CAPITULO 11

3768 Palabras
MASHA Una sonrisa coqueta se extiende por mi rostro mientras me observo en el espejo. Mi reflejo grita poder, seducción y control, justo lo que necesito esta noche. El vestido que he elegido no es simplemente un atuendo; es una declaración. Está confeccionado en un tejido metálico dorado, cuya superficie brillante parece reflejar cada resquicio de luz, como si yo misma fuera una joya andante. El escote halter es profundo, un trazo audaz que dibuja el contorno de mi cuello y deja al descubierto el inicio de mi pecho, un anzuelo perfecto para las miradas. El diseño del vestido abraza mis curvas con precisión, cayendo apenas por encima de los muslos, y la abertura lateral revela un destello de piel con cada movimiento, una provocación sutil pero eficaz. He combinado el atuendo con un collar de cadena gruesa que llama la atención hacia mi clavícula, un reloj dorado que grita lujo, y unos tacones transparentes que alargan mis piernas, haciéndome ver como una visión etérea. Mi cabello cae en ondas sueltas, enmarcando mi rostro con un aire despreocupado pero calculado, y el maquillaje resalta el gris de mis ojos, dándoles un brillo hipnótico. Doy los últimos retoques, ajustando un mechón rebelde, y recojo mi pequeño bolso. Hoy no puedo fallar. Desde que salí del ático de Eros, mi mente ha estado trabajando a un ritmo frenético. Todo debe salir a la perfección, cada detalle es crucial. Al llegar a mi ático, me puse en contacto con Simón y Susan. Les expliqué la situación, el rechazo, y mi decisión de acelerar los planes. —¿Te has vuelto loca, Masha? —había dicho Simón con un tono de incredulidad mezclado con resignación. —Tal vez, pero una loca decidida siempre gana. Al final, ambos aceptaron, aunque no sin sus reservas. Simón prometió que hablaría con sus padres, diciendo que no podía esperar más para tenerme en sus brazos. Yo diré lo mismo a mi familia. Susan, por su parte, ya comenzó los preparativos junto a mi cuñada y Kali. Tres días. Ese es el plazo. Todo o nada. Inhalo profundamente mientras dejo mi apartamento, con la determinación dibujada en cada paso. Hoy daré el golpe final antes de la boda. De esto depende que mi plan se vaya al carajo o que continúe. Si Eros me rechaza nuevamente, voy a proceder actuar de otra manera. Tomo el ascensor que da a el estacionamiento privado donde ya me espera Alex Smirnov. Ha sido mi guarda espalda desde siempre. También fue la mano derecha de mis padres. Estuvo al tanto del plan que mi mamá organizó para quedarse con mi padre. —¿Tengo que sacar la escopeta? —su voz grave y cargada de sarcasmo me recibe en cuanto me ve. Suelto una carcajada. Alex ha sido mas que solo un escolta. También me ha enseñado a como defenderme, es un hombre que, a pesar de tener ya varios años, se sigue conservando demasiado bien. Es alto, de tes blanca, con canas en el cabello, que le dan ese aire de madurez. Tiene un cuerpo bien atlético, porque le dedica horas al gimnasio y es el que entrena también a nuestros soldados. —No dudaría que la utilizarías si alguien se me acerca —digo con una sonrisa en el rostro. —Alguna vez me tocó cuidar a mi señora Genesis, y lo hice como un perro guardián —dice con un deje de orgullo—. Ahora, proteger a la princesa es mi misión. No dudaría ni un solo minuto en dar la vida por ti. Sus palabras me atraviesan. Trago con fuerza, intentando disimular el nudo que se forma en mi garganta. Trago con fuerza. Alex no ha querido retirarse, por mas que mis padres le han ordenado a que lo haga. Dice que somos la única familia que tiene, y que solo va a retirarse cuando la vida se le extinga. —Espero que nunca lleguemos a esos extremos, Alex —respondo, intentando mantener un tono ligero mientras me apresuro a subir al auto. Alex sacude la cabeza con una sonrisa en el rostro, esa que es mezcla de paciencia y afecto. Sé que, cuando él nos falte, el más afectado será mi padre. A pesar de que Alex empezó trabajando para mi madre, infiltrándose como empleado de mi padre, con el tiempo ambos forjaron un vínculo inquebrantable. Una relación similar a la que mi hermano tiene con Pavel. No son simples trabajadores; son familia. El motor se pone en marcha y luego de unos minutos estoy en la entrada del club de Eros. Está vez vine sola, dado que para lo que tengo que hacer era necesario. Camino hacia la entrada, y los guardias, al verme, simplemente se apartan, dejándome paso libre. La música retumba desde el interior, una mezcla de ritmos sensuales y potentes. El aire está impregnado de lujo: perfumes caros, cuero, alcohol de primera categoría y, sobre todo, el peso de la presencia de personas poderosas. El largo pasillo hacia el área V.I.P. parece interminable, aunque mis pasos son firmes. Mi corazón late con una mezcla de ansiedad y adrenalina, bombeando expectación a cada rincón de mi cuerpo. Esto es todo o nada. Estoy por llegar al área donde me permite ir hacia la oficina de Eros. Voy directamente allí, puesto que sé que desde que se despertó esta mañana se sumió en el trabajo. Estoy a punto de subir las escaleras cuando una camarera se interpone en mi camino. —No puede ir allí —dice con tono firme, mientras me evalúa de pies a cabeza. Su expresión de fastidio me resulta demasiado familiar. Otra perra que ha probado lo que es mío. Ruedo los ojos, luchando contra el impulso de soltar una carcajada amarga. Joder, es como si no hubiera podido tener la polla quieta. —¿Tú eres...? —espeté con frialdad, sin interés real. La mujer va vestida con unos pantalones cortos, una blusa que se ciñe a su cuerpo. Tiene el cabello recogido en un moño alto. Es bonita, tiene el cabello n***o, y es de ojos claros, pero por las luces me es difícil saber el color. —Soy... —intenta responder, pero una voz conocida corta sus palabras. —¿Me puedes explicar por qué le estás bloqueando el paso? —El inconfundible acento italiano resuena por encima de la música, suave y peligroso al mismo tiempo. Mi cuerpo reacciona al instante. Sé que estoy demasiado jodida. Solo escucharlo es suficiente para que una ola de calor me recorra. Mis bragas están oficialmente arruinadas, y mis pezones se endurecen bajo el tejido del vestido. Trago con fuerza, luchando por mantener la compostura. —Se coló y evadió a los guardias para ir a su oficina sin permiso —farfulla la camarera, bajando la cabeza en cuanto Eros se acerca. Entonces lo veo. Maldita sea. Los latidos de mi corazón se vuelven más frenéticos. Está enfundado en uno de esos trajes de tres piezas que le sientan como si hubieran sido diseñados directamente sobre su piel. La chaqueta desabrochada y los dos primeros botones de la camisa abiertos dejan entrever un trozo de piel marcada con tatuajes. Su cabello está revuelto, como si hubiera pasado horas atormentándose con las manos en él. —Yo no me colé. Los guardias me dejaron pasar sin siquiera preguntar a dónde iba —digo con calma. No estoy mintiendo. Todos aquí al parecer sabían que vendría o algo así, porque me moví con una soltura increíble. —Ellos tienen orden de dejarte ir a donde te de la gana en este club —Dice Eros. Sus ojos se encuentran con los míos. Por un instante, el aire entre nosotros se carga de algo eléctrico. Sus ojos recorren mi cuerpo, y veo cómo traga grueso. Su respiración cambia, más pesada, más irregular. —¿Podemos hablar? —pregunto, ignorando deliberadamente a la mujer que sigue allí parada, fulminándome con la mirada. —Eso no tienes que preguntarlo —responde Eros con un tono bajo y aterciopelado, caminando hacia mí con la gracia depredadora de un cazador acercándose a su presa. —A solas —añado, lanzándole una mueca de desprecio a la camarera que sigue en su lugar, como si no pudiera entender que su presencia es irrelevante. —¿No tienes que trabajar? —ladra Eros, sin molestarse en ocultar su irritación. —Lo siento... —balbucea la mujer antes de desaparecer casi corriendo. Eros dirige su atención hacia mí, con una intensidad que hace que me tiemblen las piernas, aunque no lo muestro. —Vamos a mi oficina —dice finalmente, con la autoridad que le brota de manera natural. Me hace un gesto para que lo siga, y lo hago. Mis ojos, por pura inercia, se dirigen hacia su trasero, perfectamente definido bajo el pantalón. Joder. Ahora entiendo por qué todas quieren estar en su cama. Eros tiene un cuerpo de ensueño. No es todo músculos, pero su físico atlético, combinado con esa estatura imponente de casi metro noventa y algo, hace que incluso con mis tacones de quince centímetros me sienta pequeña. Llegamos a su oficina. Eros abre la puerta y me deja entrar primero. Apenas cruzo el umbral, su aroma me golpea, envolviéndome. El perfume amaderado que lleva parece estar impregnado en cada rincón de este lugar. Lo observo mientras camina hacia su escritorio y se apoya en el borde, cruzando los brazos con una expresión indescifrable. —Te fuiste de mi ático como si fueras una ladrona —su voz es baja, grave, pero cargada de algo más. Dolor disfrazado de rabia. —Nunca estuve allí —respondo con un tono que no permite dudas. Sus ojos se entrecierran, y la sombra de una sonrisa amarga cruza su rostro. —No intentes tomarme por imbécil, Masha —gruñe, su mandíbula apretada como si las palabras le quemaran. —No intento tomarte por imbécil —me encojo de hombros, fingiendo despreocupación—. Eres un imbécil. —Esa boca tuya te va a meter en problemas —su tono se torna más bajo, casi primitivo, una advertencia. —Ahora mismo estoy más interesada en meter otras cosas —mi voz también baja, cargada de intención. Veo cómo se tensa. Sus puños se cierran con fuerza a los lados de su cuerpo, como si estuviera conteniéndose. Pero yo no quiero que se contenga. Quiero que pierda el control. —¿A qué viniste? —su pregunta es cortante, aunque sus ojos arden. Camino hacia él, despacio, con cada paso acercándome hasta que estoy frente a él. Con mi rodilla, separo sus piernas, obligándolo a dejarme entrar en su espacio. Sus manos vuelan automáticamente a mis caderas, como si fuera un reflejo. Mi pecho queda contra el suyo, y puedo sentir su erección, enorme, presionando contra mi vientre. —Ya sabes que me voy a casar —susurro, pero la intención en mis palabras es clara. —Sobre mi cadáver, gatita —gruñe, y su agarre en mis caderas se intensifica, pegándome más a él. Joder, es demasiado grande. Puedo sentir la erección presionando mi pelvis. Y tengo que tragar con fuerza. Cada nervio de mi cuerpo se activa, un escalofrío recorre mi columna vertebral hasta llegar a la punta de mis pies. La humedad de mi coño es impresionante, tanto que siento como la tela de mis bragas se pegan a los labios. —Es una decisión que ya está tomada —respondo, mis manos subiendo lentamente hasta enredarse en su nuca. —¿Qué es lo que quieres, Masha? —sus palabras salen con esfuerzo, como si luchar contra su propio deseo le costara más de lo que quiere admitir. Sonrío para mis adentros. Me lo pone demasiado fácil. —Soy virgen aún... —suelto la bomba, y lo observo detenidamente, esperando su reacción. Pero nada. Ni una sola expresión en su rostro. Es como si ya lo supiera. —¿Y qué tiene eso que ver conmigo...? —sus palabras son lentas, y su mano, como si tuviera voluntad propia, se desliza desde mi cadera hasta mi muslo, colándose bajo la tela de mi vestido. Apenas su toque y mi cuerpo reacciona como si hubiera prendido fuego. —Quiero que me enseñes a complacer a mi futuro marido —mis labios están peligrosamente cerca de los suyos cuando lo digo. En un instante, me empuja con fuerza, alejándome de él como si el contacto le quemara. —¿Quieres que...? —su voz se eleva, iracunda. —Que me enseñes a complacer a mi marido —repito, mi tono desafiante, como si no acabara de lanzar una granada. Eros comienza a caminar de un lado a otro, como un animal enjaulado. Sus manos se hunden en su cabello mientras su respiración se acelera. —¿Te volviste loca? —brama, dándose la vuelta para mirarme—. ¿Cómo me pides que te enseñe a complacer a tu futuro marido? ¿Es una maldita broma? La furia en su voz reverbera en la habitación, pero no retrocedo. Este es el Eros que quería provocar, el que no puede contenerse. Y estoy a punto de averiguar hasta dónde puede llegar. Intento acercarme, pero él retrocede. Su rostro está rojo, y sus pupilas han devorado el color ámbar de sus ojos. —Eres un buen amigo de la familia, te conozco hace años —me encojo de hombros, intentando sonar despreocupada—. No quiero llegar a la noche de bodas y parecer inexperta. —Me importa una mierda cómo llegues a esa maldita noche de bodas —gruñe, alzando la voz. —No entiendo tu enojo —digo mientras cruzo los brazos, mirándolo directamente—. Solo te estoy pidiendo un favor. Sus ojos se encuentran con los míos. Están inyectados en sangre, puedo ver la ira, la rabia, los celos. Las palabras que quiere soltar, pero que se las traga. Se está ahogando con lo que quiere soltar, es demasiado terco, obstinado, orgulloso. —¿Qué no sabes por qué me enojo? —suelta una carcajada sarcástica, más peligrosa que cualquier grito—. Vienes a mi maldito club, vestida de esta manera, que me está volviendo loco, y me pides que te enseñe cómo complacer a tu futuro marido. ¿Y todavía preguntas por qué me enojo? Ladeo la cabeza, fingiendo indiferencia. —Eres un promiscuo. No discriminas a la hora de meter la polla en cualquier coño —escupo las palabras con desgano, aunque por dentro odio cómo suenan en mi boca—. ¿Y no puedes enseñarme? No te estoy pidiendo que me folles. Jamás permitiría que tu polla estuviera dentro de mí. Pero hay otras cosas que me puedes enseñar. No espero lo que sucede después. En un instante, su cuerpo está contra el mío, acorralándome contra la pared. Sus manos se deslizan hasta la parte trasera de mis muslos, alzándome con facilidad y obligándome a rodear su cintura con mis piernas. Su erección se clava contra mi centro, robándome el aliento. —¿Cómo puedes estar tan segura de que nunca estaré dentro de ti? —gruñe, su voz ronca y peligrosa. —Porque no eres el hombre que busco —respondo, tratando de mantener la compostura mientras mi corazón amenaza con salirse de mi pecho. —Para no ser el hombre que buscas, estás demasiado húmeda por mí —ronronea, sus labios rozando mi oído—. Tus jugos están empapando la tela de mi pantalón. Tanto que puedo sentir cómo mojan mi polla. Maldigo internamente porque mi cuerpo me traiciona. No puedo fingir la reacción que provoca en mí cada vez que se acerca. —Soy mujer, y eres bastante sexy —murmuro, tratando de sonar despreocupada—. Es normal que un hombre atractivo provoque reacciones físicas. —¿Vas a darle tu virginidad a ese imbécil? —pregunta, con los dientes apretados. —Va a ser mi esposo. ¿A quién más se la daría? —Me estás tentando, gatita. Y estoy a nada de perder el control —su tono es oscuro, una advertencia. —Solo dime si me puedes enseñar a complacer a mi marido o no —exijo, mis labios a centímetros de los suyos. Una de sus manos se desliza lentamente por la parte interna de mis muslos. Sus dedos rozan mi piel, apartan la tela de mis bragas, y comienzan a jugar con el montículo hinchado que palpita de necesidad. —No voy a enseñarte a complacer a tu marido —dice, mientras sus dedos recogen mis jugos y los esparcen por los labios de mi coño. Hace círculos lentos, presionando con la palma de su mano mi clítoris, arrancándome un gemido. Su dedo se desliza dentro de mí, mientras el pulgar sigue estimulándome. —Entonces, quítate —jadeo, aunque mis caderas empiezan a moverse por sí solas. —No voy a enseñarte a complacer a tu nuevo marido —repite, sus dedos profundizando su juego—. Voy a enseñarte cómo debes complacerme a mí. Introduce otro dedo, y mi cuerpo se tensa. Todo arde, cada terminación nerviosa grita por más. —¡Joder, gatita! —gruñe, con la respiración agitada—. Estás demasiado apretada. Si estás estrangulando mis dedos, no quiero imaginar cómo será cuando tenga mi polla dentro de ti. Gimo de placer cuando comienza a jugar conmigo. Pellizcas, masajea e introduce un dedo más. Todo mi cuerpo arde de placer. —Eros... —jadeo su nombre sin darme cuenta, mi mente hecha pedazos por lo que me hace sentir. —Eso es, gatita —ronronea, acelerando las embestidas de sus dedos—. Ese es el nombre que quiero que grites. Acelera las embestidas de sus dedos. Y me encuentro montando su mano. Cada terminación nerviosa está ardiendo, siento como el corazón me galopea en el pecho y como mi cerebro ha dejado de funcionar. Siento como espasmos contraen mi pelvis. —Eros, estoy... —mi voz se quiebra, incapaz de completar la frase. —Vente, gatita. Déjame ser el dueño de tu primer orgasmo —ordena, su voz un susurro grave. Quiero decirle que no es el dueño del primero. Puede que sea virgen, pero sé cómo tocarme, además que tengo varios juguetes con los que me doy placer yo misma. Pero estoy tan perdida en lo que sus dedos están haciendo en mi coño, que exploto. El orgasmo me atraviesa como una ola imparable. Mis músculos se contraen, mis gemidos llenan el aire, y me siento completamente vulnerable. Eros me estabiliza, bajándome con cuidado. Su mirada se encuentra con la mía, una sonrisa arrogante curvando sus labios. Luego lleva sus dedos, todavía cubiertos de mis jugos, a su boca. —Sabes a pecado y algo prohibido —gruñe, limpiando sus dedos con una lentitud calculada. No puedo respirar, sigo con los efectos del orgasmo que me ha brindado. Voy a decir algo, pero Eros se me adelanta: —Manos en el escritorio, nena —gruñe, su voz ronca y cargada de una oscuridad que me hace temblar—. Es hora de que cene. Y tengo demasiada hambre. Ni siquiera me da tiempo de reaccionar antes de que me tome por las caderas y me incline sobre la superficie del escritorio de madera, como si fuera suya, como si todo mi cuerpo le perteneciera. Sus manos grandes y firmes me inmovilizan, el calor de su toque se filtra a través de la tela de mi vestido, encendiendo cada fibra de mi ser. Por encima del hombro, lo veo caer de rodillas con una devoción que parece casi blasfema. Sus ojos brillan con una intensidad hambrienta, fija en su objetivo. Me sube el vestido hasta la cintura, sus dedos recorriendo mi piel desnuda como si estuviera desnudándome con caricias antes de desgarrar mis bragas sin piedad, el sonido del tejido roto resonando en el cuarto como un eco de su control absoluto. —Eros... —trato de protestar, pero su mirada ardiente me deja muda. —Silencio, nena —ordena con una sonrisa ladeada que me roba el aliento—. Déjame saborearte. Y luego lo siento. Su lengua. Firme, caliente, devastadora. Su primer toque golpea mi clítoris con la fuerza de un relámpago, y cualquier pensamiento coherente que tenía se desintegra al instante. Mi cuerpo se arquea contra el escritorio, un grito ahogado escapando de mis labios. —Maldita sea, estás deliciosa —gruñe contra mi piel, el sonido vibrando directamente en mi centro—. Podría pasarme la vida aquí abajo. Su lengua es implacable, dibujando círculos, chasquidos, lamiendo con avidez, cada movimiento diseñado para destruirme por completo. Mi respiración se convierte en jadeos entrecortados mientras me pierdo en el fuego que está creando dentro de mí. —Eros... por favor... —balbuceo, aunque ni siquiera sé qué estoy pidiendo. —Eso es, nena —su voz grave gotea lujuria—. Quiero oírte gritar mi nombre hasta que todo el maldito edificio sepa quién te está destruyendo. Su boca vuelve a enterrarse entre mis muslos, y esta vez no hay nada gentil en su manera de tomarme. Sus dientes raspan ligeramente mi clítoris antes de succionar con fuerza, y mi espalda se curva como un arco, un grito desgarrador llenando el aire. —Mira cómo me das todo, cómo te deshaces para mí —gruñe, retirándose apenas lo suficiente para hablar antes de lamer de nuevo, más lento esta vez, saboreando cada gota de mí. El calor de su lengua y la presión de sus labios me llevan al borde una y otra vez, como si estuviera jugando con mi resistencia, probando cuánto puedo soportar antes de perderme por completo. —Me estás bañando la cara con tus jugos, ¿lo sabes? —su tono es una mezcla de burla y devoción, como si cada parte de esto le perteneciera tanto como a mí—. Dime, ¿a quién perteneces, nena? —A ti... —jadeo, incapaz de resistirme más. —Eso es —susurra con una satisfacción casi animal antes de hundirse una vez más, llevándome a un clímax tan violento que todo mi cuerpo tiembla bajo su dominio. Cuando finalmente se levanta, sus labios brillan con mi esencia, y su mirada satisfecha se encuentra con la mía. Me inclino débilmente contra el escritorio, tratando de recuperar el aliento, pero Eros no ha terminado. —Ahora que te he saboreado, nena —dice mientras me levanta y me gira para encararlo, su voz baja y cargada de promesas oscuras—, es hora de que me des todo lo demás.
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