Mi mundo se había detenido, suspendido en el tiempo y el espacio, mientras el beso con Bastián se profundizaba, devorando cada rincón de mi ser. Una parte de mí, la racional, gritaba que esto era una traición, un error catastrófico. Pero otra parte, más primal y necesitada, se aferraba a la paz celestial que su boca me ofrecía. Era una sensación etérea, un contacto que me hacía sentir las estrellas en la piel y una tranquilidad que jamás, en medio de la tormenta pasional con Dylan, había experimentado. Cuando intenté separarme, sus brazos, fuertes como grilletes de acero pero cuidadosos como el terciopelo, me lo impidieron. No me lastimaba, pero su agarre era implacable, una jaula de deseo y desesperación. —Ven conmigo —susurró Bastián, su aliento caliente acariciando mis labios ya sensib

