—¡libérenla! —les ordeno sin medirme, mientras el mazo de un guardia me recuerda la realidad, no soy un rey, no tienen por qué obedecer mis órdenes y me veo como el hombre que robo las arcas reales. Unas luces me nublan el sentido mientras siento otro golpe que me envía de cara al suelo, siento la nariz que me hierve y un chorro caliente que me lava la boca, me levantan dos guardias y me amarran junto a ella. —¡vaya rescate!, —exclama la doctora. —esperad guardias, —ordena el rey, —se cancela la ejecución, al parecer hubo un malentendido, ese demonio nos engañó y tomo el rostro de ese hombre. —disculpad, señor, eso no se va a poder, yo solo recibo órdenes de su santidad el obispo Wilson, —contesta uno de los guardias prendiendo la antorcha con la que va a iniciar la hoguera. —¿Dónde es

