Capítulo Cuatro: Primeras semidiosas — Parte uno.
Diciembre de 1846.
Solange Roussel.
Si bien diciembre es la época más encantadora del año en lo personal, también significa que el ducado estará colmado de diversas actividades que tenemos la costumbre de realizar para varias familias de la sociedad y mi padre realiza una cena para un orfanato del cual es padrino.
Camino rápido hacia el salón privado de mi padre, debido a que él me mandó a llamar con mi criada, estamos a nada de ser los anfitriones del último baile del año, por motivo de noche buena. Así debo encargarme de lo que desee papá lo más pronto posible para poder regresar a mis deberes.
Toco la puerta y en cuanto escucho una afirmación para poder entrar, lo hago.
—Padre, ¿me mandaste a llamar? —cuestiono, ante lo que él asiente.
—Acércate y siéntate frente al escritorio, hija. —obedezco y apenas me acomodo en la silla frente al escritorio, papá tiende una especie de diario frente a mí—. Tómalo. —frunzo el ceño pero hago exactamente lo que papá me pide.
—¿Qué es esto? —mi pregunta se siente algo tonto luego de ver la forma de un sol bordado en la pasta del diario—. ¿De quién es este diario...? —quito la vista del objeto entre mis manos y la dirijo a mi padre.
—Le perteneció al esposo de la tercera hija del sol... —regreso la mirada al diario—. Él trató de anotar y llevar un registro de como era la vida de su esposa y luego la de su primera hija, que como sabes fue tu antecesora, tiene anotado todo allí. —ojeo las últimas paginas casi vacías, pero en los últimos textos encuentro la caligrafía de mi padre.
—¿Hiciste anotaciones también aquí, padre? —pregunto señalando las partes con su letra escrita.
—Sí, de las pequeñas aptitudes en las que parecías diferenciarte a los otros niños. Pero no es la gran cosa. —cierro el diario—. Sin embargo, creo que lo que escribió mi tatarabuelo puede serte de ayuda. Lo que yo no puedo responder, quizás ese diario lo haga. —en su tono de voz hay un ligero tono de pena.
—No es tu culpa no saber sobre esto, padre. —le aseguro—. Y valoro mucho que trates de ayudarme del cualquier forma. —aprieto el diario contra mi pecho.
—¿Has podido volver a...? —no termina la pregunta, pero aún así la entiendo a la perfección.
—No y la verdad, espero aprender algo de esas habilidades antes de décimo octavo cumpleaños. —respondo cabizbaja.
—Lo harás, queda poco menos de un mes, pero confió en que mi hija puede con algo así, no por gusto las hijas del sol regresaron a la Tierra a través de ti. Eres alguien muy especial, Solange... —asiento, sin saber que más responder.
—Entonces me retiro, padre, en cuanto pueda empezaré a leer el diario, agradezco este obsequio, me será de mucha ayuda. —papá sonríe, me levanto, pero antes de que llegue a puerta, su voz me detiene.
—¿Te mencionó Julie que recibimos tres propuestas de matrimonio para ti? —me volteo hacia papá nuevamente.
—¿Tres propuestas juntas? Eso no está bien visto... —papá suelta un suspiro bastante sonoro y camina hasta mí.
—Tú madre y yo estamos considerando que propuesta es mejor para ti. Pero debes saber que hay una propuesta que Julie no quiere tomar... —respiro profundo.
—¿El príncipe Hoffmann hizo una propuesta? —cuestiono un poco emocionada.
—Así, fue el primero en hacernos saber de su deseo de convertirte en su esposa. Lo hizo el día siguiente al festejo de la señora Renée... —papá comienza a lucir nervioso.
—¿Qué ocurre papá?
—La propuesta del príncipe es aquella que tú madre no quiere tomar. —en cuanto dice eso puedo sentir las palmas de mis manos sudar.
—¿Mamá te dio una razón? Quizás su alteza dijo o hizo algo inadecuado frente a ella o frente a mis hermanas... —padre me interrumpe.
—Julie no quiere que te vayas, no hay otra razón, no quiere perder a su hija...
—Pero... —las palabras se atascan en mi garganta.
—Sí, Solange, si aceptamos esa propuesta vas a casarte con el príncipe Hoffmann aquí, sí en Francia, pero luego de unas semanas, deberás mudarte a Dinamarca.
—Lo sé, pero papá, en verdad, me gustaría que mamá y tú puedan contemplar la idea de un compromiso con el príncipe. —papá asiente lentamente—. Gracias, me retiro, padre.
En un principio su alteza mi pareció la última opción para escoger entre los caballeros interesados en mi mano, su aptitud me parecía cualquier cosa, menos agradable, pero ahora me encariñé con él, con su delicadeza y la forma en que miraba en cada uno de nuestros encuentros, en como sonríe cada vez que bailamos...
Pero el príncipe es un tema del cual mi padres deben charlar y llegar a un acuerdo, sea bueno o malo, se apegue o no su resolución a mis ilusiones, al final me casaré con el caballero que ellos escojan.
—¿Señorita...? —la voz de Ingrid me saca de mis pensamientos.
Ni siquiera me había percatado que había llegado a mi habitación.
—¿Seguiremos con los preparativos? —me pregunta tomando mi cuaderno de la mesa que esta cerca de mi cama.
—No, por ahora voy a descansar y leer un poco. Si mi madre necesita ayuda, por favor asístela. —Ingrid asiente y hace una pequeña reverencia antes de retirarse.
Me quito los zapatos, dejándolos acomodados cerca de mi cama, y posteriormente me acomodo en esta última. Acomodo las almohadas detrás de mi espalda y me dispongo a leer en voz alta:
—Eliane, ese el nombre de mi esposa, hija primogénita de la segunda hija del sol y nieta de la primera de ellas. Puedo decir que tuve el placer que conocer a tres de estos esplendidos y maravillosos seres, la tercera, fue mi pequeña hija, Alba, la luz de mi vida desde el momento en que sus preciosos ojos me observaron. Pero la primera mujer de mi vida, en definitiva fue mi esposa, Eliane Roussel, una joven de tez de una tierna tonalidad durazno, el cabello y ojos de su madre, la duquesa Theia, una personalidad increíble cuando ella permitía a alguien ingresar en su pequeño pero acogedor circulo social. Sin conocer nada acerca de la leyenda o sobre su herencia divina, y sin saber la razón, ella me eligió como su esposo. Ese día, fui inmensamente feliz. Unos meses después de nuestra boda, su madre, la duquesa, falleció, y en ese momento vi a mi esposa siendo alguien muy diferente a quien había visto desde el cortejo hasta ese preciso momento. Su dolor era tan grande que sus lágrimas se convirtieron en un campo de energía girando alrededor de ella, al que nadie pudo ingresar por días. En ese momento, su padre, se vio obligado a contarme la verdad y fue entonces, cuando supe como podía ayudar a mi esposa y funcionó, casi un día después, pero funcionó. Quizás, en el futuro las siguientes hijas del sol necesiten algo diferente para calmarse, puede que incluso mi hija sea distinta, pero hay algo en común entre ellas, al ser descendientes del dios sol y la diosa luna, y solo representar la parte del sol, van a necesitar a alguien que para ellas sea su complemento, es decir, alguien que represente a la luna para ellas, tener eso para ellas significa su calma, como el agua suficiente detiene el fuego, así mismo es para ellas... —dejo de leer y comienzo pienso a pensar en las pocas palabras que he leído.
Y papá quizás tenga razón, este diario va a ayudarme. Porque gracias a este al menos ya sé cuales fueron los nombres de mis antepasadas, de tres de las cuatro:
Theia, Eliane y Alba Roussel.