Alaïa Nos fundíamos en un mar de besos que había trascendido el deseo para convertirse en una adicción necesaria, el oxígeno tóxico que mantenía vivo este extraño ecosistema que llamábamos matrimonio. Dylan había amanecido diferente, su aura de acero pulido suavizada por la luz del amanecer que se filtraba entre las cortinas. Me despertó no con palabras, sino con la cartografía lenta y deliberada de sus labios recorriendo cada vértebra de mi espalda, un despertador sensual que derretía cualquier resto de sueño. Ninguno de los dos tenía la prisa laboral acechando; el día se extendía ante nosotros como un lienzo en blanco, con promesas mundanas de cine y compras. Pero el imán de la cama, de nuestra piel desnuda entrelazada y de los besos que sabían a posesión y a rendición, era demasiado fu

