MASHA —Claro que tiene nombre —dice una voz rasposa y grave a nuestra espalda— y también tiene marido. Así que, te aconsejo que no la toques si quieres conservar la mano. El aire a mi alrededor parece volverse más denso. Reconozco esa voz al instante. Todo mi cuerpo se tensa como un resorte, mi estómago se revuelve, y el pulso se dispara de forma caótica. Mi respiración se estanca en mis pulmones mientras el aroma amaderado, tan característico de Eros, me envuelve, embriagándome. No necesito mirarlo para saber que está furioso. Puedo sentirlo en el aire, en el calor abrasador que emana de él. De repente, su presencia me aplasta, y su cuerpo se alinea con el mío. El pecho firme y caliente de Eros se pega a mi espalda, y una corriente eléctrica me recorre de pies a cabeza. El roce de su

