Elena
Cinco días. Habían pasado cinco días desde que el látigo desgarró mi espalda, pero para mi cuerpo, el tiempo se había detenido en aquel patio. Mis heridas habían empezado a cerrar, dejando costras rugosas que tiraban de mi piel con cada movimiento, recordándome con cada punzada quién era el dueño de mi dolor.
Marta me había ayudado a escondidas, pero hoy el trabajo no daba tregua. Silas había ordenado que la limpieza de los senderos del bosque que rodeaban la mansión comenzara de inmediato. Las hojas secas y las ramas pesadas debían ser retiradas antes de la próxima tormenta.
Caminaba por el linde del bosque, arrastrando una pesada saca. Cada vez que me agachaba, un gemido ahogado se escapaba de mis labios. El aire aquí era diferente; olía a pino, a resina y a esa libertad que me era prohibida.
De repente, un olor familiar me golpeó. No era el bosque. Era él.
Me quedé inmóvil. Silas estaba a unos metros, de pie junto a un roble milenario, observando la espesura. No vestía su habitual traje formal, sino unos pantalones de cuero n***o y una camisa del mismo color con los botones superiores deshechos. Parecía una parte más de la naturaleza: salvaje, imponente y letal.
Intenté retroceder en silencio, pero una rama seca crujió bajo mi bota.
—No te he dado permiso para detenerte —dijo, sin siquiera girarse. Su voz era una vibración baja que parecía viajar por el suelo hasta mis pies.
—Lo siento, señor. Pensé que prefería estar solo —respondí, bajando la mirada de inmediato.
Él se giró lentamente. Sus ojos grises, normalmente como tormentas de acero, recorrieron mi figura con una intensidad que me hizo querer cubrirme. Se detuvieron en mi rostro pálido y en la forma en que mis manos temblaban al sujetar la saca. Por un instante, la máscara de piedra que siempre llevaba desapareció. Vi un destello de algo parecido a la agonía al notar lo mucho que me costaba mantenerme erguida.
Se acercó a mí con pasos lentos, depredadores. Yo no retrocedí; no me quedaban fuerzas para huir. Cuando estuvo a escasos centímetros, su aroma a tormenta y tierra mojada me envolvió, nublando mis sentidos.
—Estás pálida, humana —susurró.
Su mano se levantó, como si tuviera voluntad propia, y rozó un mechón de cabello que caía sobre mi cara. Su tacto era cálido, una contradicción violenta con su frialdad habitual. Me estremecí, no de miedo, sino por la descarga eléctrica que recorrió mi espina dorsal.
En un momento de debilidad que me dejó sin aliento, Silas rodeó mi cintura con su mano para evitar que me desplomara. El contacto fue abrasador. Sentí el calor de su cuerpo traspasando mi fina ropa de servicio. Su otra mano subió a mi nuca, y sus dedos se enredaron en mi pelo con una firmeza que me obligó a inclinar la cabeza hacia atrás.
Él cerró los ojos y aspiró mi aroma con una desesperación que me asustó. Inclinó su rostro hacia mi cuello, y sus labios rozaron la piel justo debajo de mi oreja. Por un segundo eterno, sentí que el Alfa cruel se había desvanecido, dejando solo a un hombre roto.
—¿Por qué? —murmuró contra mi piel, su voz quebrada, cargada de un siglo de soledad—. ¿Por qué tienes que oler exactamente como lo que perdí?
Su vulnerabilidad fue una chispa que prendió fuego a mi sangre. Sentí una punzada de compasión mezclada con un deseo que no debería existir. Pero entonces, al moverme, el roce de su brazo contra mi espalda lastimada me arrancó un gemido de dolor real. El recuerdo del látigo en el patio volvió a mi mente. La sangre en el barro. El silencio de él mientras yo sufría.
Esa punzada de dolor me devolvió la realidad. Me tensé y puse mis manos sobre su pecho para apartarlo.
—No soy ella, Silas —dije con la voz temblorosa pero firme—. Soy la humana a la que mandaste azotar frente a toda tu manada. Soy la ladrona que desprecias.
Silas pareció despertar de un trance. Sus ojos se oscurecieron de inmediato, volviéndose fríos y distantes. La calidez que había en sus dedos se transformó en una presión rígida antes de soltarme bruscamente. Se enderezó, recuperando su postura de mando, y se alejó un paso, como si mi contacto lo hubiera quemado.
—Tienes razón —escupió, su voz volviendo a ser de acero, cortante y cruel—. Eres solo una sirvienta que no sabe cumplir con sus deberes y se distrae con facilidad. Vuelve al trabajo. Y no vuelvas a permitir que tu debilidad me robe el tiempo.
Se dio la vuelta y desapareció entre los árboles con una velocidad sobrenatural, dejándome allí, sola, con el corazón latiendo desbocado y la piel quemándome donde él me había tocado.
Pero la chispa ya estaba encendida. Silas me había buscado en su dolor. Por un segundo, había bajado la guardia. Y aunque ahora volviera a ser el monstruo de siempre, yo sabía que detrás de sus ojos grises había una grieta que empezaba a ensancharse.
Mientras recogía la saca, una confusión nueva me invadió. ¿Por qué mi cuerpo lo extrañaba en cuanto se alejaba? ¿Por qué mi alma parecía reconocerlo incluso cuando él me trataba como basura?
No tuve mucho tiempo para pensar. Desde las sombras de la mansión, Cassandra nos había estado observando. Su rostro estaba desencajado por la furia. Había visto el abrazo, había olido la duda de su Alfa, y supe, por la forma en que apretaba sus garras contra una piedra, que mi castigo en el patio solo había sido el principio de lo que ella tenía planeado para mí.