Capítulo 5: Fragmentos de otra vida

1181 Palabras
Elena El frío de los establos se me colaba hasta los huesos. Mis manos, ya castigadas por los cristales del día anterior, ahora estaban entumecidas por el agua helada que usaba para limpiar los abrevaderos. Silas había sido claro: no quería volver a ver mi rostro dentro de la mansión. Me habían desterrado a la periferia, donde el olor a animal y a heno seco era mi única compañía, lejos del aroma embriagador que emanaba de él. Marta, a escondidas y arriesgando su propio puesto, me había traído una manta vieja y un poco de ungüento para mis dedos. —No debiste responderle a Cassandra, hija —susurró Marta antes de irse—. En este mundo, la verdad no importa si viene de una garganta humana. Me quedé sola, refugiada en un rincón del granero mientras la lluvia golpeaba el techo de madera con una violencia rítmica. Decidí limpiar una zona del fondo que parecía abandonada hace décadas, llena de trastos viejos cubiertos por lonas llenas de moho. Al retirar una de ellas, algo metálico brilló bajo la tenue luz de la linterna. Era una pequeña caja de hierro, oxidada por el tiempo, pero con un grabado que hizo que mi corazón se detuviera: una rosa entrelazada con un lobo. Al rozar el metal, una descarga eléctrica, mucho más potente que las anteriores, recorrió mi brazo hasta llegar a la marca de mi hombro. El mundo a mi alrededor se desvaneció. El sonido de la lluvia fue reemplazado por el crepitar de una chimenea lujosa y el murmullo de voces refinadas. Ya no era Elena. Llevaba un vestido de seda blanca que pesaba sobre mis pies y el aroma a jazmines inundaba mis sentidos. Estaba en un jardín de estatuas de mármol, pero no estaba sola. —No puedes seguir viéndolo, Elena —dijo una voz masculina, fría y autoritaria. Mi padre. O quien quiera que fuera aquel hombre en ese recuerdo—. Es una bestia. Un animal que juega a ser hombre. Nuestra sangre es pura, descendemos de reyes y conquistadores. No permitiré que mezcles nuestra estirpe con la de esos monstruos. —Lo amo, padre —escuché mi propia voz, pero sonaba diferente, más segura, cargada de una pasión que Elena nunca había sentido—. Prefiero morir antes que vivir un siglo sin él. —Entonces morirás —sentenció él, y en su mano brilló una daga de plata grabada con runas antiguas. Un grito ahogado escapó de mis labios cuando la visión se cortó abruptamente. Caí al suelo, jadeando, con el sudor frío empapando mi frente. La caja de hierro estaba abierta frente a mí. Dentro, envuelto en un trozo de tela podrida, había un medallón de oro con una fotografía antigua, casi borrosa por la humedad. Me acerqué a la luz. En la foto, un hombre joven, con los mismos ojos grises tormentosos de Silas, sonreía mientras abrazaba a una mujer que... —Dios mío —susurré. La mujer era yo. No era solo un parecido; era mi misma sonrisa, mi mismo hoyuelo, la misma forma en que mis ojos se entornaban al reír. Pero ella vestía joyas que valían más que toda esta propiedad. —¿Qué estás haciendo aquí? La voz de Silas me hizo saltar. Estaba de pie en la entrada del establo, su figura recortada contra la tormenta. No llevaba chaqueta, y su camisa blanca estaba empapada, pegándose a sus músculos tensos. Su cabello goteaba y sus ojos brillaban con esa luz plateada de los lobos cuando están agitados. Traté de ocultar el medallón tras mi espalda, pero fue tarde. Su instinto era demasiado rápido. En un parpadeo, estaba frente a mí, acortando la distancia de una manera que me dejó sin aliento. Me arrebató el objeto de las manos. Al ver el medallón, el rostro de Silas pasó de la furia a una palidez mortal. Su mano tembló. —¿De dónde has sacado esto? —preguntó, su voz era apenas un hilo, quebrada por un dolor tan crudo que me dio ganas de llorar por él—. ¡Responde! —Estaba... estaba en esa caja —señalé con el dedo tembloroso—. Yo solo estaba limpiando, señor. Silas miró la foto y luego me miró a mí. La confusión en sus ojos era desgarradora. Por un momento, el Alfa poderoso desapareció, dejando solo a un hombre torturado por el fantasma de un amor imposible. Se acercó un paso más, invadiendo mi espacio, obligándome a retroceder hasta que mi espalda chocó contra la pared de madera del establo. Puso una mano a cada lado de mi cabeza, atrapándome. Su aroma a bosque y tormenta me mareó, pero esta vez no había asco en él. Había una búsqueda desesperada. —¿Quién eres realmente? —susurró, acercando su rostro al mío hasta que nuestras narices casi se rozaron. Su respiración golpeaba mis labios—. ¿Por qué tienes sus ojos? ¿Por qué mi lobo se vuelve loco cada vez que respiras cerca de mí? —No lo sé... —sollocé, sintiendo que mis piernas flaqueaban—. Solo soy una humana, usted mismo lo dijo. Soy débil, soy nada... —Mientes —gruñó, pero no fue un rugido de odio. Bajó la mirada a mis labios, y por un segundo eterno, el tiempo se detuvo. Sentí que su control se desmoronaba. Sus ojos se cerraron y apoyó su frente contra la mía, dejando escapar un suspiro que sonó como una rendición. En ese momento, en ese establo frío y oscuro, Silas Blackwood bajó la guardia. No era el Alfa rechazando a una humana; era un hombre buscando el alma que perdió hace un siglo. Estaba tan cerca que podía sentir el calor abrasador de su cuerpo. Mi mano, por instinto, subió y rozó su antebrazo. Él no se apartó. Al contrario, se tensó, dejando escapar un gruñido bajo que hizo vibrar mi pecho. —Silas... —su nombre salió de mi boca como un susurro, cargado de una familiaridad que no debería existir. Él abrió los ojos, y por un instante, vi amor puro en ellos. Pero la magia se rompió cuando un rayo iluminó el granero, recordándole quién era y quién era yo. Se apartó bruscamente, recuperando su compostura de piedra con una rapidez aterradora. Guardó el medallón en su bolsillo y me miró con una frialdad que dolió más que cualquier golpe. —Limpia este desastre —dijo, su voz volviendo a ser de acero—. Y olvida lo que has visto. Si vuelvo a encontrarte hurgando en el pasado, no habrá rincón en este mundo donde puedas esconderte de mi ira. Se dio la vuelta y salió a la lluvia, dejándome allí, temblando y confundida. Pero ahora yo sabía algo que él no quería aceptar: yo no era una desconocida para él. Y esos hombres que vi en mi visión, los que querían matarme... ellos eran mi familia. El pasado no estaba muerto. Estaba despertando dentro de mí, y con él, un peligro que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR