Capítulo 8 El látigo de la justicia

1027 Palabras
Elena El amanecer entró por la rendija de la celda como una burla. No había dormido; el frío del suelo y el pánico me mantuvieron en un estado de vigilia tortuosa. Escuché los pasos pesados de los guardias antes de que la llave girara en la cerradura con un sonido metálico definitivo. —Arriba, humana. Es hora —dijo uno de ellos, tironeando de mis cadenas con brusquedad. Me arrastraron por los pasillos de piedra hasta el patio central de la mansión. El aire gélido de la mañana me golpeó la cara, pero lo que más me dolió fue la multitud. Los miembros de la manada se habían reunido en círculo. Había desprecio en sus rostros, el mismo que se le tiene a una plaga que ha infectado un hogar limpio. En el centro del patio, un poste de madera se alzaba como un monumento al sufrimiento. Y en el balcón principal, por encima de todos nosotros, estaba él. Silas vestía completamente de n***o, sus brazos cruzados sobre el pecho, su rostro esculpido en mármol frío. A su lado, Cassandra lucía una sonrisa radiante, casi angelical, mientras se aferraba al brazo del Alfa con una posesividad triunfal. No me miró con lástima; me miró con la curiosidad de quien observa a un insecto antes de aplastarlo. —Elena de los humanos —la voz de Silas resonó en todo el patio, profunda, carente de cualquier rastro de la vulnerabilidad que mostró en el establo—. Has sido hallada culpable de robo y de deshonrar la hospitalidad de la manada Luna de Sangre. Bajo la ley de los lobos, el castigo por traición es el látigo. 7 azotes para recordarte que tu debilidad no te da derecho a nuestra propiedad. —¡Silas, por favor! —mi voz salió como un hilo quebrado. Busqué sus ojos, rogando por un destello de verdad, por el hombre que me había mirado con ternura en el granero, pero solo encontré un vacío gris y metálico—. ¡Tú sabes que yo no fui! ¡Sabes que ella miente! Él ni siquiera pestañeó. Ni un solo músculo de su rostro se movió ante mi súplica. —Procedan —ordenó, desviando la mirada hacia el bosque. Los guardias me amarraron las manos al poste, estirando mis brazos hasta que sentí que mis hombros crujían. Alguien rasgó la parte trasera de mi blusa gris, dejando mi espalda expuesta al frío y a las miradas de todos. Estaba temblando, no solo de miedo, sino de una indignación que me quemaba por dentro. El primer latigazo cayó como un rayo de fuego. El grito que escapó de mi garganta fue desgarrador. El dolor fue tan intenso que mi visión se nubló instantáneamente. Sentí cómo el cuero cortaba la piel, una sensación de ardor líquido que se extendía por toda mi espalda. Dos. Tres. Cada golpe era una promesa rota. En el tercer azote, mis piernas fallaron y me quedé colgando solo por las cuerdas de mis muñecas. Entre la bruma del dolor, una imagen volvió a golpear mi mente, vívida y cruel: El mismo poste, pero en un lugar diferente. Un hombre de cabello plateado —mi padre en esa otra vida— azotando a un lobo encadenado mientras yo gritaba desde una ventana. "No lo hagas, por favor", decía mi voz en el recuerdo. "Él no ha hecho nada". El contraste de la historia repitiéndose, pero conmigo como víctima, me hizo soltar una carcajada histérica que se convirtió en un sollozo. —Cinco . —contaba el guardia. Silas seguía allí, inmóvil. Pero desde mi posición, pude ver cómo sus nudillos se volvían blancos al apretar la barandilla. Sus fosas nasales se dilataban, captando el olor de mi sangre, un aroma que parecía torturarlo tanto como el látigo a mí, aunque su orgullo no le permitiera dar un paso al frente. En el quinto golpe, mi cuerpo simplemente se rindió. El mundo se volvió n***o. —¡Basta! —la voz de Silas rugió finalmente, pero no para salvarme, sino porque el castigo había terminado. Bajó del balcón con una elegancia depredadora. Se detuvo frente a mí mientras los guardias desataban mis muñecas. Caí al suelo como un fardo de ropa vieja, directamente al barro. Silas se agachó, tomándome del cabello con una brusquedad que me obligó a alzar la cara. Sus ojos estaban inyectados en sangre, luchando contra su propia bestia interna. —Mírame, Elena —susurró, su voz era una vibración de furia y algo que se parecía sospechosamente al remordimiento—. Esto es lo que sucede cuando intentas jugar en un mundo que no te pertenece. Mañana volverás a tus tareas. No habrá descanso. No habrá compasión. Le sostuve la mirada con las pocas fuerzas que me quedaban. No había poder en mis manos, ni luces, ni trucos. Solo había una dignidad humana que él no podía romper. —Tú... también estás sangrando, Silas —susurré, viendo cómo una pequeña gota de sangre corría por su palma, donde sus propias garras se habían clavado por la tensión—. Lo sientes... aunque me odies, lo sientes. Él me soltó como si mi contacto lo quemara. Se puso en pie, recuperando su compostura de hierro frente a su manada, que observaba en silencio. —Llevadla a los establos —ordenó con frialdad—. Que nadie le dé medicinas de la casa. Si es tan fuerte como para desafiar a su Luna, será lo suficientemente fuerte para sanar sola. Mientras los guardias me arrastraban por el patio, pude ver a Cassandra sonriendo desde lo alto. Ella había ganado esta batalla. Pero Silas no volvió a mirarme. Se dio la vuelta y caminó hacia la mansión con los hombros rígidos, dejando tras de sí el rastro de la mujer que decía despreciar, pero que empezaba a ocupar cada uno de sus pensamientos. Yo no era una ladrona. Pero esa noche, en la oscuridad del establo, el dolor me robó lo último que me quedaba de inocencia. El amor que sentía mi alma por él empezó a transformarse en algo mucho más oscuro y peligroso: la voluntad de sobrevivir para verlo caer.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR