MASHA
Me miro al espejo y tomo una bocanada de aire. No debería estar nerviosa, pero aquí estoy, luchando con cada latido descontrolado de mi corazón. Sé que esta boda no es más que una jugada, un movimiento en el tablero, pero el costo de perderlo todo me pesa más de lo que quiero admitir.
Mis manos recorren el vestido blanco que abraza mi figura como una segunda piel. Las piedras brillan en el corpiño, reflejando una luz fría, ajena. El corte de sirena y la larga cola lo hacen majestuoso, pero no es mío. No es el vestido que yo elegiría. Ni siquiera este escote en V, diseñado para atraer miradas hacia mis pechos, es algo que deseaba.
Todo esto es una mentira. Una estrategia.
Es solo un escalón que debo pisar para poder llegar a donde deseo.
—Te ves hermosa —dice mi cuñada, con una sonrisa genuina, mientras ajusta el velo sobre mi cabello.
—¿Crees que vendrá? —pregunto, incapaz de ocultar el temblor en mi voz.
Está a punto de responder cuando la puerta se abre y, como si la mismísima noche hubiese entrado en la habitación, aparece Kali. Camina con una seguridad arrolladora, luciendo un vestido n***o que deja una pierna al descubierto a través de una abertura atrevida. Su cabello recogido en un moño alto resalta los ángulos perfectos de su rostro, mientras sus ojos grises, casi translúcidos, se clavan en mí como un cuchillo afilado.
—¿Lista? —pregunta con una sonrisa que no promete nada bueno.
Kali me ha ayudado junto con mi cuñada perfeccionando el plan al milímetro. Susan está afuera, asegurándose de que cada invitado esté en su lugar. Todo está bajo control. O eso quiero creer.
—¿Saben algo de él? —insisto, mi voz apenas un susurro.
Kali arquea una ceja y se acerca a mí. Su presencia es como un vendaval, despojándome de cualquier seguridad que pensaba tener. Toma mi rostro entre sus manos, obligándome a mirarla. Ambas tenemos los ojos grises, pero los de ella, son mucho mas claros que los míos, mientras los de ella parece casi blancos, los míos son de un gris plomo igual que los de mi padre.
—Él va a venir —afirma, con una convicción que no admite dudas—. Deja de preocuparte y sal allí y actúa como si esto es lo que quisieras hacer. Hoy debes representar tu mejor papel y tienes que estar concentrada.
Aspiro profundamente, tratando de calmar el martilleo en mi pecho.
—No te preocupes por nada —interviene Nikki, tomando mis manos entre las suyas—. Tenemos todo cubierto.
Pero la mirada de Kali, cargada de una travesura que no alcanzo a descifrar, me eriza la piel. He aprendido a leer a las personas, pero con ella es imposible. Es la versión femenina de su padre: calculadora, peligrosa, manipuladora y dueña de un control absoluto sobre cada situación. Aunque Agust Darrend se haya retirado, el miedo que él inspiraba sigue vivo en ella.
A sus veinticinco años, Kali ya es conocida como la cabecilla de las mafias más temidas. Su reputación no viene solo de su apellido, sino de su habilidad para crear venenos y bombas capaces de destruir naciones.
Ella le da una mirada cargada de travesura a Nikki y eso hace que la piel se me erice. Es como si supiera algo que yo no sé. Sacudo la cabeza, intentando no pensar en eso en estos momentos.
Intento ignorar la tensión que se apodera de mí. Este es el día por el que tanto he trabajado. No importa lo que pase, no puedo permitirme fallar.
—Tengo el helicóptero listo —la voz de mi padre llena la habitación, obligándonos a girar hacia la puerta. Su figura, imponente como siempre, contrasta con la suavidad de sus palabras—. Solo dime que quieres huir y nos vamos juntos.
Mi mirada lo recorre, tomando cada detalle. Se ve impecable con su traje n***o de tres piezas, el cabello perfectamente peinado y el rostro recién afeitado. La elegancia y la autoridad se mezclan en él de una forma que siempre me ha fascinado.
—Ella va a salir de aquí, pero no precisamente contigo —murmura Kali, más para sí misma que para los demás, aunque la escucho claramente.
—¡Kali! —la reprende Nikki con un tono severo, pero la aludida solo se encoge de hombros con una sonrisa perezosa.
Ellas dos tienen una relación peculiar, una mezcla entre amistad y complicidad que resulta fascinante y, a la vez, desconcertante. Nikki, mi cuñada, es una de las mujeres más envidiadas de Londres. Casada con uno de los hombres más poderosos y peligrosos del mundo, y al mismo tiempo, mejor amiga de la mujer apodada la princesa de la muerte. No solo porque a su esposo le llamen así, si no porque le da honor al nombre que le pusieron.
—Todo está listo —anuncia Susan desde la puerta, con su eficiencia característica.
Mis ojos se encuentran con los de Nikki, Kali y Susan, y un acuerdo tácito pasa entre nosotras. Asiento con firmeza. Mi padre me extiende el brazo, y lo tomo, buscando un respiro en su seguridad.
—Sigo diciendo que podemos escapar juntos —susurra mientras caminamos hacia la entrada de la casa, donde un auto nos espera.
—Papi...
—Gatita, ese chico es feo, no tiene gracia y tampoco estilo —se queja, con una mezcla de fastidio y resignación—. Además, tiene un par de ojos común. Yo no trabajé lo suficiente para darte el color de mis ojos para que vayas y arruines a mis nietos con un gen genérico.
—¡Papá! —protesto, indignada.
—Tiene el color de ojos genéricos y eso no lo vas a poder cambiar —insiste, encogiéndose de hombros como si lo que dice fuera una verdad inmutable.
—¿Y qué tal te parece el color ámbar, mezclado con el verde? —pregunto, tanteando.
Mi padre frunce el ceño y me mira.
—¿Ese no es el color de ojos de Vitale? —inquiere, arqueando una ceja.
—No es el único que tiene ese color —digo con indiferencia, intentando desviar la atención.
—Es único, fascinante, y peligroso —comenta, casi en un susurro—. Pero espero que no estés pensando en Vitale. Tiene doce años más que tú, y no quiero que tu hermano lo mate.
Por supuesto, de todo lo que dije, lo único que parece preocuparle es que mi hermano podría matarlo, aunque mencionó de pasada lo de la edad. Sacudo la cabeza, incrédula.
Llegamos a la limusina, y mi padre me ayuda a subir. El trayecto hacia la pequeña capilla, ubicada a unos cuarenta minutos de Londres, transcurre en silencio, salvo por el ritmo acelerado de mi corazón que parece hacerse más fuerte con cada kilómetro que avanzamos.
—Sabes que siempre puedes regresar a los brazos de papá si algo sale mal —me recuerda con ese tono tierno que siempre logra desarmarme.
—Lo sé, papi...
Finalmente, llegamos. La marcha nupcial comienza a sonar, y mis pulmones se llenan de aire, como si eso pudiera ayudar a calmarme. Me aferro al brazo de mi padre mientras caminamos por la alfombra roja. No hay muchos invitados. La insistencia del padre de Simón por llenar la capilla fue ignorada deliberadamente.
Mis ojos recorren el lugar con desesperación, buscándolo. Pero él no está.
La presión en mi pecho se intensifica.
No vino.
Miro hacia el hombre que se encuentra en el altar. Se le ve nervioso. Los ojos de Simón conectan con los míos e intento trasmitirle tranquilidad. Esto es solo un plan, y si no pasa algo de aquí a que se acabe la ceremonia estaremos casados y atrapados en una vida que ninguno de los dos quiere.
Mi padre le dice unas palabras a Simón y me entrega. Él toma mi mano con suavidad, ofreciéndome una sonrisa cargada de una mezcla de ternura y resignación.
—Si no viene, al menos estaré casado contigo y no con alguien más —murmura con una chispa de picardía en la voz.
—Estaremos atrapados mucho tiempo el uno con el otro —respondo, intentando aliviar la tensión con un poco de humor.
—Intentaré tener una erección contigo, o puedes ser tú quien me folle —bromea, bajando la voz para que nadie más lo escuche.
—Esa idea me gusta —replico, divertida.
Simón sonríe y golpea suavemente la punta de mi nariz con su dedo índice. El sacerdote comienza la ceremonia, y aunque mi rostro muestra serenidad, mi mente es un torbellino.
El sacerdote comienza la ceremonia, su voz pausada y solemne llenando el silencio de la pequeña capilla. Las palabras de apertura resuenan en mis oídos, pero apenas logro prestar atención. Mi mente está nublada, mi corazón latiendo con fuerza.
Simón aprieta suavemente mi mano, devolviéndome a la realidad. Su mirada busca tranquilizarme, pero ambos sabemos la verdad: esta no es la vida que ninguno de los dos desea.
—Estamos aquí reunidos para unir en santo matrimonio a Simón Praga y Masha Lander —declara el sacerdote, su tono ceremonioso retumbando en las paredes de la capilla.
Las palabras fluyen como un río tranquilo, describiendo la santidad del matrimonio, la importancia de la fidelidad, del amor, del compromiso. Mis labios tiemblan al esbozar una débil sonrisa, aunque mi interior se encuentra en caos.
Mis ojos no pueden evitar escanear el espacio de nuevo. Cada rincón, cada sombra. ¿Por qué no está aquí?
—Simón Praga, ¿aceptas a Masha Lander como tu legítima esposa, para amarla, respetarla, y cuidarla en la riqueza y la pobreza, en la salud y la enfermedad, hasta que la muerte los separe?
Simón me mira. Hay una chispa de desafío en sus ojos, algo que logra arrancarme una sonrisa genuina.
—Sí, acepto —responde con firmeza, su voz clara y decidida.
El sacerdote asiente, dirigiendo ahora su atención hacia mí.
—Masha Lander, ¿aceptas a Simón Praga como tu legítimo esposo, para amarlo, respetarlo y cuidarlo en la riqueza y la pobreza, en la salud y la enfermedad, hasta que la muerte los separe?
Abro la boca para responder, pero no alcanzo a emitir palabra.
Un estallido ensordecedor rompe el aire.
¡Bang! Bang!
Mis sentidos se agudizan mientras todo parece ralentizarse. La detonación se multiplica, los gritos llenan la capilla, y de repente, un humo denso comienza a invadir el espacio, nublando la vista y llenando mis pulmones con un olor acre.
—¡Agáchense! —grita alguien, pero las palabras apenas llegan a mis oídos.
Siento cómo la mano de Simón se suelta de la mía. La desesperación me golpea con fuerza mientras trato de aferrarme a algo, a alguien, pero todo se convierte en un caos. La presión de los cuerpos chocando, el sonido de pasos apresurados, los llantos.
Y entonces lo siento.
Unos brazos fuertes y firmes me envuelven por la cintura, arrastrándome hacia atrás con una facilidad aterradora. Quiero gritar, pero una mano áspera cubre mi boca. Mi corazón late desbocado, el miedo se apodera de mí.
—Tranquila, gatita. He venido por lo que me pertenece.
La voz es grave, con un marcado acento italiano. Cada palabra es pronunciada con precisión, cargada de una intensidad que me hiela la sangre. El olor a tabaco y madera se mezcla con el humo, envolviéndome en una sensación sofocante.
—¿Q-qué...? —trato de hablar, pero su mano sigue cubriendo mis labios.
—Shh... —me susurra, inclinándose para que su aliento caliente roce mi oído—. Te he esperado demasiado tiempo, amore mio.
Intento luchar, pero su agarre es irrompible. Mi visión comienza a volverse borrosa por el humo y el pánico. El caos a mi alrededor parece lejano, como si todo estuviera ocurriendo en otra dimensión.
De repente, siento un pinchazo en mi cuello.
—No luches. Esto no te hará daño... aún —dice, su voz un susurro cargado de promesas inquietantes.
El líquido frío se esparce rápidamente por mis venas, y mi cuerpo comienza a ceder. Mis extremidades se vuelven pesadas, mi respiración errática.
—Eres mía, Masha. Siempre lo has sido.
Su voz es lo último que escucho antes de que la oscuridad me envuelva por completo, llevándome a un abismo sin fondo.