El silencio en el Penthouse no era una simple ausencia de sonido, sino una presencia tangible, densa y opresiva, que se extendía por cada rincón de lujo estéril. Dylan permanecía encerrado en su despacho desde hacía horas, y el ruido ocasional de papeles o el leve tintineo de su teléfono solo acentuaban el vacío en el que yo flotaba. La frustración me corroía por dentro, un ácido lento que disolvía cualquier atisbo de la paz matutina que habíamos compartido. Iris, con su eficiencia discreta, había servido la cena. La observé colocando los platos con cuidado, y por un instante loco, deseé que fuera ella quien tuviera las palabras para romper este hielo. Pero no era su lugar. Tampoco parecía ser el mío. Me senté sola en la isla de la cocina, la silla de barra fría contra mis muslos. El arom

