Capítulo Tres: ¿Madre o portadora?
Noviembre de 1846.
Solange Roussel.
No han dejado de llegar más y más pretendientes, pero de alguna manera me tranquiliza que la mayoría de caballeros que se han presentado durante los últimas seis mañanas estén más interesados en mi hermana que en mí. Ella disfruta más de la atención que yo, aunque no niego que espero casarme pronto —y lo deseo—, primero debo estar completamente segura de como será mi vida como la quinta hija del sol, que no solo representa ser mitad diosa, sino también tener parte de las habilidades de una bruja.
Debo saber que tanto es mentira y que tanto es real en todo lo referente a las hijas del sol, no pudieron ser todas iguales, ni tener el mismo estilo de vida, sobre todo la última antes de mí, la cuarta, con la que desapareció la herencia mágica en la familia de papá hasta mi nacimiento.
Papá podría ayudarme con lo que sabe —que es poco—, según sus propias palabras, pero de igual no terminaré de entender casi nada.
Es tan frustrante no entender algo que es necesario y que por ese mismo motivo no pueda estar el tiempo que deseo con mi familia.
Con mamá...
Mamá es un punto sensible para mí, casi no me dirige la palabra, prefiere prestar atención a mis otras tres hermanas dejándome de lado, y las pocas ocasiones en las que siquiera me mira, su rostro solo refleja resentimiento hacia mí.
—¿Solange...? —dejo el libro que tengo en las manos en cuanto escucho la voz de Mélodie, cuando tiene mi atención lo primero que hace es sonreírme—. ¿Está todo bien? —asiento, sin decir nada más—. Con palabras, hermana. Lo vi un poco normal los primeros días, entendí que quizás te sentías culpable, aunque sabemos que no fue tu responsabilidad, pero ahora, ha pasado más de una semana... —trato de apartarme cuando toma asiento a mi lado, pero ella me sujeta de la muñeca izquierda.
—Mélodie, no quiero hablar de eso... —mi hermana suspira ante mi respuesta.
—¿Mamá te regañó demasiado? ¿Deseas que hable con ella? —por un momento no soy capaz de controlarme y una lagrima resbala por mi mejilla—. ¿Es eso? —vuelve a preguntar Mélodie.
—Es algo complicado, pero sí tiene un poco que ver con lo que sucedió. Ya te lo dije cuando ocurrió, pero de verdad lo siento. —Mélodie se acerca y cuando menos lo espero me abraza.
—Eres mi hermana, no tienes que pedir disculpas cuando ni siquiera fue tu culpa. —suspiro. No puedo decirle que en realidad sí lo fue.
—Está bien. ¿Necesitabas algo? —trato de mirar fuera de la estancia por medio de la puerta—. Creí que iban a salir, me dijo Margot que irían al festejo del sexagésimo séptimo cumpleaños de la abuela Renée, ya deben de estar esperándote. —ella toma mi mano entre la suya y entrelaza nuestros dedos.
—Nos están esperando. Vine a verte. —mira directamente a los ojos—. ¿Por qué debería la señorita más hermosa de este ducado quedarse en casa en lugar de permitir que otros la admiren...? —cuestiona quitándome el libro de las manos—. Fantasía, un buen genero, pero asegúrate que no toque temas inapropiados, padre podría enfadarse si llega a saberlo. —se levanta y deja el libro en su lugar de la estantería.
—Mélodie, en verdad no quiero salir de casa. No me siento con ánimos para ir a una fiesta, por más pequeña y familiar que está sea. —mi hermana niega mientras se acerca y comienza a jalarme levemente hacia la salida de biblioteca.
—Vamos a ir al festejo de la abuela quieras o no. Tú príncipe también estará ahí. —me detengo cuando dice eso—. Su alteza Théo fue invitado por la abuela, tiene que ser cortes, además él debe de estar feliz de poder verte más de cuatro o tres veces a la semana. —me ruborizo por la forma en que ella lo dice.
Desde su presentación conmigo, su alteza ha tratado de todas las formas posibles encontrarse conmigo, hemos bailado más de una ocasión y ya comienza a rumorearse que es muy probable que me case con él.
Y sé que papá está feliz con esa posibilidad, pero también me asusta no saber si mi madre apoya la idea del príncipe como mi futuro esposo.
Respiro profundo, al mismo tiempo que Mélodie me suelta.
—¿Sabes dónde está mamá? —cuestiono ante lo cual Mélodie da pequeños saltitos de alegría.
—Está en el viejo salón de baile. Saldremos de aquí en una hora como mucho, ponte bonita, Sol... —Mélodie es la única de mis hermanas que se atreve acortar de esa manera mí nombre.
Eso es lo último que dice mi hermana, antes de tomar el camino que conduce a su habitación y yo el contrario a ese.
Camino en silencio, mis manos sudan y tengo que entre abrir los labios para sentir que respiro completamente bien.
Al llegar la veo dando ordenes a Marie, la ama de llaves y su antigua criada personal antes de casarse con papá.
—Creo que la buscan señora. —dice Marie en el momento en que me ve.
—¿Solange? —me tranquiliza escuchar a mi madre decir mi nombre.
—Madre, podríamos charlar un momento. ¿Si...? —ella me observa con un poco de desconfianza, que me lastima, pero termina accediendo.
—Marie, retírate y no permitas que nadie ingrese. —Marie hace lo que mamá ordena y se retira—. Ven, Solange, siéntate.
—Mamá, de verdad no le he intentado hacer daño a Mélodie. Estuve con ella hace unos minutos, ella me disculpa a pesar de que fue así...
—¿Qué es lo que deseas, Solange? —su tono sigue siendo duro.
—¿Me odias, madre? —su rostro se descompone ante mi pregunta—. Sé que no quieres aceptar esto, sé que tienes miedo... pero yo también y quiero, necesito que estés conmigo mamá, por favor. —no es un pedido, en mi voz hay una clara suplica.
—¿Estás bien...? —al preguntarlo su voz se corta. Se levanta y abre sus brazos, me levanto y corro hacia ella, permitiendo que me abrace luego de casi once largos días—. Mi primera bebé. No debí alejarte de mí, debí cuidarte y estado para ti. Lo siento... —niego con la cabeza, mientras me siento en la libertad de llorar en los brazos de mamá.
—Tengo miedo, madre. No sabemos nada de ellas... —mamá se separa de mí un poco, solo para poder limpiar las lagrimas que corren por mis mejillas.
—Bien, vamos a charlar con papá luego del festejo de mi madre. —me toma del mentón con cuidado y deja un suave beso sobre mi frente—. Y usted señorita tiene tiempo para elegir un hermoso vestido nuevo del pedido que acaba de llegar, para que se arregle, y nos acompañes. Solange, yo te amo, nunca podría dejar de hacerlo, por ti me convertí en madre. Fuiste la primera muestra de amor entre tú padre y yo. Fuiste mi mayor alegría luego de años esperando por un hijo o una hija. —sus ojos se llenan de lagrimas también.
—Mamá...
—No, actué mal y después no supe como demostrarte que me había equivocado. Mi preciosa señorita. —vuelve a darme un abrazo corto—. Vamos ve con Ingrid y arréglate. La abuela mencionó que cierto príncipe aceptó su invitación. —le sonrío con una sensación de alegría y tranquilidad extendiéndose por mi pecho.
—Gracias mamá. Estaré lista para acompañarlos. —ella asiente.
Y es lo único que necesito para abandonar el salón en busca de mi criada y un buen vestido para asistir a casa de mi abuela.