EXTRA: Bajo su dominio

2733 Palabras
SUSAN No tenía idea de cómo había llegado a este punto. Bueno, sí la tenía. Sabía perfectamente qué palabras usar, cómo mirarlo, y qué botones presionar para llevarlo al borde de la cordura. Pero había una gran diferencia entre provocarlo y enfrentarlo en su propia guarida. Lucca me había traído a su despacho. No la elegante sala de reuniones que conoció todo el mundo, sino esa habitación privada que destilaba tanto poder como él. Las paredes estaban cubiertas de estantes con libros que probablemente ni había leído, pero que daban la impresión de que sí. Todo en ese espacio olía a él: madera, cuero y algo más oscuro, más primitivo. Estaba sentado en su enorme silla de cuero n***o, observándome desde detrás del escritorio con esos ojos azules que siempre me hacían sentir como si pudiera desnudarse mi alma. Aunque, seamos sinceros, lo único que le interesaba desvestir era otra cosa. — ¿Quieres explicarme qué creías que estabas haciendo? —preguntó con un tono tranquilo, pero cargado de peligro. Me encogí de hombros, fingiendo indiferencia. Sabía que eso lo enfurecía aún más. —Solo hablaba con él. ¿Desde cuándo eso es un crimen? Lucca dejó escapar una risa corta, seca. Se levantó lentamente de la silla, y el peso de su presencia llenó la habitación. Era alto, mucho más alto que yo, y la manera en que su traje se ajustaba a su cuerpo marcaba cada músculo trabajado, cada línea de su poder físico. —Hablar —repitió, acercándose hasta que su sombra me cubrió por completo—. ¿Así es como llamas a esos juegos? ¿Esa risita tuya, esa forma de inclinar la cabeza y tocarle el brazo? —¿Estabas celoso? —respondí, arqueando una ceja. Sabía que estaba jugando con fuego, pero lo prohibido siempre había sido mi debilidad. No me contestó. En lugar de eso, tomó mi barbilla con una mano, obligándome a mirarlo. Su toque era firme, dominante, pero no brusco. Esa era la contradicción que me volvía loca. La fuerza que exudaba, mezclada con una delicadeza que me hacía querer rendirme por completo. —No soy un niño como ese idiota de tu universidad, bambina —murmuró. Su voz era baja, casi un gruñido—. No tienes idea de con quién estás jugando. Su proximidad me nubló los sentidos. Podía sentir su aliento cálido en mi piel, la intensidad de su mirada clavada en mis labios. Pero, aun así, no pude evitar provocarlo un poco más. —Tal vez sí lo sé —respondí, mi voz apenas un susurro. Su mandíbula se tensó, y por un momento pensé que había ido demasiado lejos. Pero luego su otra mano se posó en mi cintura, firme pero lenta, como si estuviera reclamando territorio. —¿Es eso lo que quieres, Susan? —preguntó, deslizando los dedos hacia la curva de mi cadera—. ¿Probar hasta dónde puedo llegar? No respondí, porque sabía que no importaba lo que dijera. Él ya había decidido lo que iba a hacer conmigo. Y en el fondo, yo también lo quería. En un movimiento rápido, me giró, presionando mi cuerpo contra el escritorio. La frialdad de la madera contra mi piel contrastaba con el calor de su cuerpo detrás de mí. Su mano recorrió mi espalda, bajando lentamente hasta detenerse en mi cintura. —Coqueteaste con otro hombre delante de mí —dijo, su voz cargada de reproche—. Y ahora voy a recordarte a quién perteneces. Mi corazón latía con fuerza, no solo por el deseo, sino también por la manera en que sus palabras atravesaban cada fibra de mi ser. Su posesividad debería asustarme, pero en lugar de eso, me hacía arder. Su mano bajó hasta levantar ligeramente el dobladillo de mi vestido. Sentí su aliento contra mi cuello, su barba rozando mi piel, y su voz susurrándome al oído. —No voy a ser amable esta vez, bambina. No lo mereces. Un gemido escapó de mis labios antes de que pudiera detenerlo, y su risa baja me hizo temblar. Su mano libre se enredó en mi cabello, tirando ligeramente hacia atrás para que mi cabeza quedara ladeada. —Eso es —dijo, con una satisfacción oscura—. Hazme saber cuánto te gusta. Lo que siguió fue una mezcla de sensaciones: sus movimientos controlados pero intensos, su fuerza contenida, y la manera en que me susurraba al oído, cada palabra cargada de deseo y dominio. —Eres mía, Susan. Solo mía. ¿Entendido? —Sí... —murmuré, perdiéndome en la sensación. —Dilo —ordenó, apretando ligeramente mi cadera. —Soy tuya, Lucca —respondí, mi voz entrecortada. Y cuando finalmente me dejó caer exhausta sobre el escritorio, su mano acarició mi espalda con una ternura que contrastaba con todo lo que acababa de hacer. —Recuerda eso la próxima vez que intentas provocarme —dijo, plantando un beso suave en mi hombro antes de apartarse. Mientras trataba de recuperar el aliento, no pude evitar sonreír. Lo prohibido siempre supo mejor. El silencio en la habitación era tan denso que podía escuchar el ritmo entrecortado de mi respiración y la manera en que mi corazón latía con fuerza, como si intentara atravesarme el pecho. Lucca estaba detrás de mí, aún demasiado cerca, su presencia envolviéndome, su cuerpo irradiando un calor que hacía que todo mi ser reaccionara. Sentí su mano deslizarse por la curva de mi espalda, como si trazara un mapa invisible que ya conocía, pero que aún disfrutaba explorar. Su respiración acariciaba la base de mi cuello, y cada exhalación suya me enviaba escalofríos que se mezclaban con el calor que crecía dentro de mí. —No terminé contigo, bambina —murmuró, su voz baja y ronca, cargada de una promesa peligrosa—. No hasta que te quede claro quién tiene el control aquí. Antes de que pudiera responder, me levantó del escritorio con facilidad, girándome para que lo mirara. Sus ojos azules se clavaron en los míos, y sentí que me estaba desnudando con solo esa mirada. —Lucca... —intenté decir algo, pero su dedo índice rozó mis labios, silenciándome. —No digas nada —ordenó suavemente, aunque su tono dejaba claro que no había espacio para cuestionarlo—. Solo siente. Sus manos se deslizaron hacia mis caderas, firmes, pero con una delicadeza que hacía que mi cuerpo temblara. Su boca buscó la mía con una intensidad que me dejó sin aliento. Su beso era exigente, devorador, como si quisiera reclamar cada parte de mí. Y yo, maldita sea, estaba dispuesta a dárselo todo. Cuando sus labios abandonaron los míos, bajaron por mi mandíbula hasta mi cuello, donde dejó un rastro de besos húmedos y mordidas suaves que me arrancaron un gemido involuntario. —Así me gusta —murmuró contra mi piel—. Que no puedas controlar lo que sientes conmigo. Sus palabras me encendieron aún más, y mis manos se aferraron a su camisa, deseando arrancarla. Pero antes de que pudiera hacerlo, me tomó de las muñecas y las sujetó por encima de mi cabeza. —No, niña. Esta vez no tienes el control. La fuerza en su agarre era innegable, pero lo que realmente me hizo temblar fue la forma en que su mirada se oscureció, como si disfrutara viendo cómo me rendía a él. —Te gusta jugar conmigo, ¿verdad? —preguntó, inclinándose lo suficiente para que su aliento caliente rozara mis labios—. ¿Crees que puedes coquetear con otros hombres y que no voy a hacer nada al respecto? —No era... —intenté justificarme, pero su mano libre se deslizó por mi muslo, haciendo que mi voz se quebrara. —No me importa lo que fuera —me interrumpió, su tono más bajo, más amenazante—. Lo único que importa es que entiendas esto: eres mía. No comparto lo que es mío. ¿Está claro? Asentí, mi voz atrapada en mi garganta. —Dilo, Susan. Quiero escucharlo. —Soy tuya, Lucca —susurré, mi voz temblorosa, pero llena de algo que no podía negar: deseo puro. Su sonrisa fue oscura, peligrosa, y al mismo tiempo tan atractiva que me hizo perder la cabeza. —Eso es. Ahora, déjame mostrarte lo que significa ser mía. Lucca soltó mis muñecas, pero no me dio tiempo de moverme. Con un solo movimiento me levanté y me senté sobre el borde del escritorio, dejando que mis piernas colgaran mientras él se colocaba entre ellas. Sus manos se afianzaron en mis muslos, sus dedos fuertes presionando mi piel con una mezcla de posesión y deseo desbordante. —Mírame —ordenó, su tono bajo y autoritario, mientras sus ojos azules buscaban los míos. Obedecí, mis labios entreabiertos mientras trataba de estabilizar mi respiración. Su mirada era tan intensa que sentía que podía desnudarme solo con eso. —Esa boca sarcástica que tanto me vuelve loco... ¿Dónde está ahora, eh? —preguntó, sus labios curvándose en una sonrisa arrogante—. Parece que por fin entendiste tu lugar. —Lucca... —Intenté recuperar algo de control, pero su nombre salió de mis labios como un suspiro ahogado, más un ruego que una protesta. —Shh. —Su dedo volvió a mis labios, esta vez trazándolos lentamente—. Déjame disfrutar de esto. De ti. Sus manos viajaron desde mis muslos hasta mi cintura, tirando de mí para acercarme más a él. Su cuerpo era una pared sólida contra el mío, y el calor que irradiaba era abrumador. Sentí su aliento en mi cuello un segundo antes de que sus labios reclamaran mi piel una vez más, dejando marcas deliberadas. —¿Sabes lo que quiero hacer contigo, bambina ? —susurró contra mi oído, su voz tan baja que parecía un gruñido contenido—. Quiero olvidar a todos los demás. Quiero que cada vez que cierres los ojos, solo pienses en mí. Sus palabras encendieron algo dentro de mí, una mezcla de miedo, excitación y una interpretación que no podía controlar. —Y quiero que ellos también lo sepan —continuó, sus manos deslizándose por mi espalda para sostenerme con fuerza—. Quiero que entiendan que ningún otro hombre puede tenerte. Ni mirarte. Ni siquiera imaginarlo. Su boca descendió hasta el borde de mi camisa, y antes de que pudiera procesar lo que estaba haciendo, empujó de la tela con una mezcla de urgencia y control, exponiendo mi piel al aire frío de la habitación. Su mirada recorrió mi cuerpo, deteniéndose en cada curva, y su sonrisa oscura volvió a aparecer. —Tan perfecto... —murmuró, sus manos deslizándose por mi cintura, explorándome como si fuera algo que había deseado durante demasiado tiempo. Me sentí atrapada en su presencia, de la manera en que cada palabra suya era un ancla que me hundía más en este juego prohibido. —Quiero que me digas algo, Susan. —Su tono era suave, pero la autoridad detrás de él era inconfundible—. ¿Te gusta hacerme enfadar? Negué con la cabeza, pero él no parecía satisfecho. —Dímelo, niña. ¿Te gusta verme así, tan fuera de control por ti? —No... —susurré, aunque no estaba segura de sí era verdad. Había algo en su posesión que me intoxicaba, que me hacía querer provocar ese lado suyo, aunque supiera que era peligroso. —Mentiras —gruñó, su boca capturando la mía con una fuerza que me dejó sin aliento. Era un beso cargado de frustración y deseo, una mezcla perfecta de castigo y recompensa. Sus manos bajaron hasta mis caderas, y en un rápido movimiento me levanté del escritorio, sosteniéndome contra él. El aire abandonó mis pulmones cuando me empujó contra la pared, su cuerpo firme manteniéndome atrapada. —Esta es la última vez que te veo coquetear con otro hombre —dijo, su aliento cálido contra mi mejilla—. Porque si lo haces de nuevo, bambina, no voy a ser tan amable contigo. Mi corazón latía descontroladamente mientras procesaba sus palabras, su amenaza velada, y la manera en que su boca volvía a encontrar la mía con una intensidad que me hacía olvidar todo excepto él. La presión de su cuerpo contra el mío me dejaba sin aire, como si cada pensamiento racional se desvaneciera en medio de su toque firme y sus palabras intoxicantes. Lucca no se movía con prisa; Era un hombre que sabía exactamente cómo tomar su tiempo, cómo torturarme de las maneras más deliciosas y dejarme rogando por más. Su mano subió por mi pierna, rozando mi piel con una lentitud que era un castigo en sí mismo, antes de detenerse en la curva de mi cadera. Sus dedos fuertes presionaron mi carne, marcándome con una posesividad que iba más allá de lo físico. —Cada centímetro de ti me pertenece, Susan. —Sus palabras eran más que una declaración; Eran una sentencia, un juramento oscuro que parecía sellar cualquier posibilidad de escapar. Mis manos son anclarse en sus hombros, tratando de encontrar estabilidad en medio buscar del caos que había desatado dentro de mí. Pero él se burló suavemente, como si incluso ese pequeño acto de resistencia fuera algo que no iba a permitir. —No. —Sacudió la cabeza, sus ojos fijos en los míos mientras sus dedos se deslizaban más arriba, tocándome de una manera que hizo que todo mi cuerpo se arqueara hacia él—. Si quieres algo, bambina, lo pides. Mis labios se abrieron para decir algo, pero las palabras se atacan en mi garganta. El calor de su mirada era abrumador, como si supiera exactamente lo que estaba pensando, lo que mi cuerpo estaba suplicando sin necesidad de que lo dijera. —Vamos —murmuró, inclinándose para capturar mi lóbulo entre sus dientes, su aliento caliente contra mi piel—. Di mi nombre. —Lucca... —Finalmente logré decir, mi voz temblorosa y cargada de necesidad. Él irritante, esa sonrisa arrogante que siempre me volvía loca, antes de bajar su cabeza hasta que nuestros labios estaban peligrosamente cerca otra vez. —Eso es, dolcezza. Ahora, dime quién es el único que puede tocarte así. —Tú... —susurré, sabiendo que con esa sola palabra acababa de renunciar a cualquier pretensión de control que pudiera haber tenido. —Exacto. Solo yo. —Su boca reclamó la mía de nuevo, esta vez con una mezcla de ternura y voracidad que me dejó temblando. No hubo más palabras después de eso. Sus manos y su boca eran un lenguaje en sí mismo, uno que me enseñaba lo que significaba ser completamente suya, no solo en cuerpo, sino en alma. Cada movimiento suyo era una promesa silenciosa de que no había vuelta atrás, de que este juego prohibido que habíamos comenzado no tenía un final posible que no fuera devastador. Cuando finalmente me soltó, mi cuerpo estaba exhausto, temblando por el efecto de su toque y sus palabras. Pero su mirada seguía fija en mí, como si estuviera asegurándose de que entendiera exactamente lo que significaba este momento. —Eres mía, Susan. —Su voz era baja, casi un susurro, pero la intensidad detrás de ella me dejó sin aliento—. Y no dejaré que nada ni nadie se interponga entre nosotros. Tragué con fuerza, mi pecho subiendo y bajando mientras trataba de recuperar el aliento. La gravedad de sus palabras era tan aplastante como la forma en que me miraba, con una mezcla de deseo y peligro que me hacía querer alejarme... y acercarme aún más al mismo tiempo. Se inclinó, presionando un último beso en mi frente, un gesto que, en cualquier otra circunstancia, podría haber sido tierno, pero que con él estaba cargado de promesas oscuras. —Esta noche es solo el comienzo, niña . Prepárate para lo que viene. Y con eso, se apartó, dejándome apoyada contra la pared mientras él recogía su chaqueta y la colocaba sobre mis hombros, un acto tan contradictorio como todo lo demás en él. Me sentí pequeña envuelta en su ropa, como si incluso en eso él quisiera dejar claro que pertenece a su mundo, a su control. Mientras lo veía salir de la habitación, mis pensamientos eran un caos. Sabía que esto estaba mal, sabía que era peligroso. Pero también sabía que ya era demasiado tarde. No había escapatoria de Lucca Vitale, y parte de mí ni siquiera quería encontrarla.
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