Elena
El castigo por mi "atrevimiento" en el establo fue más que solo palabras frías. Silas, en un intento desesperado por alejarse de lo que sintió al tocarme, permitió que Cassandra tomara las riendas de mi supervisión. Ahora, no solo limpiaba los exteriores bajo el aguanieve, sino que debía cargar pesados cubos de agua desde el pozo hasta la cocina, una tarea que mis brazos humanos apenas podían soportar.
Mis manos estaban en carne viva, y un cansancio extraño, profundo y oscuro, empezaba a anclarse en mis huesos. No era solo fatiga; era como si algo dentro de mí estuviera consumiendo mis fuerzas para intentar salir.
—¡Muévete, inútil! —el grito de Cassandra resonó desde el pórtico de la mansión. Ella sostenía una sombrilla de encaje, observándome con una sonrisa de satisfacción mientras yo tropezaba con el peso de los cubos—. Silas dice que si no terminas antes del anochecer, no habrá ración de comida para ti hoy.
Me detuve un segundo, recuperando el aliento. El sudor se mezclaba con la lluvia fría en mi rostro. La miré, y por un momento, el odio que sentí fue tan puro que el agua en los cubos pareció vibrar.
—¿Por qué me odias tanto? —pregunté con la voz rota—. Solo soy una sirvienta para ti. No soy nada.
Cassandra bajó los escalones con una gracia letal. Se acercó a mí y, con un movimiento rápido, volcó uno de mis cubos, derramando el agua que me había costado media hora conseguir.
—No te odio por lo que eres, Elena —susurró, inclinándose hacia mí. Sus ojos brillaron con esa luz violeta maligna—. Te odio por lo que le haces sentir a él. Silas cree que oculta su tormento, pero yo huelo su confusión. Huelo cómo su lobo se agita cuando pasas cerca. Y no voy a permitir que una humana defectuosa arruine un siglo de planes.
Se dio la vuelta, pero antes de entrar, dejó caer un pequeño frasco de cristal en el lodo, cerca de mis pies.
—Por cierto, he oído que los del pueblo dicen que eres una ladrona.
Dicen que te vieron huyendo de tu antigua casa con joyas que no te pertenecían. Sería una pena que Silas encontrara algo "extraviado" en tu pequeña habitación, ¿verdad?
El miedo me heló la sangre. Cassandra no estaba jugando; estaba preparando mi ejecución social dentro de la manada.
Esa noche, el drama escaló a un nivel insoportable. Silas dio un banquete para los líderes de las manadas vecinas. Era una noche de política y poder. A mí se me ordenó servir el vino en la mesa principal, una orden que sabía que venía de Cassandra para humillarme frente a todos.
Entré al gran salón. El lujo era cegador: candelabros de oro, carnes exóticas y el aroma de docenas de lobos dominantes que hacían que el aire fuera denso como el plomo. Silas presidía la mesa. Se veía magnífico, pero sus ojos estaban hundidos, rodeados de sombras oscuras. No había dormido.
Cuando llegué a su lado para llenar su copa, mi mano flaqueó. El mareo me golpeó de nuevo. La marca en mi hombro comenzó a arder con una intensidad que casi me hace gritar.
—Cuidado, humana —gruñó Silas sin mirarme, aunque su cuerpo se tensó al notar mi cercanía.
—¡Oh, Dios mío! ¡Mi collar! —el grito de Cassandra interrumpió la cena. Se puso en pie, tocándose el cuello desnudo—. ¡El collar de zafiros que me regalaste, Silas! ¡Estaba en mi tocador esta tarde!
Todas las miradas se centraron en ella. El silencio fue absoluto.
—Seguro que se ha caído, Cassandra —dijo Silas con impaciencia.
—No, Silas. Alguien entró en mis aposentos mientras yo me preparaba. Alguien que tiene acceso a la planta superior para "limpiar" —sus ojos se clavaron en mí con una malicia triunfal—. Registrad a la humana.
—Cassandra, basta —ordenó Silas, pero su voz carecía de convicción. Estaba harto del drama, pero la ley de la manada sobre el robo era severa.
—¡Registradla! —insistió ella, mirando a los guardias.
Uno de los lobos se acercó a mí bruscamente. Me tomó por los hombros y empezó a sacudirme. Sentí la humillación quemándome la piel. Los invitados murmuraban, mirándome como si fuera un bicho rastrero.
—¡No he tomado nada! —grité, tratando de zafarme—. ¡Suéltenme!
De repente, de uno de los bolsillos ocultos de mi delantal, algo cayó al suelo con un tintineo metálico. Un collar de zafiros azules brilló bajo la luz de las velas.
El salón quedó en un silencio sepulcral. Silas se puso en pie lentamente. Su rostro no mostraba furia, sino una decepción tan profunda que me dolió más que cualquier insulto. Se acercó a mí, rodeando la mesa. Cada uno de sus pasos retumbaba en mi pecho.
—Te di un lugar donde dormir —dijo él, su voz era un susurro gélido que cortaba como una navaja—. Te di trabajo cuando el mundo te habría dejado morir de hambre. Y me pagas robando a mi futura Luna.
—¡Yo no lo hice! ¡Ella lo puso ahí! —exclamé, mirando a Cassandra, quien fingía estar devastada—. ¡Silas, mírame! ¡Sabes que miente!
Él me tomó del brazo, apretando con una fuerza que me hizo soltar un gemido de dolor. Me arrastró hacia el centro del salón, frente a todos sus aliados.
—No vuelvas a decir mi nombre con tu boca —escupió. Estaba actuando con una crueldad exagerada, como si necesitara convencerse a sí mismo de que me odiaba—. Eres igual a todos los de tu especie. Débil, mentirosa y codiciosa.
Me lanzó al suelo. Me quedé allí, a sus pies, sintiendo las lágrimas rodar por mis mejillas. La marca de mi hombro pulsaba con un calor blanco, una agonía que se mezclaba con el dolor de mi corazón roto.
—Encerradla en las celdas de la guardia —ordenó Silas, dándome la espalda—. Mañana decidiremos su castigo. Y que nadie le dé agua ni comida. Si tanto le gusta lo ajeno, que aprenda el precio de la traición.
Mientras los guardias me arrastraban fuera del salón, vi a Cassandra sonreír desde su asiento. Había ganado. Silas me había rechazado frente a todos, destruyendo cualquier rastro de la conexión que tuvimos en el establo.
Pero mientras bajábamos a las mazmorras, una imagen volvió a cruzar mi mente. Mi padre, el hombre del recuerdo, escondiendo el mismo collar en un cofre similar. "La sangre siempre vuelve a su dueño", susurró la voz en mi cabeza.
No era solo un robo fingido. Había algo en ese collar que me pertenecía por derecho de sangre, algo que Cassandra no sabía. Y mientras la oscuridad de la celda me envolvía, sentí que algo dentro de mí, ese poder oculto, finalmente empezaba a romper sus cadenas.