Capítulo 7: El frío de las cadenas

946 Palabras
Elena El suelo de la celda estaba helado, pero el frío que sentía en el alma era mucho peor. Mis manos, sucias de barro y sangre seca, se aferraban a los barrotes de hierro oxidado. Silas me había desechado. Me había lanzado a los pies de su gente como si fuera un animal sarnoso. Eres igual a todos los de tu especie, sus palabras se repetían en mi cabeza como un látigo. El dolor en mi pecho no era solo por la humillación, sino por la injusticia. Yo no era una ladrona, pero para él, mi humanidad era un pecado suficiente para declararme culpable sin pruebas. La marca de mi hombro no dejaba de arder. Era un calor blanco, una pulsación rítmica que parecía querer devorar mi piel. Me abracé a mí misma, tratando de contener los espasmos de dolor que recorrían mi espalda. —¿Te duele, humana? —la voz de Cassandra llegó desde la penumbra del pasillo de las celdas. Apareció frente a mi reja, envuelta en una capa de pieles finas. Su belleza, en este lugar tan lúgubre, resultaba insultante. —Tú pusiste ese collar —siseé, mi voz sonando como un susurro roto. —Por supuesto que lo hice —rio suavemente, acercándose a los barrotes—. Y Silas lo sabe, en algún rincón de su mente. Pero prefiere creerme a mí porque es más fácil odiarte que aceptar que una criatura tan insignificante como tú le haga dudar de su cordura. Mañana pedirá tu destierro. O quizá, si lo presiono lo suficiente, tu ejecución. —Él no es como tú —dije, aunque mi seguridad se tambaleaba. —Él es un Alfa, Elena. Los Alfas no aman a las humanas; las usan, las rompen y las olvidan. Él ya olvidó a la mujer que amó hace un siglo, y tú solo eres un recordatorio molesto de su fracaso. Se dio la vuelta y se marchó, dejándome en un silencio absoluto. La oscuridad de la mazmorra empezó a cerrarse sobre mí. Me desplomé en un rincón, sintiendo que mis fuerzas se agotaban. Sin embargo, en lugar de desmayarme, mi mente fue arrastrada de nuevo a ese lugar oscuro de mis recuerdos. Esta vez no había jardines. Había un campo de batalla. Silas, mucho más joven pero con la misma mirada feroz, luchaba contra hombres que vestían el emblema de mi familia: un sol de oro sobre fondo azul. Yo corría hacia él, pero alguien me sujetaba del cabello. Era mi propio hermano. —¡Mátalo! —gritaba mi padre—. ¡Esa bestia no merece su alma! Vi cómo una flecha de plata atravesaba el hombro de Silas. Vi su grito de agonía. Y entonces, sentí el acero frío en mi propio pecho. No fue un lobo quien me mató en mi vida pasada... fue mi propia sangre. Desperté con un grito ahogado. El aire en la celda se sentía extraño, cargado de una electricidad estática que hacía que mis vellos se erizaran. Mis manos empezaron a brillar con una luz tenue, casi imperceptible, y el calor en mi hombro se volvió insoportable. Sin darme cuenta, mi poder —esa herencia oculta de los Valerius— estaba reaccionando a mi angustia. Silas Estaba en el balcón de mis aposentos, apretando la barandilla con tal fuerza que el mármol empezó a pulverizarse bajo mis dedos. Mi lobo estaba descontrolado, arañando las paredes de mi conciencia, exigiendo que bajara a las celdas, que la sacara de allí, que destrozara a cualquiera que se atreviera a tocarla. —Cállate —gruñí, mi voz vibrando en la noche solitaria. No podía flaquear. Si bajaba ahora, si mostraba un gramo de piedad por una humana que había sido sorprendida con un robo, mi autoridad frente a los Betas y los invitados se desmoronaría. Yo era el Alfa Silas Blackwood. Mi corazón se volvió piedra hace cien años para que mi manada fuera fuerte. No podía permitir que una cara bonita y un aroma familiar me convirtieran en un débil. "Miente", aullaba mi lobo. "Ella no lo tomó. Tú lo sabes". —No importa si lo tomó o no —respondí a mi propia sombra—. Es una distracción. Una debilidad. Es mejor que se vaya, que el mundo humano se la trague antes de que yo haga algo de lo que me arrepienta. Me serví un vaso de whisky puro, tratando de quemar el nudo que tenía en la garganta. Pero mis sentidos me traicionaban. Desde aquí arriba, a pesar de los muros y la distancia, podía olerla. Su miedo, su dolor... y algo más. Un rastro de poder que no debería estar ahí. Un aroma a ozono y metal que me recordó a los antiguos linajes humanos que casi extinguen a mi especie. Me tensé. Mi mirada se dirigió hacia las mazmorras bajo la tierra. —Si eres quien creo que eres... —susurré, mis ojos tornándose de un gris metálico casi blanco—, entonces tu familia vendrá por ti. Y esta vez, no habrá nadie que te salve de las cenizas. Tomé el vaso y lo lancé contra la pared, observando cómo el cristal estallaba. No iba a bajar. No iba a buscarla. Mañana la sacaría de mi vida para siempre. Retomé mi compostura, ajusté mi camisa negra y me senté frente a los mapas de guerra, obligándome a ignorar el llanto silencioso que mi alma gemela emitía a través del vínculo que yo me negaba a reconocer. La ley era la ley. Y Elena era solo una humana. Eso era lo que me repetía, aunque mi propia sangre gritara que estaba cometiendo el error más grande de mi eternidad.
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