MASHA El rugido del motor es un eco lejano comparado con el estruendo que retumba en mi pecho. Me obligo a mantener la vista fija en la carretera, a ignorar la punzada helada en mi estómago. No voy a permitir que las emociones me debiliten. No esta vez. La imagen de Eros con esa mujer se clava en mis pensamientos como una daga envenenada. Puedo ver sus labios en los de ella, aunque sé que no fue así. Puedo sentir su traición, aunque sé que su mirada desesperada decía otra cosa. No importa. No importa nada más que la ira que me devora desde dentro. Donatelo conduce en silencio, pero sé que me observa de reojo. No dice nada. No lo necesita. Él sabe que hay una tormenta desatada en mi interior. —Vamos a casa, mi señora —su voz es grave, firme. Un recordatorio de que no estoy sola. Asien

