CAPITULO 8

2852 Palabras
MASHA Me remuevo en la cama, sintiendo cómo el aire parece volverse denso, como si mis pulmones olvidaran cómo funcionar. Una punzada en el pecho se mezcla con una ansiedad que apenas reconozco. Mi boca está seca, y mi garganta arde como si una lija se hubiera alojado en ella. Me relamo los labios agrietados y aparto las sábanas con un movimiento lento. Balanceo mis pies hacia el suelo y los dejo caer en la alfombra de peluche de mi antigua habitación. Estoy de vuelta aquí, en casa de mis padres, tras la interminable cena de compromiso. Mi padre y mi hermano se negaron rotundamente a dejarme regresar a mi ático. Demasiadas discusiones en una sola noche. No tenía fuerzas para seguir peleando, así que cedí. No puedo explicar cómo me siento. Es una sensación que no me deja en paz. Un revoltijo de emociones me atraviesa: emoción porque mis planes avanzan como esperaba, pero también un peso que me oprime el pecho y me agobia. Todo ha ido saliendo como lo planeé desde que me fui a Rusia. Pero hay algo que sigue molestándome. Después de que Eros salió furioso de casa, quedó un vacío extraño en el ambiente. Un sinsabor que no puedo ignorar. Vladislau intentó comunicarse con él sin éxito; parecía como si la tierra se lo hubiera tragado. Darko incluso contactó a Donatelo, su mano derecha, pero tampoco hubo respuesta. Me preocupa que haya cometido una locura. Sé lo volátil que puede llegar a ser cuando se encuentra en ese estado de ira incontrolable. Inhalo profundamente, intentando regular el latido frenético de mi corazón. Mi pulso late con fuerza, una constante que me pone los nervios de punta. Llevo las manos a mi cabello, peinándolo un poco, como si ese simple gesto pudiera ayudarme a ordenar mis pensamientos. Me levanto de la cama, tomo mi bata de seda y envuelvo mi cuerpo en ella antes de salir de la habitación. La casa está en completo silencio, como si cada rincón estuviera en pausa. Supongo que mis padres ya deben estar dormidos... al menos eso espero. No quiero oír ruidos extraños que me traumatizarían de por vida. Mi hermano y yo sabemos que nuestros padres tienen una vida s****l, digamos... peculiar. Camino por el pasillo que da a las escaleras, acerco mis manos a la barandilla dejando que el frio metal toque la tierna carne de mi palma. Intento no hacer ruido, no quiero despertar a nadie. Sigo teniendo esta extraña sensación y comienzo a desesperarme. No me gusta sentirme así. Odio no tener el control de la situación. Bajo las escaleras en silencio, dirigiéndome hacia la cocina. Pero algo me detiene al pasar junto a la sala de estar. La luz del despacho de mi padre está encendida. Frunzo el ceño. Mi padre no suele quedarse hasta tarde trabajando. Le gusta estar en la cama temprano, generalmente con mi madre... muy ocupados, para ser honesta. Desvío mi rumbo y camino hacia la puerta corrediza del despacho. Abro la puerta poco a poco y asomo la cabeza. Allí con un vaso de lo que parece un liquido color ámbar se encuentra mi padre. Tiene la mirada fija en la pantalla de su laptop y el ceño fruncido. El cabello lo tiene revuelto, como si hubiera pasado constantemente los dedos por las hebras color azabache. Está vestido de manera informal: una camiseta sin mangas blanca que deja al descubierto sus hombros y brazos aún marcados, y unos pantalones de pijama. Me quedo quieta, observándolo. Estudio cada detalle de su rostro. Es tan familiar, pero siempre impactante. Sus cejas oscuras y gruesas, las pestañas largas que enmarcan esos ojos grises intensos, la mandíbula firme, perfectamente cincelada. A pesar de los años, mi padre sigue siendo un hombre guapo, atractivo. Se cuida, se mantiene en forma, y conserva ese aire travieso que siempre lo ha caracterizado. Levanta la vista y el gris de sus ojos, se conecta con el mío. Amo a mi padre, es mi hombre favorito en el mundo. Siempre me ha cuidado, me consentía en cada capricho. Si estaba triste buscaba la manera de hacerme sonreír. —¿Qué hace mi pequeña gatita despierta a esta hora? —una sonrisa tierna se extiende por sus labios. Sus ojos se suavizan y las líneas de expresión que han comenzado a salirle se desvanecen. —No podía dormir —respondo mientras entro más a la habitación — así que decidí bajar por un poco de jugo de frutilla. Mi padre se aparta ligeramente del escritorio, y el chirrido de las ruedas de la silla hace eco en el lugar. Con un leve gesto de la cabeza me indica que me acerque, y lo hago. Toma mi mano y, sin dudarlo, me sienta en su regazo, como solía hacerlo cuando era más pequeña. Subo las piernas y me acurruco en su pecho. Dejando que los sonidos de su corazón me tranquilicen. Me encanta escuchar los latidos del corazón de las personas que amo. Siento que ese sonido me da la tranquilidad de que siguen vivos, aunque sea una estupidez, ese solo sonido me trasmite paz. Mi padre comienza a pasar sus dedos por las hebras negras de mi cabello. Igual que lo hace cada vez que le digo que algo me inquieta. —¿Quieres hablar de lo que te inquieta? —su voz es un bálsamo, baja y calmada. Cierro los ojos y me dejo llevar por la vibración de su pecho con cada palabra. Mi relación con mi madre es buena, pero con mi padre siempre he tenido un vínculo especial. Mattia es el niño de mamá, y yo, la niña de papá. No hay celos entre nosotros; ambos sabemos que nos aman por igual. Nunca me han hecho sentir menos que mi hermano, aun cuando en este mundo las mujeres no tienen voz, ni voto. Mis padres se han encargado de ponerme en el mismo nivel que mi hermano. Me enseñado que no debo bajarle la cabeza a nadie, y que primero está lo que yo quiero, y después debo evaluar si es importante lo que los demás quieren. —Solo no puedo dormir, papi — le digo con un tono que espero suene despreocupado. Me gustaría contarle sobre mi plan. Pero mi padre es demasiado sobreprotector, pegaría el grito en el cielo. Además, que estoy repitiendo la historia de como comenzó su relación con mi madre. Aunque mi método no es tan desquiciado como el que ella usó. —¿Sabes que siempre puedes contarme lo que te pase? —sus dedos siguen deslizándose entre mis mechones oscuros—. Papá siempre estará aquí con los brazos abiertos. Un nudo se instala en mi garganta. Sé que es así. Mi padre es alguien orgulloso, bastante arrogante, y sarcástico. Demasiado voluntarioso, pero si realmente lo llegas a conocer, podrías darte cuenta de que cuando ama, lo hace de una manera intensa. He visto como se desvive por mi madre. Como siempre la pone a ella por encima de todas las cosas. Lo vi llorar y casi morir cuando pensamos que la habíamos perdido. He visto de lo que es capaz por ella y aunque suene tonto ese el amor que quiero para mí. Alguien que, aunque sepa que puede vivir sin mí, se niegue hacerlo. Que me ame con la misma intensidad que yo lo haría. —Lo sé, papi —le digo con una sonrisa suave que sé que no puede ver. Toma una bocanada de aire. Y no puedo evitar sentirme en sus brazos como cuando tenia menos edad. Los brazos de mi padre son mi lugar seguro, son los que me proporcionan una paz increíble. —Pensé que ese chico Simón era gay —dice de repente, rompiendo la tranquilidad del momento. Casi me ahogo con mi propia saliva. Mi cuerpo se tensa y mi corazón empieza a latir frenéticamente. Me aparto ligeramente de su pecho, conectando mi mirada con la suya. Sus ojos están llenos de diversión. —¿Por qué pensaste eso? —me trago el nudo que comienza a formarse en mi garganta. Mi padre simplemente se encoge de hombros y me atrae nuevamente a su pecho. Sus brazos me envuelven y dejo que su calor me calme. —No lo sé — dice, y sé que está sonriendo, aunque no lo vea— tiene algo que me hizo pensar eso. Las manos me sudan. Joder. Se me olvidó que mi padre es demasiado observador. Puede que bromee contigo, pero en todo momento está estudiando cada uno de tus gestos, es algo que con los años le ha aprendido a mi madre. —Te puedo asegurar de que no es gay — respondo, mordiéndome el labio inferior. Lo escucho resoplar y me trago una sonrisa. Sé que le he dado a entender que entre Simón y yo ha pasado algo. Pero necesito que siga pensando así. —Ta. Ta. Ta —espeta — no quiero saber nada de la vida s****l de mi hija. Es asqueroso y me hace querer arrancarle cada parte del cuerpo a ese muchacho. Suelto una carcajada. —Que mal pensado eres, papá —me burlo — solo te dije que no es gay. Me aprieta mas a su cuerpo, como si quisiera meterme dentro de su pecho. —Eres mi pequeña —dice, suavizando su tono—. Para mí, siempre lo serás. Aunque llegues a los ochenta años, seguirás siendo mi gatita. Solo mis padres y mi hermano me dicen así. Bueno... y también Eros. Así como a mi hermano le dicen "gato" a mi me dicen "gatita" no permito que nadie mas use ese apodo, pero un día a mi hermano dejó escapar el apodo frente a Eros, y ese idiota no tardó en usarlo. Al principio, solo lo decía cuando estábamos a solas, pero esta noche tuvo la osadía de decirlo delante de todos. —No puedes tener otra pequeña —digo con un puchero infantil—. Solo puedes tener una hija. Mi padre suelta una carcajada profunda que resuena en la habitación. —Eres igual de posesiva que tu madre —se burla, todavía riendo—. Ese pobre muchacho no sabe lo que le espera. Me aparto un poco, dejando que me dé un beso en la frente antes de responder con aire de suficiencia: —Nadie puede tocar lo que es mío. Mi padre sacude la cabeza, divertido, mientras murmura: —Esa pobre alma no sabe a manos de quién ha caído. —¡Papi! —exclamo, dándole un suave golpe en el hombro. Él solo sonríe con indulgencia y, tras un momento, pregunta: —¿Quieres que te prepare tu jugo favorito? Sacudo la cabeza, negándome. No quiero que se desvele más por mí. —Ya me siento mejor —digo, inclinándome para darle un beso en la mejilla—. Los brazos de mi padre siempre son el mejor calmante. Su expresión se endurece ligeramente mientras añade con firmeza: —Si ese muchacho te llega a lastimar, lo mataré. No te he tratado como la piedra más preciosa y valiosa de este mundo para que venga un hijo de perra a tratarte como una simple roca de tierra. —Y dices que mi madre es la loca —me burlo antes de bajarme de su regazo y caminar hacia la puerta. —Que yo no sea tan sádico como tu madre no significa que no sepa cómo defender a las personas que amo —replica, con una chispa de orgullo en sus palabras. Su forma de amar es única, intensa, y aunque lo oculte detrás de su sarcasmo, siempre puedo sentir lo profundo que es su cariño. Salgo del despacho de mi padre sintiéndome un poco mejor. Hablar con él siempre me ayuda, incluso cuando su forma de consolarme implica bromas mordaces y amenazas veladas. Subo las escaleras y entro a mi habitación. Apenas mi cuerpo toca la cama, la pantalla de mi celular se ilumina. El nombre que aparece hace que mi corazón se acelere y las manos comiencen a sudarme. Me muerdo el labio mientras me debato entre contestar o dejar que la llamada muera. Pero mi curiosidad, siempre traicionera, me gana. Deslizo el dedo por la pantalla y llevo el celular a mi oído. —¿Eros? —mi voz suena más insegura de lo que esperaba. —No, mi señora —responde una voz con un marcado acento italiano al otro lado de la línea. Frunzo el ceño. —¿Quién eres? —Mis disculpas, mi señora. Soy Donatelo, la mano derecha del joven Vitale. Mi estómago se revuelve. Las alarmas empiezan a sonar en mi cabeza y el aire se siente pesado. ¿Por qué me está llamando Donatelo desde el celular de Eros? ¿Le pasó algo? Mi corazón late frenéticamente, como si quisiera escapar de mi pecho. —¿Le pasó algo a Eros? —pregunto, con un nudo en la garganta. —Disculpe que la llame —dice rápidamente — es que no sabia a quien mas llamar. —No importa —comienzo a desesperarme — ¿Qué ha pasado? Siento como toma aire y se queda en silencio por unos segundos. —Después de que salimos de la casa de sus padres —comienza a explicarme — el joven Vitale vino directamente hacia las jaulas. Comenzó a luchar como loco. Cada vez más herido, y por mas que intenté detenerlo no me fue posible. Mis manos tiemblan. Las jaulas... ese lugar es el infierno en la tierra. He estado ahí un par de veces. Es donde los hijos de los grandes líderes de las mafias entrenan, un espacio neutral donde el apellido y el poder no importan, solo la fuerza. —No te quedes callado —ladro, perdiendo la paciencia. —Sí, disculpe. —Su tono es apresurado—. En su última pelea, estaba tan herido que no pudo defenderse. Luchó contra el nuevo Vor de la Bratva. —¿Con Sergei Darrend? —grito, sin poder contenerme—. ¿Está loco? ¡Ese hombre es un animal en las jaulas! Igual que su padre y su cuñado. No tienen respeto por la vida cuando luchan. —Intenté detenerlo —se justifica—, pero sabe lo terco que es el joven Vitale. Intento calmarme antes de despertar a mis padres. Mi respiración es pesada, pero logro controlar mi tono. —¿Entonces? —digo con frialdad, ocultando el pánico que me consume—. ¿Llamas para decirme que Sergei Darrend mató a tu jefe? Sé que estoy siendo una perra, pero no puedo revelar que me afecta todo lo que me está contando. Echaría por la borda mis esfuerzos. —No —responde con un suspiro—. Como sabe, solo los grandes luchadores pueden detener las peleas. Sergei Darrend, después de moler a golpes al joven Vitale, se cansó y lo dejó vivir. El nudo en mi pecho se afloja, pero la tensión no desaparece por completo. —Entonces, ¿para qué me llamas? —pregunto, intentando sonar irritada. —El joven Vitale no ha dejado de llamarla. —Eso no tiene nada que ver conmigo. —Mi señora... —insiste Donatelo—. ¿Podría venir a su ático solo unas horas? Me llevo la mano libre a la sien. Si voy al ático de Eros estaría colocando en riesgo todo el plan. Pero una pequeña vocecita me dice que ceda por esta vez, soy buena fingiendo que lo detesto, solo iré para hacerle un favor al hombre que está intentado cuidar a su jefe. —No creo que deba ir. —Mi señora... Frunzo el ceño. ¿Por qué diablos me dice "mi señora"? ese termino solo lo usan los escoltas para las parejas o esposas de los jefes. —¿Qué tan mal está? —pregunto con frialdad—. ¿Se va a morir? El solo pensamiento hace que el pecho me duela. —Tiene varias costillas rotas. —Dame una hora y estaré allí —le digo. —La estoy esperando afuera de la casa de sus padres —dice de repente. ¿Qué...? Su confesión hace que todas mis alarmas se disparen. ¿Cómo sabia que iba aceptar? —¿Afuera de mi casa? —repito, incrédula. —El joven no ha dejado de llamarla —explica — tenia que intentar hacer que usted nos acompañara para que lo revisara el medico de la familia. —¿Y si no hubiera aceptado? —pregunto con curiosidad. —Sabía que lo haría —responde con un tono que no logro descifrar. —Ya estoy contigo, déjame cambiarme —digo antes de colgar. Esto es una locura, porque ahora debo pensar como escapar en medio de la noche, de la casa de mis padres que parece una maldita fortaleza para ir a ver al hombre con el que he estado obsesionada desde que tengo uso de razón y tener que mantener mi papel de que lo odio y no de que lo deseo con todas mis fuerzas. Será una larga noche...
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