Capítulo 9 Cenizas del alma

991 Palabras
Elena El dolor no es una línea recta; es una marea que va y viene, golpeando con más fuerza cada vez que intentas respirar. En la oscuridad del establo, el olor a paja seca y a cuero viejo se mezclaba con el olor metálico de mi propia sangre. Estaba tumbada boca abajo sobre una manta raída, con la espalda encendida en un fuego que no se apagaba. Silas no había tenido piedad. Había permitido que me marcaran como a un animal, y ese silencio suyo, mientras el látigo cortaba mi piel, dolía más que las heridas mismas. —Bebe esto... —una voz trémula me sacó de la negrura. Era Marta. La anciana se había colado en el establo desafiando las órdenes directas del Alfa. Traía un cuenco con agua y unos trapos limpios. —No debería estar aquí, Marta... —susurré, pero el simple movimiento de mis labios hizo que un calambre recorriera mi columna. —Él no se enterará. Está encerrado en su despacho, bebiendo como si quisiera olvidar su propio nombre —respondió ella, limpiando con delicadeza los bordes de mis heridas—. Tienes que ser fuerte, Elena. Hay algo en ti que lo aterroriza, y un lobo asustado es el más peligroso de todos. Al cerrar los ojos, el agua fría en mi espalda detonó otro fragmento de memoria. No fue una luz, fue solo una sensación envolvente, un recuerdo que se sentía más real que el presente. Estaba en una biblioteca privada, rodeada de mapas mundiales. Mis manos, finas y adornadas con anillos de esmeraldas, sostenían una carta sellada con cera roja. Frente a mí, un hombre joven de porte militar me miraba con una mezcla de respeto y temor. —Señorita Valerius, su padre ha ordenado el despliegue —decía el hombre—. Si el Alfa no entrega las tierras fronterizas, la orden es clara: fuego sobre el bosque. —Mi padre es un necio —respondí yo en el recuerdo, mi voz llena de una autoridad que me resultaba ajena—. Él cree que pelea por tierra, pero yo peleo por algo que él no puede entender. Dígale que si toca a un solo m*****o de la manada Blackwood, yo misma quemaré los registros de nuestra herencia. No permitiré que nuestra sangre se use para justificar esta masacre. El recuerdo cambió bruscamente. Vi a Silas, joven, herido, mirándome desde el otro lado de una verja de hierro. "Huye, Lía", me gritaba. "Tu familia nunca nos dejará en paz. Ellos no quieren una unión, quieren una corona hecha de nuestros huesos". —¡No! —grité en voz alta, despertando en la penumbra del establo. Marta me sujetó por los hombros, asustada. —Tranquila, niña. Es la fiebre. Tienes una infección empezando a asomar. —Ellos lo mataron... —susurré, con las lágrimas rodando por mi cara—. O eso creyeron. Mi familia... ellos eran los monstruos. Silas El cristal del vaso crujió bajo mi mano, pero no llegó a romperse. Estaba sentado en la oscuridad de mi despacho, con la mirada fija en el medallón que le había quitado a Elena. La culpa es una emoción que un Alfa no puede permitirse, pero la duda es un veneno que no se puede expulsar. Había sentido algo en el patio. No fue magia, no fue un hechizo... fue un eco. Cuando el guardia cayó, por un instante el aire olió a la misma determinación que tenía Lía antes de que su padre le arrebatara la vida. —Señor... —Beta Julian entró sin llamar. Su rostro estaba serio—. Cassandra está exigiendo que la humana sea trasladada al pueblo mañana mismo. Dice que su presencia está alterando a las hembras de la manada. —Cassandra no da órdenes en esta casa —dije, mi voz saliendo como un trueno bajo—. La humana se queda donde está. Si muere por las heridas, será su destino. Si sobrevive, volverá al trabajo. —Pero, Silas... tú viste lo que pasó. Ese guardia no se cayó solo. Hay algo extraño en ella. Me puse en pie, acercándome a Julian hasta que nuestras frentes casi se tocaron. Mi lobo estaba erizado, defendiendo un territorio que mi mente aún intentaba negar. —Es una humana débil y herida, Julian. No busques fantasmas donde solo hay torpeza. Mañana quiero un informe de los vigías del sur. He tenido informes de extranjeros moviéndose cerca de nuestras fronteras. Hombres que visten de forma extraña, con recursos que no son de por aquí. —¿Crees que la están buscando? —preguntó Julian, bajando la voz. —No lo sé. Pero si alguien intenta entrar en mis tierras por ella, descubrirán por qué nos llaman la Luna de Sangre. Julian se retiró y yo me quedé solo con mis demonios. Salí al balcón, dejando que el viento frío me golpeara. Mis ojos se dirigieron, como si tuvieran voluntad propia, hacia los establos. Podía olerla desde aquí. Su aroma estaba apagado, mezclado con el de la sangre y el miedo, pero seguía ahí, llamándome. Me obligué a retomar la compostura. No bajaría. No le llevaría medicinas. No le pediría perdón. Ella era una ofensa a mi pasado, una mentira de la reencarnación que el destino me lanzaba a la cara para probar mi fuerza. Pero en el fondo, en ese lugar donde el Alfa no tiene poder, sentía que cada uno de los latigazos que ella recibió me los habían dado a mí. —Si eres ella... —susurré al bosque—, perdóname por lo que voy a hacerte pasar. Porque para protegerte del mundo, tendré que seguir rompiéndote yo mismo. Regresé al interior, cerrando las pesadas puertas de cristal. Mañana sería otro día de frialdad y trabajo. Pero las piezas del tablero empezaban a moverse: Cassandra con sus mentiras, los Valerius con sus búsquedas, y Elena... Elena con un pasado que estaba empezando a devorar su presente.
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