina. Me toca algo que no entiendo. Pero jamás pondría a nadie antes que a ti. Antes que nosotros.
Él asiente lentamente. No dice nada más. Pero en su gesto percibo la herida sutil. No el corte de un cuchillo, sino la punzada de una pregunta sin respuesta.
Por ninguna mujer hemos peleado. Y no deseo que esta sea la primera.
—¿Y qué se supone que son ahora? —pregunta tras unos segundos.
Me recuesto en el sofá, la cabeza contra el respaldo. La suavidad de los labios de Skylar vuelve como un latido, golpeando la memoria con precisión.
—Supongo que decir “maestro y alumna” ya no es correcto —murmuro. — Cruzamos un límite. Y no pienso retroceder.
León se pone de pie. Apaga el puro con calma en el cenicero. Sus movimientos son controlados, calculados. Pero conozco su lenguaje corporal. Sé que está conteniendo mucho más de lo que dice.
Camina hacia la puerta. Y antes de salir, se gira solo un poco.
—También quiero probarla.
Es todo lo que dice. Su voz es baja, pero su intensidad resuena incluso después de que cierra la puerta tras él.
Cierro los ojos. Me quedo recargado en el sillón, con la imagen de Skylar aún en mi mente, sus dedos temblando entre los míos, sus labios abriéndose en una pregunta muda.
Pienso en todo lo que puede salir mal.
Y aún así…
No cambiaría nada de esta noche.
*****
POV Skylar
Llevo más de media hora mirando mi cuaderno. No he podido trazar ni una sola línea.
Las hojas en blanco me miran como un espejo de todo lo que me guardo. Pero no es falta de ideas lo que me paraliza. Es él.
Ian está al frente, recargado en el escritorio, hojeando unas carpetas sin interés real. Pero su mirada... la siento sobre mi piel. Como si supiera que el aire entre nosotros se ha vuelto denso, cargado de algo más que tensión creativa.
No somos profesor y alumna desde anoche. Somos dos personas al borde de algo que no saben nombrar.
—¿Te vas a quedar mucho más? —pregunta, sin moverse.
Alzo la mirada. Error. Sus ojos me atrapan.
—No —respondo apenas. —Ya terminé.
Miento.
Cierro el cuaderno con torpeza. Mis dedos tiemblan un poco.
Él asiente y se encamina hacia la puerta del aula. La cierra con suavidad, sin hacer ruido. Pero el clic seco de la cerradura me sacude por dentro.
Me pongo de pie, como si algo invisible me obligara. Nos quedamos así. Frente a frente.
Hasta que Ian da un paso. Luego otro. Y otro.
No dice nada cuando me toma por la cintura y me atrae hacia él. No pide permiso cuando sus labios rozan los míos con una dulzura que me rompe.
El beso comienza lento. Tímido. Casi como una pregunta. Pero no tardo en responderla.
Mis manos suben hasta su cuello. La distancia entre nosotros desaparece. La intensidad crece. Su boca se vuelve hambre. La mía, respuesta.
Su espalda choca con la pared. Me deja ser yo quien lo busque. Quien lo explore. Quien se atreva.
Su mano sube por mi espalda. La otra me sujeta de la cadera. Jadeamos entre beso y beso. No hay palabras. Solo deseo.
Y entonces, como un balde de agua fría, suena mi celular.
Ambos nos detenemos de golpe. Yo con la respiración entrecortada. Él con la frente apoyada en la mía.
—Tu teléfono… —susurra, su voz ronca.
Me separo a regañadientes. Tomo el celular con manos temblorosas y miro la pantalla.
Tío Frank.
—Un segundo —digo, intentando recomponerme. Contesto.
—¿Skylar? ¿Estás bien?
La preocupación en su voz me atraviesa.
—Sí, estoy bien, tío. ¿Pasa algo?
—Te quería avisar que esta noche me quedo en casa con Jovana. ¿Crees que puedas quedarte sola en casa esta noche?
Cierro los ojos. Respiro hondo. Me paso una mano por el cabello y miro a Ian, que se ha apartado un poco, dándome espacio sin apartar la vista de mí. Me siento mal por invadir su espacio. Jovana, su novia, solía quedarse con él en el departamento, pero ahora estoy yo ahí.
—No te preocupes tío. Estoy en la biblioteca del instituto. Me quedaré trabajando un poco más y luego voy a casa.
—Cuidado con desvelarte, ¿de acuerdo? Nos vemos mañana.
—Lo sé. Gracias por llamar.
Colgamos.
Guardo el celular. El silencio que sigue es espeso. Volteo a ver a Ian, que no se ha movido del todo, aunque ahora su expresión es más contenida.
—¿Tienes que irte? —pregunta, suave.
Niego con la cabeza.
—No, pero quedé de ir a un café con Noémie. Creo que debo irme.
—Lo entiendo.
Ambos callamos. La atmósfera ya no es tan incendiaria. Pero sigue cargada de algo. De un deseo contenido. De una promesa postergada.
—¿Estás bien? —pregunta él, dando un paso hacia mí, sin tocarme.
—Sí —respondo. —Pero… creo que necesito un respiro.
Asiente. Me acompaña hasta la puerta, sin decir más. Antes de abrirla, toma mi mano con suavidad y la aprieta con fuerza.
—No me arrepiento de nada —dice. —Solo te pido una cosa.
—¿Cuál?
—No huyas de esto.
Lo miro. El corazón me late tan fuerte que temo que lo escuche. Pero asiento.
Y entonces salgo.
Camino por el pasillo vacío. Las luces parpadean. El aire nocturno me acaricia la cara cuando salgo del edificio.
Y por primera vez en semanas, no me siento sola.
*****
—Estabas muy callada en clase… ¿te sientes mal?
Niego con una leve sonrisa. ¿Cómo le cuento a mi amiga que me he besado con el profesor dos veces?
—Creo que me voy a resfriar —miento, bajando un poco la mirada.
Ella no pregunta más. Me quedo un rato con el grupo, que suele ser muy divertido, pero esta noche todo en mi cabeza es ruido. Fragmentos. Confusión. Besos prohibidos.
Cuando veo la hora —casi las diez— decido que es momento de marcharme. Todos regresarán juntos a los dormitorios del instituto, pero yo vivo más lejos.
—Me voy. Los veo mañana —anuncio mientras tomo mi bolso.
—¿Quieres que te acompañemos? —pregunta alguien.
—No, gracias. Estoy bien —respondo con una sonrisa rápida.
Ya me he acostumbrado a estar sola. A caminar entre la bruma y el frío, con la ciudad susurrando a lo lejos.
Salgo y camino por la acera semivacía. Trato de detener un taxi, pero no tengo suerte. Justo cuando creo ver uno acercarse a lo lejos, un auto se detiene frente a mí.
Me tenso al instante… hasta que reconozco el vehículo.
—¿Quieres que te lleve? —La voz de León suena desde el interior. Su tono es tranquilo, sin exigencia.
Dudo un momento, pero asiento. Después de todo, es él. León.
—No quiero molestarte.
No responde. Solo asiente con un leve movimiento, como si decir que no es molestia fuera innecesario. Enciende el auto y comenzamos a avanzar.
—Dame tu dirección —pide, sin mirarme.
Se la doy, y él conduce en silencio. La música suave del estéreo llena el espacio, evitando que el silencio se vuelva incómodo… aunque ya lo es, en cierto modo.
—Si no te gusta la estación, puedes cambiarla —ofrece, sin apartar la vista del camino.
—No, está bien. Me gusta —respondo rápido, quizás demasiado rápido.
No hablamos más. No hasta que estamos a punto de llegar.
—¿Con quién vives? —pregunta, sin rodeos.
—Con mi tío materno. Pero esta noche… no vendrá a casa. Se quedará con su novia —digo, y al instante me arrepiento de haber añadido esa última parte. No sé por qué lo hice. No quiero que parezca una invitación.
Cuando llegamos, apaga el motor, pero ninguno de los dos se mueve. Las luces del porche están apagadas. El mundo parece suspendido.
—Gracias por traerme —susurro, con una mano en la manija de la puerta. —Creo que debo irme.
Pero antes de que pueda abrirla, siento su mano sobre la mía. No es una caricia apresurada ni un gesto impulsivo. Es una presión suave, casi temblorosa.
—Skylar —murmura, y su voz es más baja, más íntima. —Me gustas.
Mi pecho se detiene un segundo. Giro lentamente hacia él, confundida.
—¿Q-qué?
—Me gustas —repite, con una claridad que me deja sin aire. —Y sé que puede sonar precipitado, pero si me dejas… quiero ver si lo nuestro puede funcionar. No quiero presionarte. Solo… quiero ser honesto contigo.
Me quedo sin palabras. La culpa me pesa en la lengua. Quiero decirle que hay algo con Ian, que esto se está complicando… Pero antes de que pueda formularlo, él se acerca.
Toma mi rostro con ambas manos, como si temiera que me desvaneciera, y me besa.
No hay violencia en el gesto, tampoco dulzura forzada. Es un beso que arde, sí, pero no en dominio… sino en deseo contenido por demasiado tiempo. Sus labios me reclaman desde una parte más honda, más humana.
Me dejo llevar. Por un instante.
Mis manos se apoyan en su pecho, dudosas. Y es entonces cuando sus labios bajan a mi cuello, a ese punto traidor donde la piel se vuelve confesión. Jadeo, sorprendida de mi propia reacción.
No es que no me guste. Es que me gusta demasiado.
Y eso lo complica todo.
Cierro los ojos. Todo se vuelve borroso y real al mismo tiempo. Un torbellino de emociones, de nombres, de besos que no deberían superponerse.
Cuando me separo, lo hago despacio.
—León… —empiezo, sin saber cómo continuar. Porque hay una verdad que aún no se ha dicho. Una verdad con ojos verdes que también me ha besado.
Pero él solo asiente. Como si entendiera.
—No tienes que decir nada ahora —susurra. —Solo… piénsalo.
Asiento. Abro la puerta y salgo, sintiendo el pulso en la garganta como un tambor.
La noche me envuelve, pero lo que ha pasado se siente irreal.
Y eso… eso es más aterrador que cualquier oscuridad.