22; A LA FUGA

1623 Palabras
El humo se disipó, revelando un panorama aterrador lleno de ruinas y c*******s. Los aviones no pudieron aterrizar por el accidentado terreno, sumado al hostigamiento de los rebeldes que aún quedaban. Se escuchaba el pedorreo de las armas; la opción era la de saltar al barranco, que todavía parecía la más fiable, debido a que el único puente que había para atravesar colapsó debido a las explosiones. Sin embargo, era muy alto y empedrado. Aquel río era el mismo donde casi se ahoga en el otro mundo, de donde lo sacó ese dulce anciano, solo que allí el paisaje no era tan aterrador. Pero no se podía morir allí; tenía que intentarlo todo para salvar a su amada doctora Yací, así que tomó aire, apretando su cuerpo, corrió, saltando; menos mal que fue agarrado por el capitán, quien lo tomó por la espalda, formulándole. —¿De verdad eres muy valiente o muy loco?, cálmate; encontraremos la manera de salir de aquí vivos en una sola pieza. Unos pocos soldados sobrevivientes también estaban reincorporados, mientras el sonido de las ametralladoras era incesante. La única manera segura de pasar era bajando por aquel barranco, tarea que parecía fácil con el adecuado equipo de montañismo. Aunque haciendo inventario de equipo fue una lástima que solo quedaran dos en buen estado. Así que el simple plan más obvio era que unos soldados cubrieran mientras otros bajaban; luego se turnarían para descender. Todo iba muy bien; al parecer, los rebeldes estaban solos concentrados disparándole a los aviones. Empezaron bajando Estiben y el capitán. Pero al estar en medio del descenso, el equipo del científico se rompió, pues un pedazo de la soga estaba debilitada por una explosión o de pronto la ató mal por la inexperiencia, sumado a su miedo a las alturas. Intento aferrarse sin éxito a las rocas babosas, sin poder evitar caer al caudaloso río. El fiero capitán intentó agarrarlo, aunque no pudo por poquito; le faltó un dedo para agarrarlo, así que la mejor opción que vio fue lanzarse tras de él, para tratar de salvar la misión. Estiben era un buen nadador tipo piedra; afortunadamente el capitán sí era un experto y lo alcanzó a agarrar antes que la corriente se lo hubiese devorado. Ese hombre era un gran guerrero nato. Acomodó a Estiben a su espalda y lo llevó seguro al otro lado del río. El capitán trató de ver el paradero de sus hombres, pero no los vio por ningún lado. De pronto fueron capturados o huyeron hacia otro lado; dentro de sí les deseo éxitos, que ojalá estén bien, puesto que no cesaba el ruido de los disparos. Caminaron durante horas por la senda del río para llegar a una casa desvencijada, que le pareció muy familiar a Estiben. Claro, era la misma casa de su anciano Salvador. El capitán llamó a la puerta para pedir ayuda, de donde salió una anciana que enunció: —Buenos días, ¿en qué les puedo servir?, ¡ah que milagro! Lían, viniste, qué alegría, hijo mío, nos has hecho mucha falta. El capitán la abrazó, besando esa arrugada frente; luego salieron dos jóvenes más, que se unieron al emotivo reencuentro. Estiben a un lado, esperaba sonriente ver a la otra versión de su anciano, que al demorarse no aguantó y preguntó: —¿Capitán y su padre dónde se encuentran? Al capitán se le aguaron aún más los ojos sin poder contestar; entonces la madre tomó la vocería, ladeando suave la cabeza y haciendo una mueca de lástima, para contestarle: —A mi marido lo ejecutó el ejército del miserable dictador Pontón, debido a que no les quiso entregar todas las cosechas, por eso mi hijo se hizo militar en el país vecino con la idea de vengarse, una muy mala decisión. No solo nos dejó solitos, sino que la venganza es mala; es como si llevaras un saco de plomo que te enferma a cada momento y cuando al fin la consumas, te das cuenta de que eso no te devolverá a tus seres queridos. Entraron a la hermosa casa en donde comieron, se cambiaron esas ropas mojadas por ropa de los muchachos y durmieron en una estera cerca de la chimenea. Tenían que tratar de dormir bien, puesto que partirían al amanecer. Ya que aún no estaban seguros, tenían que llegar cuanto antes a la capital y aún había un gran pedazo de selva llena de peligros que los separaba de su lugar de destino. … Caminaron durante horas disfrazados como simples campesinos para evitar la cacería, hasta que tomaron un viejo bus con rumbo hacia el pueblo que antes era el fronterizo, pero que todavía era el destino final, debido a que aún no había interconexión por ese lado por carretera. Iban felices mirando los hermosos paisajes verdes, escuchando los bellos cantos de las aves, hasta que del monte salió un grupo de hombres armados que interceptó aquel bus. Un hombre de esos, un gordinflón, curtido con un bigote camorrero, se subió al transporte para pedirles a todos los hombres la identificación. Al llegar a donde el capitán y el científico, ellos no tenían papeles, así que se esculcaron por todos los bolsillos, haciendo que los buscaban, fingiendo malestar por haberlos olvidado para tratar de librarse de la requisa, pero que no les sirvió, pues el forajido los obligó a bajarse del vehículo… Está cauteloso, se repetía para sí mismo, «no puedo morir, tengo que salvarla.» Los mercenarios tenían logos subversivos en uniformes militares. Queriendo imitar a los soldados, colgaban granadas en el lugar donde se llevan las medallas y distintivos. Ellos fueron conducidos a través de la selva hasta donde el jefe, que era un anciano gordo, barbado, con cara de bonachón, que si su camuflado hubiese sido rojo, sería igualito a Papá Noel. El cual los miró de arriba abajo, menospreciándolos, los acusó para que ellos confesaran, una técnica que le había servido un par de veces. Les aseveró: —Ustedes son los sujetos por los que la resistencia está pagando; son los que han formado tan gran alboroto; yo pensé que eran más altos. El capitán quitándose el sombrero agacho la cabeza expresándole: —No, patroncito, nosotros somos unos humildes trabajadores que vamos a buscar para la comidita. El jefe subversivo empezó a andar de lado a lado con las manos atrás, haciendo pucheros, hablándoles: —Bien, muñecos, si fuera por mí, los dejaría ir en paz, lo que no puedo hacer, debido a que nadie en ningún pueblo de por acá los conoce. Ya los hemos investigado muy bien, la verdad, ustedes o son esos que andan buscando o son policías encubiertos. Lo mejor será como pelarlos para no arriesgarme. Las opciones se les cerraban, al igual que el tiempo que corría; mientras Estiben reflexionaba en que ojalá aguantara a la doctora Yací, que no se le fuera a morir, el capitán trataba de ingeniar una forma de escapar. En tanto, el jefe hizo una mueca malévola, sacando una toalla verde con la que se limpiaba el sudor producido por la humedad de la selva, para luego terciársela en el hombro izquierdo. Sin ser ni jurado ni juez, pero sí un cruel verdugo, les dictó la sentencia: —Bueno, chulos, me queda más fácil quebrarlos, tomarles par de fotos, a ver si la resistencia paga por ustedes, o también pueden llamar a sus familias para que me envíen dinero por su rescate o por sus huesos, eso depende de su colaboración; ahora les puedo mochar las orejas, eso depende de sus respuestas. El capitán se le acercó lentamente para darle confianza, llorando, creando una situación de drama, sollozo: —Patroncito, mire, por favor, perdonemos la vida, es que tenemos familia, niños pequeños; tan solo queremos buscar un pedazo de yuca para la comida, solo eso, nosotros no sabemos nada de ideologías o bandos y colores. Cuando ya estuvo bien cerca, aprovechó, tomándolo por el cuello, colocándose a su espalda, le hizo la llave de pinza para romperle el cuello y acto seguido le quitó la pistola disparándole a los guardias. Mientras Estiben, quieto como una estatua que no reaccionaba. El capitán se abalanzó sobre él, jalándolo, lo forzó a correr por ese laberinto selvático, mientras de nuevo los disparos los rozaban. El capitán divisó los tanques de depósito de combustible para el refinamiento de alcaloides de ese campamento y con su gran puntería lo hizo estallar disparando sus últimas balas, originando un gran caos con la explosión que a su vez se alimentaba de los explosivos que los subversivos se colgaban como adornos. Corrieron por esa selva hasta que al fin llegaron a donde el río que antes separaba la nación. Allí se encontraba un pueblo donde casi siempre patrullaban soldados. Está muy feliz, celebró: —Al fin llegamos, mi capitán, gracias a su gran valentía y capacidad. El capitán le devolvió la sonrisa, abrasándolo; le contestó: —Sí, me parece que lo logre; cumplí mi misión de traerlo sano y salvo. Y calló desmayado en los brazos de Estiben, quien debido a esto se dio cuenta de que estaban bañados en sangre, sangre de su héroe. Unas balas de fusil lo habían impactado de muerte. Ahora él sabía que le debía más a esa familia en ambos mundos; el capitán pereció allí en el río que antes separaba dos países. Aunque mató a un importante líder subversivo, su trágica muerte no se justifica. Esto es una de las cosas despreciables de las guerras; las balas no escogen bandos, no saben ideologías, al igual que la mayoría de sus muertos que fueron reclutados contra su voluntad, personas que pudieron haber sido felices con sus familias, pero que les tocó morir por los intereses de otros.
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