DONATELO El frío se cuela en mis huesos, pero no es el viento ni la noche lo que me roba el calor. Es la muerte, arrastrándome con su toque helado, susurrándome que me deje ir. Pero no puedo. No todavía. Masha está aquí. La veo a través del velo borroso que cubre mi vista. Su rostro está marcado por el horror, el dolor hecho carne. Sus manos, tan pequeñas comparadas con las mías, presionan mi herida, intentando retener la vida que se escapa de mí como arena entre los dedos. No quiero que me vea así. No quiero que me recuerde así. No quiero que me llore. Pero no tengo opción. Desde que la vi por primera vez, supe que mi destino era protegerla. No importaba que no llevara mi sangre. Masha siempre fue como la hija que nunca pude tener, la única que mi alma reconoció como suya. Desde e

