La euforia colectiva del estadio, un organismo vivo que respiraba a través de gritos y vítores, se estrellaba contra el muro de mi propia confusión. Cada touchdown de Seattle lo celebraba con una energía prestada, un espectáculo de alegría que no lograba penetrar la niebla de mis pensamientos. Mi mente era un campo de batalla donde los recuerdos se pisoteaban unos a otros: el beso posesivo y público de Dylan ante las cámaras, y antes, en la penumbra de la sala de conferencias, el beso desesperado y prohibido de Bastián. Este último, un secreto que ardía en mis labios como un estigma. Mi respiración se cortó cuando la pantalla gigante capturó a Bastián. Se quitaba el casco con ese movimiento lento y deliberado que conocía demasiado bien, revelando el rostro sudoroso y concentrado que había

