41; PRUEBAS

1122 Palabras
Todo parece un bucle, como en un ciclo o un laberinto. De nuevo, Estiben se encontraba en el laboratorio, sin pistas, pero con la presión de que su vida y la de sus seres queridos estaban en juego. Por ahora un suceso le amargaba el día: su amada doctora no se presentaba a trabajar; eso lo torturaba más que pensar que en cualquier momento la realidad podría colapsar. Todos sus días eran grises o, mejor dicho, en blanco y n***o: tediosos, aburridos, solos, hasta que ella apareció, se fue llenando la paleta de colores, excepto que llegó con unos sombríos personajes. Estaba de gancho con Pólux, quien a su diestra tenía a José y lo secundaban unos hombres, de entre los cuales reconoció a algunos políticos, que ahora también parecía que sacaban su cualidad de anexarse al bando ganador. Por supuesto que el nuevo emperador absoluto venía a darle el honor de hablar con él, y secamente, sin saludar, le dijo esto: —Estiben, no has hecho nada; no sé la razón de por qué fui tan generoso, dejándote vivir. Tal vez no me eres útil, tal vez no me eres fiel. ¿Qué voy a hacer contigo? Tu problema es que te crees tan especial, cuando todos sabemos que solo tienes una extraña suerte. ¿Dímelo? Estiben lo vio directo a los ojos para contestarle: —Sí, señor, soy fiel a usted, ya que es legalmente el comandante en jefe de todos; no tengo nada contra usted, solo que no logro dar con las respuestas. Usted tiene razón, no tengo nada de especial; lo único que sé es hacer caso. Por favor, necesitaría la ayuda de Yací y José. Pólux le estiró la mano mostrándole un anillo para que lo besara, y le dijo: —Sí, ellos vienen a supervisar y a colaborar contigo. Necesitamos algo muy importante, aunque antes quiero que nos acompañes afuera a ver algo. Salieron del laboratorio, rumbo a la plazoleta; en el camino se podía ver a los trabajadores como estaban remodelando cada rincón, llenando cada rincón con detalles lujosos. Sin duda alguna querían que el lugar fuera la digna posada del primer emperador universal; no es que lo fuera, sino que es de lo que realmente conocemos, de todo lo que ha pisado un humano. Llegando al patio, la visión cambiaba abruptamente; donde se esperaba ver rosales y fuentes de mármol, se hallaban estacas con las cabezas de algunos líderes mundiales, y se dirigieron al frente de una que se encontraba vacía. Pólux se rio al darse cuenta de la cara llena de terror del científico y, sonriendo, le habló: —Bien, Estiben, sé que en el fondo sabes lo que es bueno, y sé que me serás fiel. Aunque yo confié en ti, necesito una prueba, una muy sencilla: esta estaca vacía tiene que tener una cabeza clavada hoy mismo; ahora tú escoges, puede ser la tuya o la de tu antiguo amo. Unos soldados trajeron al presidente Rodríguez, atado de pies y manos; en su cuerpo se podían observar signos de tortura. Estiben entendió que, aunque sería un acto bárbaro, estaría disfrazado de justicia poética. Este despreciable ser lo había traicionado muchas veces; lo que le impedía era que él no era un asesino. Rodríguez lo miró a los ojos pidiendo clemencia, aunque él también sabía que no había de otra, que la única opción era la de un muerto, no los dos, así que el científico, llorando, abrazó al exmandatario y lo lanzó contra la pica, de manera que esta lo atravesó, a lo que Pólux, enfadado, replicó: —No, esa no es la manera, solo lo quisiste hacer rápido, pero no es así, tienes que cortarle la cabeza y meterla en la pica. Rápido señor ejecutor, por favor, préstele algo con lo que lo pueda hacer. El soldado ejecutor le alcanzó un machete; Estiben lo agarró con ambas manos, imaginando que lo utilizaría para matar a Pólux, junto con los guardias, para luego huir con la doctora. Pero esa era una fantasía muy descabellada; muy posiblemente le dispararían antes de acercarse al naciente emperador. Además, no sabía cuáles eran las verdaderas intenciones de su amada, así que decidió alzar el machete y con todas sus fuerzas lanzarlo contra el cuello de Rodríguez, que aún se movía agonizando. Igual no pasó, como él creía, que la cabeza saldría volando, pues el machete quedó atorado justo a la mitad y aun el expresidente balbuceaba. Estiben asustado, trataba de sacar el arma o de empujarla, mientras que Pólux se reía sin parar. Después de varios forcejeos, al fin pudo sacar nuevamente el machete para volver a usarlo como guillotina. Pero su angustia se multiplica al no poder desprender la cabeza y no acabar con el sufrimiento de su víctima, así que le tocó aplicarle varios golpes, picándole el cuello, hasta que la cabeza rodó por el piso, deteniéndose de tal manera que se quedó mirándolo fijamente y de la boca salió un último quejido. Estiben se tumbó de rodillas y lloró desconsolado como cuando era niño; trató de secarse las lágrimas, pero se percató de que estaba bañado en sangre y en un sudor helado. Pólux se acercó, colocándole una mano en el hombro, y le preguntó: —No entiendo por qué te afecta, si él era un hombre malo, que muchas veces conspiró contra ti y los tuyos. El científico se paró; esta vez se limpió el rostro sin importar que sus manos estuvieran untadas de sangre, lo cual hizo que su tez se tornara carmesí, para contestarle: —Malo o bueno, era un ser humano y yo no soy un asesino, soy un hombre de ciencia. El líder movió su mano como balanceando algo para decirle: —Igual mataste a Portón, y hay muchos científicos que asesinan en nombre de la investigación; no le veo la diferencia de hacerlo en nombre de tu venganza y a la vez de tu salvación, además de la más importante, la de mostrarme fidelidad. Sin importarle estas explicaciones, él continuó llorando, impotente; inclusive le dieron ganas de revelarse, de saltar sobre el cuello de ese asqueroso ser, sin importarle que de seguro lo mataría; sin embargo, eso significaría que de seguro él también mataría a sus seres queridos, a sus hijos, a su mujer y a su adorada doctora Yací. Pasó un trago de salida con gran dificultad por el nudo de la garganta que se le hacía, trató de tragar su coraje, esas injusticias. No podía seguir con eso, quiso salir corriendo, quiso gritar y solo sintió que el suelo se desquebrajaba; la vista se le nubló, se desplomó tumbándose en el suelo, llorando como un bebé mientras todos los demás presentes reían como locos.
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