Burak salió de ese sitio sin importarle nada, dejando atrás los gritos ahogados y desesperados de Vanea que se perdían en la oscuridad del corredor subterráneo, mientras sus pasos resonaban con fuerza. El aire frío parecía pegarse a su piel, pero él caminaba con la cabeza alta, sin mirar atrás ni una sola vez, sintiendo cómo la rabia aún le ardía en el pecho como brasas vivas que no se apagaban fácilmente. Después de todo, esa mujer no merecía ni la más mínima compasión, ni un ápice de misericordia, ni siquiera el esfuerzo de un último pensamiento piadoso. No era su salvadora. Nunca lo había sido. Nunca fue Nazli, la niña valiente que le liberó de aquel tormento en el que estuvo, atado y aterrorizado en un sótano oscuro durante días que parecieron eternos, por la que juró volver y cui

