EROS Los huesos de mi cuello crujen cuando lo tuerzo de un lado a otro, liberando la tensión acumulada. Respiro hondo. Mis músculos siguen rígidos, como si un alambre de acero los mantuviera tensos desde que desperté esta mañana. Ha pasado tres semanas desde que recuperamos a Masha. Han sido días duros. No deja de levantarse por las noches gritando. Bañada en sudor y su piel tan pálida como una hoja de papel. Me desespera no poder entrar en su cabeza y saber qué es lo que tanto la atormenta. No me lo dice, pero sé que aún está atrapada en el infierno de sus recuerdos. Y eso me carcome. Lo único que puedo hacer es sostenerla contra mi pecho, dejar que escuche los latidos de mi corazón hasta que logren calmarla. Pero hay noches en las que los papeles se invierten. No sé si ella se a

