CAPITULO 13

2979 Palabras
NARRADOR Era una noche agitada en Londres. El viento azotaba las ventanas con furia, como si la tormenta que se avecinaba pudiera presagiar las intrigas que se gestaban en las familias más poderosas del mundo. En el ático de Eros Vitale, el silencio competía con el golpeteo de la lluvia contra los cristales. Él, sin embargo, no escuchaba nada más que el eco de su obsesión. Eros había perdido la cuenta de cuántos vasos de licor había bebido. Quería borrar la imagen de ella de su cabeza, arrancarla como una espina que se clavaba más profunda con cada intento. Pero era imposible. Masha estaba incrustada en su sistema. Su sabor todavía permanecía en su lengua, un recuerdo que el alcohol no lograba disipar. Había sentido su cuerpo estremecerse bajo sus manos, había probado su piel, y ahora... ahora no podía olvidarlo. La menor de los Lander Dalmát no era una simple obsesión. Era una enfermedad que lo consumía. Quería poseerla. Hacerla suya de una vez por todas. Demostrarle que ningún otro hombre tenía derecho a tocarla, que al único que debía entregarse era a él. Masha. Cerró los ojos y dejó que su mente lo transportara al último momento que compartieron. El calor de su cuerpo bajo el suyo, el sonido de su respiración entrecortada cuando sus dedos se adentraron en ella. "Mi gatita", pensó, y un gruñido gutural se escapó de sus labios. Se dejó caer sobre en la silla que estaba detrás de su escritorio, su cuerpo tenso mientras el deseo y la frustración lo consumían. En su mente, la imaginó de nuevo. Su cabello n***o azabache cayendo en cascada sobre su piel pálida, sus ojos grises mirándolo con una mezcla de desafío y sumisión. La escena en su cabeza cambió. Ahora la tenía desnuda bajo él, sus piernas enredadas a su cintura mientras sus uñas se hundían en su espalda. —Dio, quanto sei bella... —gruñó en su imaginación, sus labios atrapando los de ella con furia. Sus caderas se movían con fuerza, enterrándose más y más en ella, reclamándola con cada embestida. La forma en que Masha gritaba su nombre, con su voz rota por el placer, era una melodía que lo enloquecía. —Sei mía, solo mía. —En su fantasía, la mordía suavemente en el cuello, dejando marcas que declaraban su posesión—. Nessuno ti toccherà mai, lo giuro. Pero justo cuando estaba al borde del orgasmo, la imagen se desvaneció. Abrió los ojos de golpe, jadeando, el sudor cubriendo su frente. Su corazón latía con fuerza, y la habitación parecía demasiado pequeña, demasiado opresiva. —Maledición. —Se pasó una mano por el cabello, frustrado. No podía seguir así. No podía permitir que Masha estuviera lejos de él. Tenía que reclamarla, atraparla en su red de una vez por todas. Porque si no podía tenerla... nadie más lo haría. El chasquido de la puerta al abrirse lo sacó de su ensimismamiento. Ness, con su cabello cayendo en cascada castaño sobre los hombros y un diminuto vestido que exponía cada curva de su cuerpo, se acercó a él contoneando las caderas. Había perfeccionado esa caminata para él, para atraerlo, para tentarlo. — ¿Qué haces aquí, Ness? —preguntó Eros, su voz helada y carente de emoción. Ella no se quería darse por vencida, desde que había comenzado a trabajar para el menor de los Vitale, comenzó a desarrollar sentimientos por este. Hasta el punto de dejar que solo la usura para calentar su cama. Ella tenia la esperanza de que algún día Eros Vitale le diera el puesto de señora de la casa. —Estás bebiendo mucho —dijo, su tono dulce y casi maternal mientras se acercaba más. Eros se recostó en la silla del escritorio donde había pasado la mayor parte del día. Después del encuentro con Masha, había salido del club y regresado a su ático. Intentó dormir, pero le fue imposible, así que nuevamente fue a las jaulas, aunque esta vez no luchó demasiado, si lo habían vuelto a lastimar. Eros la miró desde su silla, sus ojos verdes y peligrosos clavándose en ella como cuchillos. —Ya te dije que te metas en tus asuntos —respondió con frialdad. Quería que lo dejaran solo, necesitaba pensar. Calmarse. Ya que desde la llegada de la menor de los Lander su mundo se había puesto al revés, vivía descontrolado, ansioso, la ira y los celos era una extensión mas de su cuerpo. Ness no iba a darse por vencida, ella necesitaba desesperadamente estar nuevamente en la cama de Eros, sentir su toque, el calor de su cuerpo. El ambiente en la habitación se tensó. Ness, sin embargo, no retrocedió. Se arrodilló frente a él, apoyando las manos en su pecho con un gesto suplicante, atreviéndose a colarse entre sus piernas. —Déjame prepararte un baño —propuso, su voz un susurro que buscaba seducirlo—. Y luego vamos a la cama. Eros la tomó por las muñecas, su agarre firme como el hierro. Ella dejó escapar un leve jadeo, confundida entre el miedo y la emoción de su toque. —¿Qué parte de "déjame solo" no entiendes, Ness? —gruñó, inclinándose hacia ella con un tono que helaría la sangre de cualquiera. La apartó bruscamente y se puso de pie, tambaleándose ligeramente mientras caminaba hacia la mesa donde descansaba la botella de whisky. Sirvió otro vaso y lo vació de un solo trago. Regresó a la silla donde se la había pasado bebiendo todo el día y se dejó caer. Nunca apartó los ojos de Ness. —Eres un juguete. Nada más. —Sus palabras, cargadas de desprecio, eran como dagas que perforaban a Ness—. Y los juguetes, cuando dejan de ser útiles, se tiran. Eros Vitale se tambaleó mientras el mareo lo invadía, y un retorcijón en su estómago le recordó cuán lejos había caído. Sentía la bilis subiendo por su garganta, amenazando con desbordarse. Esa sensación de asco, de repulsión hacia el toque de otra mujer, lo carcomía. Las palabras de Masha resonaban en su mente como un mantra cruel. "Eres un promiscuo. Estás sucio. Las mujeres solo te usan para una noche de buen sexo". Palabras que él, aunque lo negase, había comenzado a creer. Él quería cambiar eso. Necesitaba demostrarle a la mujer que ama que podía ser el hombre que ella buscaba. Quería limpiarse de esa imagen. Lo necesitaba desesperadamente. Cuando intentó levantarse de golpe, el alcohol cobró su factura. El mareo lo traicionó, y Ness, siempre al acecho, aprovechó la oportunidad. Se lanzó hacia él, sus labios buscando los suyos. Eros se paralizó por un instante, pero la náusea que lo invadió fue suficiente para reaccionar. Con ambas manos, la apartó bruscamente, como si el simple contacto le quemara la piel. —¿Qué demonios haces? —le gritó, su voz cargada de ira y asco. Ness lo miró, sorprendida por la intensidad de su reacción, pero no dispuesta a rendirse. —Demostrándote que puedo ser la mujer que necesitas —respondió con voz trémula, pero aún desafiante. Eros sintió cómo su cabeza latía con fuerza, como si el alcohol y la rabia se combinaran para hacerla explotar. Su cuerpo le dolía por todos los golpes. Los recuerdos de viejas peleas, golpes y frustraciones acumulándose en cada fibra de su ser. —En tu asquerosa y patética vida vuelves a ponerme una mano encima —le escupió con odio puro. Ness retrocedió, temblando bajo el peso de su desprecio. Nunca lo había visto perder el control de esa manera. Eros Vitale, el hombre que siempre controlaba cada situación, que incluso en su arrogancia mantenía un aura de caballerosidad, ahora parecía un volcán en erupción. Es uno de los mas tranquilos del Consejo, pero puede ser peligroso y letal cuando deja salir la oscuridad que siempre ha intentado mantener a raya. —Eros... —tartamudeó, con lágrimas asomando en sus ojos. Las palabras que le lanzaba hoy le dolían a la mujer, la había estado despreciando y ella se negaba aceptarlo. —Para ti, soy el señor Vitale —la interrumpió con dureza—. Y no vuelvas a besarme. Ya te advertí que no me temblará la mano para echarte de mi casa. —Pero... —la morena estaba dispuesta a rogarle, pero en ese momento la mano derecha de Eros irrumpió en el despacho. Ignoró a la morena casi desnuda que estaba en el despacho y le habló a su jefe. —Nos ha llegado esto —anunció, alzando un sobre de elegante diseño en su mano. El sobre era de color blanco hueso, con una hermosa caligrafía dorada, con dos emblemas, grabados en el papel. Eros tomó el sobre sin dudar, arrancándolo con prisa. Su mirada recorrió las palabras impresas con una velocidad furiosa, cada línea aumentando la tensión en su mandíbula. Era la invitación a la boda de Simón y Masha. La rabia explotó en su interior como un veneno corrosivo. Su mano tembló antes de lanzar el vaso de licor contra el estante de libros, los fragmentos de cristal cayendo como lluvia. —¡Se casa mañana! —gritó, su voz resonando como un trueno. El siguiente en sufrir su ira fue su laptop, que terminó destrozada contra el piso, seguida de papeles volando por la oficina como hojas en un vendaval. Ness gritó, asustada, mientras Donatelo la tomaba por el brazo y la arrastraba fuera del despacho. —Déjalo. —Su voz era un murmullo bajo—. Él necesita esto. Detrás de la puerta cerrada, el sonido de los muebles siendo arrastrados y objetos estrellándose contra las paredes llenando la mansión. Los guardias, alarmados por el escándalo, intercambiaron miradas nerviosas, pero Donatelo los despachó con un gesto severo. Dentro, la tormenta continuaba. —¡Es mía! —rugió Eros, su voz desgarradora mientras golpeaba con el puño un estante, haciendo caer más libros. Su respiración era errática, y su cuerpo temblaba con una mezcla de ira y desesperación—. ¡Es mía! Donatelo sabía lo que tenia que hacer. Así que no lo pensó y se puso en marcha. Mientras tanto, en la mansión de los Lander Dalmat, la tensión también se sentía palpable. Hades Lander, sentado en su despacho, intentaba procesar las decisiones de su hija menor. Aunque no se lo dijera no estaba de acuerdo con se casara con Simón, sabia que el padre del chico tenia lazos comerciales con su padre. No se lo había dicho a Masha y tampoco a su esposa, pero el padre de Simón era un gran socio del Lord Lander, la corrupción que manejaban era asombrosa. Hades tenia tiempo que no hablaba con su propio padre, había roto toda comunicación cuando esté en uno de sus cumpleaños le había faltado el respeto a su mujer. Lord Lander había intentado ponerse en contacto poco después con su hijo, pero Hades es demasiado orgulloso y simplemente había ignorado cada una de las llamadas de su padre. Ahora que iba a tener un vinculo con la familia que está asociada con Lord Lander algo le decía que se le estaba escapando un detalle. —Es lo que quiero hacer, papi —dijo Masha con suavidad, su voz interrumpiendo los pensamientos oscuros de su padre. Hades la miró, y aunque quería discutir, sabía que era incapaz de negarle algo. Era la luz de sus ojos, y aunque años atrás no creía en el amor, solo usaba a las mujeres para su propio placer y estaba enfocado en otras cosas, ahora era muy feliz con la familia que tenía. —¿Por qué adelantar la boda? —preguntó nuevamente a su hija por enésima vez. A un lado del despacho de Hades se encontraba Genesis Dalmat. Miraba a su marido con diversión. Le estaba haciendo pucheros como niño pequeño a su propia hija. —Papi... —Masha acarició su rostro, sonriendo con ternura. —Tan rápido me quieres dejar —murmuró, dramatizando su queja—. Tan rápido quieres alejarte de mí. Te fuiste durante tres largos años, ahora que te tengo de vuelta quieres dejarme otra vez. Si alguien supiera la conexión que tiene el padre de Hades y el futuro suegro de Masha, no estarían celebrando esta unión. Tanto Génesis como Masha sacudieron la cabeza, una compartiendo mirada de resignación. Ambas sabían que Hades simplemente estaba manipulando la situación para mantener a su hija cerca. Durante los años en que Masha estuvo en Rusia, él siempre buscaba cualquier excusa para viajar hasta allá y verla. Ahora, su actitud dramática era casi predecible. —No seas tan exagerado —dijo Génesis, con un toque divertido en la voz—. Ya puedo decir que te estás pareciendo a Travix. El rostro de Hades se tensó al instante al escuchar ese nombre, su mandíbula apretándose en un gesto de puro asco. Los celos siempre lo invadían cuando el mencionado estaba cerca de su mujer. Sabía que algo había pasado entre ella y Travix, pero, así como él, nadie sabia qué. Un secreto que ambos parecían guardar con férrea determinación. Ambos parecían tener esa historia bajo llave. Una noche, incluso, había intentado obtener respuestas de su mujer de la única forma que sabía. La sometió a un juego de poder, negándole cualquier liberación por horas, una tortura deliciosa que había llevado su resistencia al límite. Pero ni siquiera entonces había logrado sacar una palabra sobre Travix. Génesis era un misterio impenetrable cuando lo deseaba, y eso solo alimentaba la obsesión de Hades. —No me compara con ese imbécil, mamacita —gruñó, con los dientes apretados, clavando sus ojos grises en los de ella. Masha, que había estado observando la escena con una sonrisa divertida, no pudo evitar soltar una carcajada al ver a su padre tan afectado por un hombre que prácticamente le bajaba la cabeza y le huía a su madre. —¿Todavía celas a mamá con Travix? —se burló, cruzándose de brazos y alzando una ceja con malicia. Hades desvió la mirada hacia su hija, su tono posesivo emergente como un filo afilado. —Ella es mía —declaró con gravedad—, y no tiene por qué tener el nombre de otro hombre en su boca. —Y luego yo soy la posesiva... —canturreó Génesis con una sonrisa socarrona, disfrutando el momento. —Nunca he dicho que yo no lo sea —replicó Hades, con una seguridad escalofriante—. Eres mía y punto. No nombras, no hablas, no miras, no piensas... y mucho menos miras a otro hombre que no sea yo. El aire en la habitación cambió. La tensión entre ellos se volvió palpable, tan densa que parecía presionar contra las paredes. Masha, conociendo demasiado bien a sus padres, decidió que era mejor retirarse antes de quedar atrapada en su mundo cerrado. Ni siquiera se despidió; simplemente salió de la oficina, sabiendo que ellos ni cuenta se darían de su ausencia. Siempre eran así, se mentían tanto en su mundo donde solo existían ellos dos que el resto de las personas dejaban de existir. En su habitación, Masha intentaba enfocarse en los preparativos del día siguiente, pero su mente seguía regresando al encuentro con Eros. Ya había pasado un día desde que lo había visto por última vez, y todavía podía sentir el ardor en su piel, el eco de su toque y la intensidad de ese orgasmo que la había dejado hechos pedazos. Pero también recordaba las palabras crueles que le había dicho después, palabras que habían perforado su alma como dagas. Ella conocía demasiado bien Eros, y sabia que ese era el método de defensa que usaba cuando las cosas no salían como él deseaba. Por fin el día de mañana se cumpliría la parte crucial del plan. Era un todo o nada. Y eso le aterraba. Si Eros no había nada, estaría casada con Simón y aunque amaba a su mejor amigo, realmente no era el hombre con el que se quería casar. Masha se desnudó y se metió a la bañera. Dejó que el agua caliente relajara sus músculos. Y miles de pregunta se le vinieron a la cabeza. Había decidido enviar hoy las invitaciones, y se moría por saber cómo había reaccionado Eros. Mañana todo estará decidido. El agua relajante y el suave aroma de las esencias la envolvieron, llevándola a un sueño ligero y fugaz, mientras su mente divagaba en el rostro de Eros. Un todo o nada. La incertidumbre era aterradora, pero el miedo a una vida sin él lo era aún más. Al otro lado de la ciudad, Eros estaba en su propio infierno personal. Rodeado por el caos que él mismo había desatado en su despacho, se paseaba de un lado a otro, incapaz de controlar la tormenta de emociones que lo atravesaba. Su mente repetía una y otra vez las palabras en la invitación, y cada vez que lo hacía, el veneno de los celos se esparcía más rápido. —¿Cómo se atreve? —gruñó entre dientes, su voz grave y cargada de furia. La idea de verla con otro hombre, vestida de blanco, jurando amor eterno a alguien más, lo volvió a loco. Sus manos temblaban, sus puños apretados hasta que los nudillos se tornaron blancos. "Es mía", se repetía como un mantra. "Siempre ha sido mía." Donatelo observaba desde la puerta entreabierta, sabiendo que interrumpirlo ahora sería un error fatal. Su jefe estaba al borde del colapso, y cualquier palabra mal calculada podría encender una chispa aún más destructiva. Masha, desde su baño, y Eros, en su oficina destrozada, estaban atrapados en un juego peligroso de emociones, deseo y orgullo. Ninguno sabía cómo terminaría, pero ambos sentían en lo profundo de su alma que el día siguiente marcaría el inicio de algo definitivo. Un todo o nada, como lo había pensado Masha. Y ambos estaban aterrados.
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