CAPITULO 9

3057 Palabras
MASHA Me apresuro a vestirme, eligiendo unos vaqueros ajustados, un jersey cómodo y una chaqueta con capucha. Mi mente trabaja frenéticamente, buscando una forma de escapar de la casa de mis padres sin ser vista. Los jardines parecen mi mejor opción. A esta hora solo suelen estar algunos trabajadores, y conozco cada rincón como la palma de mi mano. Pero no puedo olvidar las centinelas en las torres de seguridad. Mi hermano construyó una fortaleza desde que atentaron contra mi madre y lo secuestraron a Nikki y a él. Kali equipó a las escoltas con armas modificadas según las especificaciones de mi hermano, y ahora la seguridad es casi impenetrable. Inhalo profundamente mientras mi corazón sigue martillando en mi pecho, y el dolor de cabeza se intensifica. La noche no debía terminar así. Supongo que no evalué todos los puntos, cuando no pensé que Eros reaccionaria de esta manera. Sé que es volátil, pero pensé que se iría a su club a follarse a cualquier mujer y embriagarse. Nunca imaginé que se metería en las jaulas, y mucho menos que enfrentaría al hermano de Kali. Por Dios. Ese hombre es como una torre de músculos, que no razona cuando está dentro de la jaula. Sacudo la cabeza, y me digo que ya no se puede llorar por la leche derramada. Termino de vestirme, tomo mi celular y me dirijo hacia la ventana. Me aseguro de que no haya nadie cerca antes de bajar por las pequeñas escaleras que dan al jardín. Mi padre me las instaló cuando se enteró que solía saltar de la venta solo para escaparme y caminar por le jardín de rosas que le hizo a mi madre. En algún momento ella dijo que le encantaría uno y mi padre fue corriendo a armárselo. No dándose cuenta de que mi madre solo estaba jugando con él. Supongo que mi padre se cobró esa osadía, porque mi madre al día siguiente caminaba un poco raro. Sacudo la cabeza para apartar esos pensamientos. No necesito pensar en eso en estos momentos. Tengo que enfocarme. Me deslizo por las sombras, evadiendo las cámaras y las escoltas que custodian las entradas. Le envío un mensaje a Donatelo, indicándole que me recoja en la parte trasera de la casa. Así que evado las cámaras de seguridad, logrando evitar a cada uno de los centinelas. Tienen la orden de disparar y luego preguntar. Mi hermano se volvió paranoico con la seguridad. Evito los reflejos de las luces y me mezclo con la oscuridad, sorteando los últimos obstáculos. Cuando llegue al final del túnel de rosas, abra la puerta con cuidado y salgo al exterior. El auto de Eros está estacionado a unos metros. Donatelo está de pie junto a él, escaneando el área con la mirada de un hombre entrenado. Tiene unos cuarenta y cinco años, pero se conserva increíblemente bien. Su cabello rubio, cortado al ras, y sus facciones afiladas le dan un aire intimidante. Con más de dos metros de altura y un cuerpo que parece tallado en piedra, es imposible ignorar su presencia. Tiene un parecido con Ryan Reynolds, aunque más alto, más musculoso y con una gravedad que podría partir de rocas. Cuando me ve, se apresura a acercarse, moviéndose con una agilidad sorprendente para alguien de su tamaño. Lleva un atuendo completamente n***o: pantalones militares, una camisa de manga larga y botas que apenas hacen ruido al pisar. Tengo entendido que hizo parte de la milicia de Italia. Conoció al padre de Eros en una de las misiones, se hicieron amigos y cuando Eros nació le encargaron de la seguridad del hombre. —Mi señora —me saluda Donatelo con su marcado acento italiano, inclinando ligeramente la cabeza. Suspiro, sintiendo cómo la culpa y la inquietud se enredan en mi pecho. No debería estar aquí. Debería haber ignorado su llamada. Esto podría ser una trampa de Eros, y no puedo permitirme ni un solo margen de error. —Solo dime Masha —lo corrijo, tratando de sonar neutral. Su insistencia en llamarme "mi señora" siempre me pone los pelos de punta. —Sería una falta de respeto —responde con seriedad, sin siquiera pestañear. Sacudo la cabeza. No voy a discutir con él. Puede seguir llamándome como le de la gana. —¿Dónde está? —pregunto, decidiendo ir al grano. —En el auto. No dejaba de llamarla, así que tomé el celular y me atreví a buscarla. Asiento, sin saber si agradecerle o reprenderlo. En lo más profundo, una parte oscura de mí danza con satisfacción. Fue mi nombre el que pronunció. Fui yo quien invadió su mente cuando el dolor y la furia lo consumían. Anhelo su obsesión. Que mi nombre sea el conjuro que lo invoca, el eco que lo atormenta. Quiero ser la única figura que pueble sus pesadillas, la única voz que anhele en la oscuridad. Que mi imagen se convierta en su cruz, en su obsesión, y que en esa dependencia mutua encontremos un equilibrio macabro. Disfruto tejiendo una red de obsesión a su alrededor. Quiero ser el aire que respira, el suelo que pisa, el fantasma que lo persigue. Que mi ausencia lo consuma y mi presencia lo esclavice. Así, nuestro vínculo se transformará en una danza macabra, donde ambos seremos marionetas de un deseo oscuro. Mi lado mas perverso se deleita alimentando su obsesión. Quiero hacerlo mío, pero también voy a ser la causa de su sufrimiento, la fuente de su tormento. Voy a ser una herida que nunca va a cicatrizar, mi nombre será como ese mantra que lo atormentará. En su desespero, dolor y anhelo encontraré mi placer. Sabia que nunca me conformaría solo con tenerlo. Anhelo sumergirme en las profundidades de su obsesión. Quiero ser el veneno que lo corroe lentamente, la pesadilla que lo acecha en la oscuridad. Elevo el mentón y pongo mi mejor cara de póker. —Llévame con él —le ordeno a Donatelo, con la voz fría y firme. Camino junto a él, consciente de cómo se mantiene pegado a mi lado como una sombra protectora, como un perro guardián. Su actitud me desconcierta, pero no tengo tiempo para reflexionar sobre eso. Hay asuntos más urgentes. Donatelo abre la puerta trasera del auto, y ahí está Eros. Trago con fuerza al verlo. Mi pecho se comprime, un nudo del tamaño de una montaña se forma en mi garganta. Y tengo que poner todo de mi parte para no romperme. Eros está tumbado en el asiento del pasajero, su cuerpo en un estado deplorable. No lleva camisa, y su piel está cubierta de sangre seca y hematomas de un morado profundo. Su hermoso rostro está irreconocible: la ceja partida, el labio roto, líneas de sangre seca recorriendo su mandíbula. Mis ojos se deslizan por su pecho desnudo, plagado de cortes y marcas. Sus nudillos están reventados, como si hubieran sido estrellados contra una pared una y otra vez. El estómago se me revuelve, y algo dentro de mí, una furia ancestral, despierta. Ahora entiendo lo que mi madre siente cada vez que alguien lastima a mi padre. Quiero destruir el mundo por lo que le han hecho. Y, sin embargo, esa oscuridad que corre por mi sangre me recuerda que no soy tan diferente. La locura, ese lado siniestro, también vive en mí. —Tendrías que haberlo llevado a su casa de inmediato —siseo entre dientes, conteniendo la rabia. ¿Para qué demonios lo traía aquí? Si sabia que yo de todos modos iría hacia Eros, debió llevarlo a su ático y hacer que lo revisara el médico. —Me disculpo, mi señora —responde Donatelo, con una calma que no hace más que irritarme. Suspiro. Ya no hay nada que pueda hacer y no puedo seguir llamando la atención. En cualquier momento pueden darse cuenta de que escapé y necesito que un médico revise las heridas de Eros. —Vamos a su ático —ordeno, subiéndome al auto. Con cuidado, coloco la cabeza de Eros en mi regazo. Su rostro destrozado parece aún más frágil bajo las luces que se cuelan por las ventanas. Mis dedos rozan su cabello mientras un remolino de emociones me asfixia: rabia, tristeza, y algo más oscuro, más prohibido. Mientras el auto se pone en marcha, todo mi ser está dividido. Quiero protegerlo, sanarlo, pero también quiero hundirlo más en esta tormenta que hemos creado. —Masha... —murmura con los ojos cerrados. —No hables —le susurro, intentando calmarlo. —Nena... —intenta moverse, pero una mueca de dolor lo detiene. Es un idiota. No hay otra forma de describirlo. Por Dios, ¿Quién se deja molestar a golpes casi hasta morir por un ataque de celos y rabia? Eros es obstinado, caprichoso y testarudo. Cuando las cosas no salen como él quiere, pierde los estribos con facilidad. Aunque es extraño. Por lo general, intenta mantener el control. De los cinco integrantes del consejo, Eros y Koji son los más calmados, los más centrados. Vladisalau actúa como un adolescente con las hormonas alborotadas, y Darko... bueno, Darko es el más inestable. Ni hablar de mi hermano, que ya es un caso aparte. Donatelo conduce con rapidez, y en cuestión de minutos llegamos al lujoso rascacielos donde vive Eros. Entra directamente al estacionamiento privado y baja del auto para llamar a varios soldados. —Con cuidado —ordeno mientras bajan a Eros. Ellos asienten y lo llevan hasta su habitación. Lo depositan en la cama, y yo me acerco rápidamente. Me coloco a su lado, tratando de no mostrar la mezcla de rabia y preocupación que me consume. —Llama al médico. Dile que tiene diez minutos para estar aquí —le digo a Donatelo con firmeza. —Como ordene, mi señora. En ese momento, una mujer joven de piel morena y cabello castaño entra como si fuera la dueña del lugar. Se detiene en seco al verme junto a Eros, y su rostro se tuerce en una mueca de fastidio. Arqueo una ceja. Sé quién es. Es Ness. La mujer que se encarga de las labores del ático de Eros, aunque también sé que le gusta encargarse de algo más. —¿Qué le pasó al joven Vitale? —pregunta a Donatelo, ignorándome deliberadamente. Donatelo le frunce el ceño, pero no responde. —Está herido, ¿no lo ves? —le respondo yo, con un tono mordaz. Ness eleva el mentón, intentando mantener una postura activa. Las ganas de mandarla al diablo sin boleto de regreso hierven en mí, pero decidió contenerme. —Y tú ¿Quién eres? —pregunta, desafiante—. A este ático solo entra el personal autorizado por Eros. La ignoro deliberadamente. No voy a desgastarme con ella ahora. Tengo planes más interesantes para cuando me convierta en la única señora de esta casa. Regreso mi atención a Eros, que sigue respirando con dificultad. —Gatita... —vuelve a murmurar, buscando mi presencia. —Aquí estoy —le susurro, acariciando su cabello con suavidad. Por el rabillo del ojo, noto cómo Ness me mira con una mezcla de rabia y celos. Su disgusto se hace evidente cada vez que paso mis dedos por el cabello de Eros, y, como me gusta el problema, lo sigo haciendo, alimentando su furia. El médico entra en la habitación, rompiendo la tensión. Da órdenes para que todos salgan y le retiren la ropa a Eros. —Yo puedo hacerlo —se ofrece Ness de inmediato, como si tuviera algún derecho especial. —Todos afuera —interviene el médico con autoridad. —Tú no vas a hacer nada —la detiene Donatelo, su tono cargado de desprecio—. Y te sugiero que no vuelvas a faltarle el respeto a mi señora. No querrás que, cuando el joven Vitale despierte, te corte la lengua por insolente. —Y ¿por qué lo haría? —pregunta Ness con rabia contenida. —Eso no es asunto tuyo —responde Donatelo, impasible—. Las sirvientas están para servir, no para cuestionar ni para meterse donde no las llaman. Me muerdo el labio para contener una sonrisa. Ness, roja de ira, parece a punto de explotar. Su rostro se torna tenso, y las venas de su cuello se marcan con furia. —Yo no soy una simple sirvienta —dice entre dientes. —Claro, cumple otras funciones —responde Donatelo con frialdad—. Pero no te confundas, solo eras eso: el recipiente donde el joven descargaba sus frustraciones. Así que no te creas tan indispensable. Cuando deje de necesitarte, no tardará en desecharte. —Eros va a saber cómo me trataste —grita Ness, fuera de sí. —Veamos quién pierde más —replica Donatelo con calma—. Tú, por tu insolencia, o yo, por haberte puesto en tu lugar. Con mi señora nadie se mete. El ambiente está cargado, casi eléctrico. La furia de Ness es palpable, pero Donatelo se mantiene firme, como una muralla impenetrable. Por mi parte, me limito a observar, disfrutando en silencio del espectáculo. Cada vez que me llaman "mi señora", siento un escalofrío recorriéndome la columna. Pero, por primera vez, no me importa tanto. Al fin y al cabo, pronto ese título será completamente mío. —No tienes que defenderme —interrumpo la discusión, mi voz cargada de firmeza—. Yo puedo hacerlo sola. Donatelo asiente, inclinando ligeramente la cabeza, reconociendo mi autoridad. —¿Te pagan para mirarme? —dirijo mi atención a la morena que no deja de lanzarme dagas con la mirada—. Ve a preparar algo de comer para Eros. Y todos salgan de aquí. El doctor necesita espacio para atenderlo. Veo cómo Ness aprieta los dientes, claramente molesta, pero acata la orden. Esta mujer será un problema. Y, como me han enseñado, los problemas deben cortarse de raíz antes de que se conviertan en una amenaza. El médico trabaja rápido. Tras revisarlo cuidadosamente, me explica que Eros tiene varias costillas rotas y contusiones, pero que no hay nada grave. Con unos días de reposo estará mejor. Me da las indicaciones para aplicar los medicamentos, la frecuencia y la dosis. Deja un sueño con antibióticos conectado a su brazo y, tras asegurarte de que todo está en orden, se marcha de la habitación. Me acerco a la cama y me acuesto junto a Eros. Mi mano se eleva instintivamente, recorriendo con suavidad sus facciones. —Eres un imbécil —susurro, mi voz cargada de reproche mientras deslizo mi dedo índice por su ceja, su nariz, hasta llegar a sus labios. —Masha... —su voz se escapa entre sueños, suave y quebrada. —Shh... —lo silencio con ternura, impidiendo decir algo que lo retrasa. No quiero decir nada comprometedor. Puede que esté bajo los efectos del calmante que le pusieron, pero no pienso arriesgarme. Tomó mi celular y lo conecto con el sistema de altavoces que tiene en la habitación. —Baby, tell me that you want me —comienzo a cantar en un susurro, dejando que mi voz lo envuelva— Yeah, i'm thinkin''bout it all the time. Mis dedos siguen trazando caminos invisibles sobre su piel, pausados, casi reverenciales. Sus labios, los mismos que muero por besar, parecen temblar bajo mi toque. La canción la escuché hace un tiempo. Es de Isabel LaRosa y se llama Muse. —Put your hands all over my body —mi tono es casi como un susurro. —Masha... —susurra de nuevo, su voz rota de necesidad. —We both know our eyes don't lie —musito en un tono más bajo— You're pretty, why you don't call me? Me detengo cuando veo que comienza a moverse, mi mano suspendida en el aire, a escasos centímetros de su rostro. Hace una mueca de dolor antes de relajarse de nuevo. La tensión en mi pecho cede y continúa, más suave, dejando que las palabras de la canción ocupen el espacio entre nosotros. Así que continúo cantándole: —You look better when you're mine —sonrío ante esa frase, claro que se ve mejor siendo mío— wanna be your muse. Let me be your truth. La canción sigue sonando por el altavoz, mientras yo me silencio y dejo que la melodía amene el momento. Lo observo, grabándome en la memoria cada detalle de su rostro, cada peca, cada mínima cosa la grabo en mi cabeza. Todo es mío. Boy, i love you when you need me Breathe you in, you get me high Darling, you know how to please me Inhalo profundamente, como si el aire pudiera calmar la tormenta que crece dentro de mí. No puedo seguir esperando. Tengo que adelantar los planes. Estoy harta de seguir esperando. Quiero lo que es mío ahora. Me inclino y deposito un beso fugaz en su frente, preparándome para levantarme. Pero antes de que pueda moverme, una mano fuerte envuelve mi muñeca, como una trampa de acero. Me tenso al instante, sintiendo cómo su agarre me aguanta. —No te vayas... —murmura Eros, su tono cargado de una vulnerabilidad que rara vez muestra—. Vamos, gatita. Solo quédate un poco más. —Eros... —mi voz es apenas un susurro, rasposa por la emoción contenida. Mi corazón tarde con fuerza, demasiado rápido. Sabía que venir aquí era un error. Intento girarme para verlo, pero sus ojos permanecen cerrados, mientras su mano aprieta con más fuerza, casi dolorosamente. —Vamos, nena... solo un poco más —insiste, suplicando como un niño perdido. —Duerme... —le murmuro, tratando de calmarlo. —¿No te irás? —su voz se rompe, cargada de una desesperación que jamás había oído en él. —Descansa... —No me dejes... —su tono es apenas un hilo de voz—. Solo por esta noche... quédate conmigo. Su agarre se vuelve incómodamente fuerte, y me cuesta liberar mi muñeca. Tomo aire, lo suficiente para controlar mi nerviosismo, y con cuidado me suelto. Me inclino hacia él y dejo un beso breve en sus labios, cargado de una promesa silenciosa. —Pronto, amor... —le susurro al oído—. Pronto estaremos juntos para siempre. Con esas palabras, me levanto y salgo de la habitación. La espera ha terminado. Me cansé de esperar. Los planes han cambiado, y es hora de reclamar lo que es mío.
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