CAPITULO 10

2738 Palabras
EROS El olor a ella lo inunda todo. Su perfume, dulce, pero con un filo que me vuelve loco, se mezcla con la calidez de su piel cerca de la mía. Estoy atrapado en este estado entre la conciencia y el sueño, y lo único que deseo es que nunca se vaya. Mi mente está nublada, tal vez por el dolor, tal vez por el calmante, pero no importa. Todo lo que importa es que está aquí. —No te vayas... —susurro, mi voz quebrándose por el miedo de que desaparezca. La siento moverme, tan ligera como un susurro, y mi mano actúa por instinto, envolviendo su muñeca. Necesito anclarla a mí. Mía. Esa palabra tarde en mi cabeza como un mantra. —Vamos, nena... solo un poco más. Ella murmura algo suave, casi inaudible. Intento abrir los ojos, pero pesan como si el universo estuviera sobre ellos. Aun así, siento su toque, sus dedos recorriendo mi rostro. Y de repente, todo cambia. Estoy despierto, aunque no del todo. No sé si es real o un sueño, pero ahí está ella. Masha. Su cabello n***o azabache cae como una cortina de terciopelo sobre su rostro, enmarcando esos ojos grises que me miran como si pudiera arrancarme el alma. Se sube a la cama, y yo apenas puedo respirar mientras ella me monta, su falda subiendo lentamente por sus muslos perfectos. —Eros... —susurra, su voz como un veneno que quiero beber hasta la última gota. Mis manos encuentran sus caderas, pequeñas y delicadas bajo mi agarre, pero fuertes. Siento cómo se desliza contra mí, y el calor de su cuerpo me consume como un incendio. No puedo detenerme. No quiero. — Sei mía, gatita... solo mía, —gruño entre dientes, mi voz cargada de una necesidad animal mientras mis manos recorren cada centímetro de ella. Ella se inclina, sus labios rozando los míos, y luego los siento en mi cuello, bajando, dejando un rastro ardiente que me hace perder la cabeza. Mis dedos se enredan en su cabello, tirando ligeramente mientras la obliga a mirarme. —No te atrevas a irte nunca más —le ordeno, mi tono bajo, oscuro, posesivo. —Hazme tuya, Eros —me responde, sus ojos grises encendidos con una mezcla de desafío y deseo. Y lo hago. La giro bruscamente, dejando que su espalda choque contra el colchón. Mis labios encuentran los suyos, hambrientos, posesivos, mientras mi lengua reclama cada rincón de su boca. La escucho gemir contra mí, y ese sonido es como un detonante. — Ti seppellirò così profundamente dentro di te che dimenticherai come respirare, —jadeo, mi voz gruesa mientras mis manos recorren su cuerpo, arrancándole la ropa con una urgencia casi violenta. Su piel es suave, tersa, y mis labios no pueden resistirse. Bajo por su cuello, su pecho, hasta que la tengo completamente expuesta frente a mí. — Perfetta... —susurro, mi lengua trazando círculos lentos, torturándola mientras sus gemidos llenan la habitación. Cada movimiento es una conquista, una confirmación de que ella es mía, de que siempre lo ha sido. Siento cómo su cuerpo se arquea bajo el mío, cómo sus uñas se clavan en mi espalda mientras nuestras respiraciones se entrelazan en un frenesí salvaje. — Mía, Masha... Solo mía. La presión aumenta, el mundo desaparece, y todo lo que existe es ella. Sus gemidos, su piel, el calor de su cuerpo. La siento temblar bajo mí, quebrándose mientras yo la llevo más allá de cualquier límite que haya conocido. Pero entonces, todo desaparece. Despierto bruscamente, mi cuerpo cubierto de sudor. Mi respiración es irregular, mis manos apretando las sábanas como si aún estuvieran aferrándose a ella. Pero no está aquí. La realidad golpea con la fuerza de un puñetazo en el estómago. —Masha... —susurro al vacío, mi voz cargada de desesperación. La necesidad de tenerla junto a mí es insoportable. Quiero tocarla, besarla, hundirme en ella hasta que no quede nada más en el mundo. Pero ella no está. Un rugido escapada de mi garganta mientras me levanto de la cama, ignorando el dolor que me atraviesa las costillas. La habitación está vacía, y ese vacío me consume. —¿Dónde estás? —murmuro, apretando los puños. La quiero aquí. Ahora. No soporto la idea de que esté lejos de mí, de que alguien más pueda mirarla, tocarla. Solo mía, pienso, mientras la rabia y el deseo se mezclan en mi pecho. Camino de un lado a otro, cada paso cargado de frustración. Ella tiene que entenderlo. Tiene que saber que no puede huir de mí. Porque no importa cuánto tarde... la encontraré. La puerta de mi habitación se abre de golpe, y Ness entra con una bandeja en las manos. Suelta un grito al verme de pie. Todo el cuerpo me duele, cada respiración es un castigo, pero me importa una mierda. Solo la quiero a ella. Sé que estuvo aquí. Puedo sentir su piel, su toque, su aroma. No todo pudo haber sido un sueño. —No puedes estar de pie — me regaña Ness mientras deja la bandeja en la mesita de noche y se acerca a mí apresurada— el doctor dijo que tenías que guardar reposo. Intento calmarme, pero el enojo burbujea bajo la superficie. Me aparto bruscamente cuando intenta tocarme. Sus ojos se abren por la sorpresa. Y para ser sincero me importa una mierda. No quiero que me toque, además que no tiene el derecho de hablarme así, de darme ordenes, es una simple empleada. Sí, la follé un par de veces, pero fue solo frustración. Cuando intentaba buscar en otras mujeres lo que no podía obtener de la mía. De mi mujer. —¿Alguien estuvo aquí, aparte del doctor? —pregunto, mi tono frío como el hielo. Veo como se le cristalizan los ojos. Pero reitero, me importa una mierda. Necesito saber si ella estuvo aquí, a mi lado. Después de que luché con Sergei casi perdí el conocimiento. Solo recuerdo que no dejaba de llamarla. De añorarla. Y es que ella es como una droga la cual necesito para poder subsistir. Estoy cansado de privarme de ella, de todo lo que sueño y deseo hacerle. La quiero a mi lado ¡Joder! La necesito mas que el puto oxigeno para vivir. —Solo estuvo el doctor —murmura Ness, pero algo en su expresión me dice que está ocultando algo. La desconfianza me invade. Necesito hablar con Donatelo. Ness es como cualquier mujer celosa; No sería extraño que me ocultara que mi mujer estuvo aquí. ¿Me importa? Claramente no. Ness no se puede comparar con mi gatita. La supera por millas. —Prepárame el traje —le ordeno sin rodeos—. Y dile a Donatelo que salimos en cuarenta minutos. —No puedes salir —se cruza de brazos, como si tuviera alguna autoridad para detenerme—. El doctor dijo... —Me importa una mierda lo que haya dicho el doctor — la interrumpo, mi paciencia agotada— estás aquí para recibir órdenes porque para eso te pago. No te pases de la raya. Que no me va a costar nada ponerte en tu lugar y recordarte cual es tu papel en este lugar. No espero a que me responda. Igual no tiene derecho, es una simple empleada. Si, la estimo, pero es porque ha estado junto a mi por años, pero no tiene ningún derecho a tomarse atribuciones que no le han sido dadas. Me enferma que la gente crea que porque le das un mínimo de confianza pueden verte la cara de pendejo. Conecte mi celular al altavoz y dejo que la música inunde la habitación. Necesito una distracción, algo que ahogue el ruido en mi cabeza. Gemini de Chris Gray comienza a sonar, y la melodía se desliza por el aire mientras me dirijo al baño. Tengo una cierta afición por prestarle atención a las letras de las canciones. Abro el grifo del agua caliente y deja que el vapor llene el espacio. El dolor físico es casi insoportable, pero lo ignora. Apoyo la frente contra los azulejos fríos mientras las palabras de la canción calan en lo más profundo. Danger and desire walking in the red bottoms Pleasure and pain, grabbi'n on my collar Taste like nirvana My belladona She's all over my body Got me covered in karma Caught in a tornado Her love is fatal She ain't sent from heaven She got horns in her halo She tells me that she love me while she digging in the knife Lookin' like an angel with the devil in her eyes Sonrío ante esa ultima frase. Mi gatita tiene el demonio dibujado en esos ojos grises que viven para atormentarme. Dejo que la melodía siga rondando en mi cabeza, que cada letra allí plasmada impacte conmigo. No importa cuánto intente alejarme, siempre vuelvo a ella. Es como una droga, y yo ya no quiero curarme. Después de un rato, cierra la ducha y deja que el agua gotee de mi cabello mientras envuelvo mi cuerpo en una toalla. Camino hacia el vestidor, cojeando ligeramente por el maldito dolor que recorre cada músculo. Encuentro el traje que Ness ha preparado para mí y comienzo a vestirme. Cada movimiento es una tortura, un recordatorio de que mi cuerpo aún no está listo para esto, pero no tengo tiempo para debilidades. Siseo entre dientes mientras ajusta la corbata y me aseguro de que todo esté en su lugar. Al terminar, me observa en el espejo: agotado, marcado, pero aún de pie. Porque no tengo otra opción. Salgo de la habitación y escucho a Ness en la cocina. Su voz me detiene en seco. —¿Vas a desayunar? —pregunta, moviéndose con una gracia estudiada mientras coloca algo sobre la encimera. Lleva unos pantalones cortos que no dejan nada a la imaginación, sus piernas largas están a la vista, y puedo notar su intención. No soy ciego; y no voy a negar que fueron esas largas piernas las que alguna vez me hizo follármela y repetir, pero ella no es la mujer que deseo en estos momentos. Ahora no siento nada. Ni deseo, ni interés, ni siquiera curiosidad. Ness no es ella, y eso lo cambia todo. —No tengo tiempo —respondo de forma cortante, apresurándome hacia el ascensor. En el estacionamiento me encuentro con Donatelo, fiel como siempre. Va vestido con sus habituales pantalones cargo y botas militares. Asiente con la cabeza a modo de saludo. Ha estado conmigo durante años, más que mi mano derecha, un hombre que lo sabe todo de mí. Le he hablado de Masha, sabe lo que siento por ella, el papel que juega en mi vida. Tiene ordenes de tratarla como lo que es. Mi mujer y también sabe qué hacer cuando alguien le falta el respeto. —Estuvo aquí anoche —dice sin rodeos mientras abre la puerta del auto para mí. Una sonrisa involuntaria se dibuja en mi rostro. Masha. Así que no todo fue un maldito sueño. — ¿Dónde está ahora? —pregunto con urgencia, subiéndome al auto. —En la casa de sus padres —responde con calma. Mis manos se cierran en puños. Necesito sacarla de allí. Necesito hablar con ella, verla. Si se niega a escucharme, no me quedará otra opción más que obligarla. —¿Mattia? —pregunto, y siento cómo mis músculos se tensan solo al mencionar su nombre. —En el club. Hoy tienen una reunión con todos los integrantes del consejo. Maldigo por lo bajo. He estado tan distraído con el regreso de Masha que he descuidado mis negocios. No puedo permitirme más distracciones. — ¿Has averiguado algo del niñato que quiere quitarme a mi mujer? —gruño. El solo pensar en ese imbécil me amarga el día, el mes y el jodido año entero. —Es amigo de mi señora —comienza Donatelo con calma—. Desde hace muchos años. Es hijo de un magnate poderoso. Emigraron a Londres poco después de que naciera. Se instalaron aquí y se han mantenido en la cima de los mejores conglomerados del mundo. —¿Algo más? —pregunto, molesto porque todo eso ya lo sabía. Necesito algo que me sirva. —Nada por ahora —admite. Resoplo, frustrado, pero no puedo culparlo. Si no ha obtenido más información es porque alguien se ha asegurado de cubrir muy bien los rastros. —Llévame al club —le ordeno— que alguien vigile a mi mujer. No quiero erros y no quiero que la pierdan de vista. Arregla todo lo que te pedí. Me doy cuenta de que su mirada está fija en mí. —¿Qué? —espeto, irritado. —Parece que olvida con quién está tratando —dice, con ese tono burlón que siempre me saca de quicio—. La última vez se le escapó en sus propias narices. Frunzo el ceño, desviando la mirada mientras lo maldigo entre dientes. Es cierto. La última vez, Masha robó mi auto y, por si no fuera suficiente, amenazó a mi piloto para que la trajera de vuelta a Londres. No sabía si reírme o enfurecerme cuando me lo contaron. El motor del auto ruge, y mientras Donatelo conduce, me pierdo en mis pensamientos. Tengo tanto por hacer, tanto que reparar. Necesito hablar con ella, a solas. No quería recurrir a ese método, porque es un suicidio para mí... pero si no me deja opción no hay mas nada que hacer. Después de unos largos minutos, Donatelo estacionó el auto frente al club. Salgo y ajusta mi traje con un movimiento automático. No necesito un espejo para saber que debo verme como la mierda; Lo siento en cada músculo adolorido y en cada golpe que me recuerda la noche anterior. Avanzo hacia la entrada, mis pasos firmes, pero el peso en mis hombros es evidente. Apenas cruzo la puerta, los murmullos cesan. Al fondo, el consejo ya está reunido, y todas las miradas se posan en mí. Koji es el primero en notar mi presencia. Alza una de sus cejas negras y me escanea de pies a cabeza con esa expresión neutra que siempre lo acompaña. Luego es Vladislau levanta la mirada de los papeles que tiene en las manos y silba: —Mierda. Estás solo un poco golpeado —comenta Vladislau, sin siquiera molestarse en ocultar el sarcasmo. —¿Te dio un episodio psicótico? —espeta Darko. —Al parecer se encontró con alguien que tuvo uno —habla Mattia con su usual tono aburrido— te dejo como una mierda. —Ja, ja, ja, ja —replico con fastidio, rodando los ojos—. Hoy están especialmente chistosos. —¿Te afectó mucho la noticia del matrimonio de mi hermana? —suelta Mattia de repente, y su tono me pone en alerta. Mi cuerpo se tensa, porque lo dice en el tono que suele usar cuando tiene conocimiento de algo, pero solo pregunta para hacerle saber a la persona que lo ha atrapado. —¿Por qué me molestaría? —respondo, encogiéndome de hombros con fingida indiferencia. —Quizás tienes demasiadas ganas de morir... sintiendo alguna atracción por ella —murmura con desdén, sin apartar la vista de mí. —Moriría feliz... —dejo escapar entre dientes, más para mí mismo que para ellos. La tensión en la sala es palpable, pero no me permite ceder ni un milímetro. No voy a mover ficha hasta que no hable con Masha. Hasta entonces, seguiré dejando que piensen lo que quieran, incluso que la odio. —¿Te gusta? —insiste Mattia, su mirada perforándome. —Y ¿Qué pasaría si lo hiciera? —pregunto, casi sin querer. Las palabras salen antes de que pueda detenerlas. Una sonrisa oscura se dibuja en su rostro, una que no me gusta nada. —Me molestaría tener que meterle un tiro en la frente a mi mejor amigo y uno de mis socios — responde con la misma calma aterradora que su madre suele usar cuando está a punto de soltar un golpe bajo. Lo ignoro deliberadamente, enfocándome en los detalles. Ese brillo en sus ojos, divertido, malévolo. El mismo que he visto en su madre cuando juega con información valiosa solo para torturar a los demás. Lo único que tengo seguro, es que pronto voy a tener a mi mujer en mis brazos. Así me toque destruir medio mundo.
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