MASHA
La tensión en el aire es sofocante, y mi corazón aún late descontrolado, como si quisiera escapar de mi pecho. Mi cuerpo está temblando, no solo por el clímax que acabo de tener, sino también por la intensidad con la que Eros me mira.
Intento calmarme, pero el peso de su mirada me quema. Me inclino para alisar el vestido, sin importarme que mis manos tiemblen. No puedo quedarme más tiempo aquí. Ya obtuve lo que quería. Es hora de irme.
—¿Qué haces? —su voz raspa el aire, baja y cargada de frustración.
Me enderezo con la mejor máscara de indiferencia que puedo poner y lo miro por encima del hombro.
—Me voy — digo, como si fuera obvio.
Eros da un paso hacia mí, y el leve crujido de la madera bajo sus pies me hace girar. Su mandíbula está tensada, y sus manos, ahora en puños, tiemblan con una rabia contenida.
—¿Disculpa...? — pregunta, con voz grave, casi inaudible.
Lo miro con frialdad, aunque por dentro de mi corazón tamborilea como un tambor de guerra.
—Ya me diste un orgasmo. No necesito nada más.
Puedo ver la carpa de campaña que tiene entre los pantalones. Debe ser doloroso, pero no puedo follar con él hoy. No hasta que haya terminado mi plan.
El brillo en sus ojos cambia. La rabia se mezcla con algo oscuro, algo que debería asustarme, pero en cambio, enciende una chispa en mi interior. Su lengua pasa lentamente por sus labios, y por un segundo parece que está considerando la manera más efectiva de devorarme.
—¿Eso crees? —sisea, avanzando un paso más.
Levanto el mentón, en señal de desafío.
—Si. Eso creo.
La proximidad me obliga a retroceder, pero no lo suficiente. Aún puedo sentir el calor que emana de su cuerpo, ese calor peligroso que amenaza con envolverme por completo. Sus ojos se deslizan hacia abajo, deteniéndose descaradamente en mi cuello, mis labios, mi pecho.
—Masha, no me hagas reír. —Su tono gotea sarcasmo mientras sus labios se curvan en una sonrisa ladina—. No vas a irte.
—¿Qué te hace pensar eso? —intento sonar desafiante, pero mi voz tiembla, y odio que lo note.
Eros da otro paso, invadiendo mi espacio personal. Su aliento cálido acaricia mi rostro, y mis piernas amenazan con ceder. No puedo apartar la mirada de su rostro, de la intensidad con la que me devora sin siquiera tocarme.
—¿Crees que voy a dejarte salir de esta habitación después de eso? —su dedo rosa mi mandíbula, apenas un contacto, pero es suficiente para que mi cuerpo se tense como una cuerda a punto de mameluco.
Intento apartarme, pero su mano envuelve mi muñeca, firme, dominante.
—¿Me vas a dejar así? —gruñe, y sus ojos bajan hacia la evidente erección que su pantalón no logra disimular.
Me encojo de hombros, fingiendo desinterés, aunque el calor en mi vientre me traiciona.
—Tienes la mano —digo con una sonrisa fingida— o puedes quitarte las ganas con cualquier otra mujer. Seguro que debes tener a muchas dispuestas a bajarte la calentura.
Su mandíbula se tensa más, y su agarre en mi muñeca se aprieta lo suficiente para que mi pulso se acelere aún más.
—No las quiero a ellas —Su voz es un gruñido bajo, casi animal— y de todos modos era mi nombre el que estabas gritando hace unos minutos... y eres la que quiero que lo grite.
—No voy a dejar que me folles —digo con firmeza.
—Hay otras maneras... —murmura contra mi oído, su aliento caliente haciendo que me estremezca—de que me bajes la erección.
Sus palabras me atravesaron como un golpe bajo. Intento apartarme, pero su mano en mi cintura me mantiene en su lugar.
—No voy a poner mi boca en la polla que todas han probado.
Eros sonríe, cargando la cabeza como si encontrara divertida mi resistencia.
—No parecía molestarte ese detalle cuando tenias mis dedos y mi boca en todo tu cuerpo hace unos minutos.
Mis mejillas arden, y odio que tenga razón. Aprieto los dientes, tratando de recuperar el control.
—Eso no prueba nada —intento recuperar la compostura, pero mi voz tiembla, traicionándome.
Eros deja escapar una risa baja y ronca, sus ojos nunca dejando los míos.
—¿No prueba nada? —dice, con esa maldita sonrisa de superioridad que me hace querer golpearlo y besarlo al mismo tiempo—. Gatita, tu cuerpo no sabe mentir. Podrás decir lo que quieras, pero en este momento, cada fibra de ti me pertenece.
Doy un paso hacia él, obligándome a mantener la mirada firme, a pesar de que mis piernas apenas pueden sostenerme.
—No te pertenezco, Eros. Esto no cambia nada.
—Oh, cambia todo —replica, acercándose, invadiendo mi espacio personal de nuevo. Su presencia es como una tormenta, arrasadora y peligrosa—. Ahora sé exactamente cómo te gusta que te toquen. Sé cómo suena tu voz cuando te estás viniendo. Y sé que, por mucho que lo niegues, nadie más va a poder hacerte sentir así.
Me río, pero es un sonido nervioso, casi desesperado.
—¿Crees que eres tan especial? —mi tono es desafiante, pero la debilidad en mis palabras me traiciona.
—No lo creo, lo sé —su voz es grave, cargada de una certeza que me desarma—. Porque cuando ese imbécil toque tu cuerpo, vas a pensar en mí. Cuando te bese, vas a desear mis labios. Y cuando te folle... bueno, vas a odiar no haberme dejado ser el primero.
Mis mejillas arden, tanto de vergüenza como de rabia, y mi mente trabaja a toda velocidad para encontrar una respuesta que no llegue. Eros aprovecha mi silencio, acercándose aún más hasta que su aliento roza mi oído.
—Así que sigue adelante con tu boda, Masha. Pero recuerda esto: siempre seré el primero en hacerte gritar de placer. Y eso es algo que nadie te podrá quitar.
Antes de que pueda responder, se aparta, dejando un vacío que duele más de lo que debería. Su mirada tiene un brillo de satisfacción mientras se acomoda la ropa, como si nada hubiera pasado.
—Te sugiero que te vayas antes de que cambie de opinión y decida que no quiero compartirte con nadie —dice, señalando la puerta con un movimiento de cabeza.
Mi orgullo herido me obliga a levantar la barbilla, a fingir que no estoy afectada, aunque mi cuerpo aún está temblando por su toque. Sin decir una palabra, me doy la vuelta y salgo de la oficina, con cada paso diciéndome que esto no ha terminado, no importa cuánto lo intente negar.
EROS
La puerta se cierra detrás de Masha, y lo único que queda es su perfume, embriagador y punzante, como una daga que atraviesa mi pecho y baja directo a mi entrepierna. Me quedo inmóvil por un momento, mirando la puerta por donde acaba de salir. Mis puños se cierran con tanta fuerza que los nudillos se ponen blancos. ¿Cómo demonios puede dejarme así? ¿Usarme y largarse como si no fuera nada más que un maldito juguete?
La rabia me consume, pero debajo de ella hay algo más profundo: una obsesión retorcida, una necesidad desesperada de poseerla, de recordarle que me pertenece, aunque ella se niegue a aceptarlo.
Me apoyo en el borde del escritorio, tratando de calmar la tormenta que me sacude por dentro. Pero mi erección sigue ahí, dura como una piedra, dolorosa, clamando por ella. Por su coño. Por su boca. Por todo su maldito ser.
Mis pensamientos me traicionan, llevándome de vuelta a hace unos minutos. Su cuerpo temblando bajo el mío, su piel caliente y húmeda. Dio mio, quei suoni... los gemidos desgarradores que escapaban de sus labios mientras mis dedos la exploraban, mientras mi lengua saboreaba cada rincón de su centro. Nunca había probado algo tan dulce, tan jodidamente adictivo.
—Maledetta donna... sei un veleno.
Me dejo caer en la silla detrás del escritorio, mis piernas abiertas y mis manos viajando instintivamente hacia mi entrepierna. No puedo evitarlo. La imagen de Masha no me deja. Ella me destrozó, y lo sabe. Esa sonrisa arrogante, esos ojos que decían que tenía el control.
Deslizo la cremallera de mis pantalones, liberando mi erección, que salta, gruesa y palpitante. Mi mano envuelve mi longitud, caliente y dura, y cierro los ojos, dejándome arrastrar por la alucinación.
En mi mente, está aquí, frente a mí, de rodillas. Su vestido dorado ajustado ya no existe, y puedo ver cada centímetro de su piel desnuda. Su boca se abre lentamente, sus labios carnosos rozando la punta de mi polla, dejando un rastro de saliva que me hace gruñir.
—Dio, sì. Così, Masha. Apri di più. Voglio vedere quanto riesci a prendere.
Mi mano comienza a moverse, despacio al principio, recreando cada maldito detalle de lo que podría ser. Su lengua jugueteando en mi glande, sus ojos fijos en los míos, desafiantes y sumisos al mismo tiempo. En mi fantasía, ella se entrega completamente, no solo con su cuerpo, sino con su alma.
Acelero el ritmo, mi respiración se vuelve errática, y mi mente regresa al momento en que la tuve bajo mi control. Su sabor, su calor, la manera en que su coño apretaba mis dedos, como si nunca quisiera dejarme ir.
—Lo sai che sei mia, vero? Nessun altro può toccarti come io faccio. Nessuno.
En mi fantasía, ella gime mi nombre otra vez, su voz ronca, rota, completamente a mi merced. "Eros... más... no pares..." Su cuerpo arqueándose mientras la hago llegar al límite una y otra vez, hasta que su mente no puede procesar nada más que el placer que le doy.
—Sì, sei perfetta, cazzo. Sei fatta per me. Solo per me.
Mis movimientos son más frenéticos ahora, mi otra mano apretando el borde del escritorio con fuerza, intentando mantenerme anclado a algo. Pero es inútil. Ella está en mi cabeza, grabada a fuego, y no hay escapatoria.
Cuando finalmente llego al orgasmo, su nombre escapa de mis labios en un gruñido bajo y gutural. Mi cuerpo se tensa, cada músculo se contrae mientras el placer me consume, dejando un caos en su estela.
Abro los ojos, mirando el desastre que he hecho. Mi pecho sube y baja con fuerza, pero el vacío sigue ahí. No fue suficiente. Nunca será suficiente.
Porque, aunque haya encontrado alivio temporal, no puedo borrar el hecho de que otro hombre tocará lo que es mío.
Mía. Siempre será mía.
Me limpio rápidamente y ajusto mi ropa. La obsesión sigue ardiendo en mis venas, más fuerte que nunca. Ella puede jugar a este juego todo lo que quiera, pero yo no voy a rendirme. No voy a dejarla ir.
—Preparati, gatita. Questo è solo l'inizio.