Capítulo 4.

1803 Palabras
Su mirada se perdía ante el desolado paisaje frente a él, cuerpos y extremidades se reunían en una tétrica escena sacada de una infame y retorcida mente. Muy a pesar de haberse rendido ante ellos y entregarles su gente, posesiones y patrimonio, aquellos hombres venidos desde el continente europeo arrasaron con todo lo que tuvieron a la mano, ni siquiera los ancianos se salvaron. Trajeron tal muerte y destrucción que no sabía dónde comenzaba aquella masacre. A sus oídos llegó la noticia de que a los mexicas no les fue mejor, ellos opusieron una heroica resistencia, hasta que las enfermedades traídas por los españoles finalmente diezmaron a la población. Su expresión era aterradora, su culpa inconmensurable. Se decía sin parar que se trataba al final de personas, por lo tanto, mantenerse al margen era necesario y vital para la supervivencia. Había demasiados detalles a tomar en cuenta. Mientras caminaba sin mirar a dónde, se sentía responsable de aquella masacre. El sol del ocaso oscurecía más que iluminar el sendero. Muy pronto la sangre de los muertos le cubría los pies y salpicaba sus piernas, mientras avanzaba entre la vegetación. Su divinidad estaba disminuyendo considerablemente, un recordatorio de que su estado anímico afectaba directamente su poder. Desde su nacimiento en los albores del planeta, cuando todo era caos y elementos febriles siendo emitidos desde el centro incandescente, le había sido enseñado que todo debía llevarse con un cuidado ritualístico, incluyendo su manera de expresarse ante los futuros mortales. Fue testigo de la creación del hombre en el más delicado rito entre los dioses. Siempre le pareció que aquello era un poco exagerado, pues algunos pasos de todo aquello no tenía relación con los movimientos y sonidos que se emitían. El momento más sublime, para él mismo, fue escucharlos respirar y expresar sus primeros sonidos, así como deleitarse con todo aquello que los rodeaba, poseían una inocencia virginal que sencillamente le dejaba sin aliento. Pasaba las horas mirándolos desde un escondite, disfrutaba particularmente cuando los niños aprendieron a jugar, mismo que se fue transmitiendo a todos, y después a los más pequeños, hasta que nadie recordó quién inventó aquellas diversiones, las risas y gritos de alegría llenaban su corazón templado. Mirar a Ana descubrirlos de aquel modo, para luego cerrar la puerta y alejarse rápida y sigilosa, le despertaron tal sentido de alerta que, de no haber mirado la expresión divertida y culpable de Alejandra, habría salido volando de ahí. Algo en la situación le hacía recordar a las ocasiones en las que espiaba las actividades de los primeros humanos, cuando descubrieron el acto s****l y demás situaciones propiamente humanas, le divertía saber que aún podía permitirse aquellas emociones, aunque poco a poco el nudo en el estómago por lo que se avecinaba le hacía tener náuseas. Se levanta rápidamente para encerrarse en el baño, sentía las náuseas estremecerle cada músculo del cuerpo. Alejandra abrió silenciosamente la puerta y lo encontró bajo la ducha con el agua casi hirviendo. Su cuerpo parecía temblar de frío, pero también sabía que si se acercaba más podría lastimarse con el calor, por lo que decidió darle algo de espacio. Se viste rápidamente con una malla de ejercicio color gris, con un ligero y cálido suéter beige, dejó su cabello suelto para secarse libremente, y calzaba sus pantuflas favoritas de gato. Encontró a su abuela sentada mirando sin ver la televisión, cambiaba los canales frenéticamente mientras esperaba. Antes de que pudiera decirle algo, el ascensor hizo su característico timbre y, anunciando la llegada de alguien, abrió sus puertas para dejar pasar a los tíos de Alejandra, que traían a un sonrojado Gio y detrás de ellos a Meztli, ambos recién duchados también. Ana apagó el televisor mientras soltaba un bufido que a la mayoría pasó inadvertido, excepto a Alejandra. Su expresión era severa mientras miraba a los gemelos, ambos parecían salir de la misma clase de situación. Los tíos ni siquiera se dieron cuenta de todo, hasta que miraron que Ana había pasado de estar contenta a estar sumamente seria. - Gio, por favor hablemos antes de que nos reprendan. Alejandra sorprende a todos con su comentario, mientras las tías llevaban a Meztli a la cocina y charlaban animadamente, los gemelos se dirigían a la habitación de Gio. - Antes de que algo pase, ¿en qué diablos pensabas cuando no le pusiste tu marca al frasco de tu café? Anoche estuve con la presión de nuevo alta por tomar del tuyo. - Mientras le gritaba, le propinó un fuerte golpe con ambos puños. Gio comenzó a sonreír con nerviosismo, él sabía que su hermana era un poco distraída, por lo que no notaría la diferencia entre ambos frascos, por lo que los cambio a propósito. Él notaba que ella había estado pasando por momentos demasiado fuertes, pero esa necesidad que ella tenía él no podría satisfacerla nunca. Fue testigo mudo de cómo la mente y el corazón de su gemela se enfocaban en el dios, ambos se convirtieron en adultos demasiado pronto y con ello sus necesidades también cambiaron. Ese era el motivo por el cual él le pidió romper con los lazos que los conectaban como hermanos. - ¡Espera! Eso duele, no lo hice con el afán de que te sintieras mal, era para que te dieras cuenta de que realmente a mí nunca me necesitaste, lo necesitabas a él. Ambos se miraron con muda tristeza, ella sabía que él tenía razón, pero admitirlo le hacía sentirse vulnerable y con heridas abiertas. Gio abraza con fuerza a su hermana mientras luchaba por controlarse. - Me encanta la expresión que tienes cada vez que estás cerca de Meztli, ella es una buena chica y celebro contigo que estén juntos. Se estrechan un momento, antes de que Gio limpie sus lágrimas del rostro de Alejandra, sonríen cálidamente y se sientan un momento en la cama. - La abuela entró a mi habitación cuando jugueteaba con Juri, creo que estará molesta un rato o unos días. Creo que nos va a escarmentar a los dos. La sonrisa en ambos crece mientras se van imaginando lo que les espera. Con la muerte de Noe y de David, tanto Ana como los demás se volvieron más estrictos y protectores de los gemelos, aunque pasaban largas temporadas en la ciudad, no paraban de insistir que fueran con ellos a vivir al pueblo, pero con todas las responsabilidades que tenían en la ciudad, no era una decisión tan fácil. Estaban las diferentes sucursales del negocio de higiene que Noe había fundado, todas en diferentes puntos de la ciudad, tal había sido su éxito. Además de los incesantes problemas económicos con respecto a las acciones de David, mismas que requerían la toma de decisiones que ni siquiera se imaginaron, Gio continuaba estudiando con maestros y doctores en la rama económica cómo llevar cada uno de ellos. Resultaba que esas acciones formaban una estabilidad económica a nivel nacional tan importante que podría derrumbarla en cualquier momento. Ambos salen de la habitación y descubren que los tíos y Meztli no se encontraban por ningún lado, Sin embargo, en la sala se encontraba Ana sentada con Juri frente a ella. Alejandra nota que la expresión del dios era compungida, se hacía una idea de lo que la abuela le habría dicho hasta ese momento. - Abuela, estamos... - Sí, ya los vi, siéntense. Ambos se dirigen al sillón lo más pronto que pudieron, y ella tomó el lugar más alejado de Juri que pudo, así su atención no estaría en él. - Sé que ustedes son personas adultas y que mis opiniones no cuentan, sé que deben hacer su vida y que quizás yo no esté en ella. - Abuela, no digas eso... - Déjame hablar Gio, no interrumpas. Ana se pone de pie y comienza a caminar lentamente en la estancia. - Lamento enterarme de este modo de la situación sentimental de los dos, parece que no he ganado su confianza aún, no tendría por qué, pero siento que merezco saber de ustedes, me preocupan demasiado como para pasarlos por alto y dejarlos sin más. Ya he hablado con Meztli y con el dios, Juriata, ambos tienen mi aprobación, aunque no la necesiten, era importante para mí conocer sus intenciones dadas las circunstancias. Tanto Alejandra como Gio sienten un gran peso levantarse de sus hombros, pero advierten también que las palabras de Ana están cargadas de resentimiento. Todo había pasado tan rápido y natural que no habían tenido tiempo de hacer las presentaciones adecuadas y el anuncio de las relaciones de ambos. - Ahora sí, los escucho. Alejandra se pone de pie y se acerca a su abuela, se inclina y se sienta sobre sus piernas en el suelo frente a ella. - Abuela, Juri apenas ayer fue encontrado, yo lo traje aquí para que se recupere, él estuvo atrapado todos estos años, yo estaba tan conmovida que no pensé más allá de mis acciones. Sabes lo que he sentido por él desde hace mucho, por favor no te molestes tanto. Además, esperábamos tu visita en octubre, nos sorprendiste. - Estoy de acuerdo abuela, yo estaba esperando tu visita para presentar a Meztli con todos, en especial contigo, pero llegaste de sorpresa. ¿Qué podemos hacer para remediar tu malestar? Ana se encontraba de pronto en evidencia, ella sabía profundamente que no les había dado a los chicos tiempo para preparar nada, reconocía que estaba poniendo a los gemelos en una situación desesperada. Por lo que toma una respiración profunda para calmar su orgullo, debía retroceder en este caso para dejar de lado la inexistente ofensa. - Mis niños, ¿cómo podrían ustedes molestarme? Me puse demasiado sentimental al darme cuenta de que ya no son unos niños, sé que es normal que ustedes busquen su propia estabilidad, han sufrido demasiado por la ausencia de sus padres. Ana los abraza como puede, ya que ambos eran un poco más altos que ella. - Juriata, acércate. Sólo te daré una advertencia, esta niña ha llorado mucho por permanecer sola todo este tiempo, no crean que no lo había notado. Sé que no fue tu responsabilidad, demasiadas cosas estaban pasando en el mundo aquellos días, nadie en la familia olvidamos cómo Noe se entregó a su poder para salvarnos. Pero ten presente que siempre estaré pendiente de estos chicos. Espero contar contigo para cuidarlos. Juri se conmueve demasiado por el cariño de esta mujer por sus nietos, ambos se sonríen y recuerdan muy brevemente aquel lejano encuentro donde él los llevó a ella y a Víctor al quiosco donde se reencontraron y todo realmente había comenzado. El verdadero padre de los hijos de Ana entra en la habitación y sonríe al verlo de nuevo. Sus nietos corren a abrazarlo sin saber siquiera que compartían lazos sanguíneos con él.
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