EROS MINUTOS ANTES El vaso de whisky tiembla entre mis dedos. Lo aprieto con fuerza, como si eso pudiera acallar la ira que me quema las entrañas. Cada sorbo es veneno, pero uno necesario. Necesito a Masha. La necesito como el aire que respiro, pero ella no está. Y esa maldita realidad me está volviendo loco. La puerta de la oficina se abre sin previo aviso. Una de las meseras entra con pasos calculados, contoneando las caderas como si su cuerpo pudiera llamar mi atención. Pobrecita. No entiende que mi mirada no se posa en otra que no sea Masha. —Señor Vitale... —su voz es un ronroneo envenenado—, ¿no se siente solo? No le respondo. Ni siquiera la miro. Apoyo el vaso sobre el escritorio y recargo mi cabeza en el respaldo del sillón. Estoy harto. De este club, de las luces, de los fa

