EROS Me acerco al cuerpo que yace inerte en la calle fría. Mi respiración es errática, irregular, como si cada bocanada de aire que entra en mis pulmones fuera una cuchilla desgarrando mi interior. Tiene el cuerpo lleno de golpes, la camisa empapada de sangre. La bilis me sube por la garganta y la rabia me oprime el pecho. Me siento atrapado entre dos fuegos: el dolor abrasador y la ira letal. Mi corazón golpea mis costillas con la fuerza de una bestia encadenada que quiere liberarse, que quiere destruirlo todo. La cabeza me da vueltas. No quiero verlo así. No quiero aceptar lo que mis ojos me están mostrando. Trago con fuerza. Mis piernas tiemblan. No por miedo, sino porque mi cuerpo entero está luchando contra la desesperación que amenaza con consumirlo. Me esfuerzo por mantener mis

