El silencio que dejé atrás al cerrar la puerta de la habitación—mi antigua habitación—fue tan frío como la determinación que intentaba sostener. Estaba exhausta, no físicamente, sino emocionalmente, destrozada por el tira y afloja constante entre dos fuerzas que parecían decididas a partirme en dos. Dylan, con su postura de esposo protector que se transformaba demasiado rápido en la de carcelero celoso y territorial, había logrado encender una chispa de rebelión que ahora ardía con cansancio y frustración. Decidí que no cedería más esa noche. Envolviéndome en una frazada que olía a polvo y a desuso, me acomodé en el sillón, un sustituto pobre del confort que, contra toda lógica, solo encontraba en su cama. —No pienso dormir hoy a tu lado —declaré hacia la oscuridad, más para mí que para é

